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7 DICIEMBRE 2016
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>En la muerte de Methol Ferré

El hombre y el puerto

Alver Metalli

Por la habitación donde estaba internado Methol Ferré, durante las horas de la última despedida, han pasado amigos de vieja data y otros recientes, personas que compartieron antiguas militancias y otras que nunca las tuvieron. Muchas veces los que iban llegando no se conocían entre sí. Los reunía el afecto por el moribundo, un afecto en el cual confluía la admiración por su desbordante humanidad, el respeto por el pensador, la veneración -en el caso de los más jóvenes- por la estatura intelectual del enfermo. Pasaron también políticos uruguayos, como el probable futuro presidente José Mujica. Las palabras que nos intercambiábamos en los corredores de la clínica de Montevideo donde Methol Ferré vivió sus últimas horas daban testimonio de la riqueza de su herencia intelectual: de análisis, de pensamiento y de visión, pero también de su herencia humana.

Alberto Methol Ferré nació en marzo de 1929, cuando Uruguay gozaba de la prosperidad que le venía de la reconstrucción post-bélica europea. Años de oro, cuando los silos del puerto de Montevideo se llenaban de granos, containers repletos de carne destinada a los puertos del Viejo Mundo que buscaba renacer. ¡Bendito el plan Marshal que significó comercio y riquezas para estas latitudes! "Pradera, puerto y frontera", para usar la imagen con la que Reyes Abadie fotografió el destino próspero de la naciones más pequeñas de América del Sur. ¡Y bendito puerto! Porque los uruguayos le deben todo a su puerto.

La vida de Methol Ferré tuvo mucho que ver con el puerto. Fue alto funcionario de la Administración Nacional de Puertos durante 30 años, además de miembro de la Academia de Historia Marítima y Fluvial del Uruguay. Se retira del puerto con el cargo de vicedirector, tras haberse solidarizado con una huelga general contra el golpe militar, cuando no estaba bien visto hacerlo. Se sabe que los puertos son formidables cruces. De gentes, de ideas, de tráfico. En los puertos los confines están siempre en movimiento.

Es cierto que el pensamiento de Methol Ferré se distanció muy pronto del minúsculo pedazo de América Latina llamado "río de los peces" en lengua guaraní, para rumbear hacia lejanos horizontes: la cultura francesa, la española de fines de siglo, la alemana. Methol Ferré se embebe de la primera en el Liceo Francés de Montevideo, cultiva la segunda durante sus estudios superiores y la tercera -la fase de la "germanización filosófica", como él la llama- le llega de manos de Ortega y Gasset. Methol Ferré asimila y almacena todo con singular proclividad en los años de su juventud, y vuelve a rumiar el pensamiento del novecientos español y alemán en la madurez. 

Lo hace todo como autodidacta, un autodidacta del conocimiento, un devorador de libros ávido e insaciable, hábil para las grandes visiones geopolíticas. Al escucharlo, no resulta fácil creer que se haya adentrado solo en el mundo de los clásicos franceses, españoles y alemanes; es más bien un hombre de frontera que descubre los clásicos que un clásico que se esfuerza por alcanzar la frontera. Además, como laico, sostiene una tradición que muchos clérigos, en esos mismos años, ya habían abandonado; ésta es una de las paradojas a lo Chesterton, que tanto aprecia: «a él», ironiza, «le hubiera gustado que los laicos salvaran a Santo Tomás de los clérigos».

En 1955 funda una revista que desde su nombre, Nexo, sintetiza todo su programa: crear, de hecho, nexos, vínculos entre naciones, estrechar lazos e historias entre pensadores de distintos países de Sudamérica. El puente debía establecerse en primer lugar con Argentina, para luego abrazar el continente. La reflexión de Nexo abarca rápidamente toda América Latina, aquella América fragmentada por el nacimiento de las repúblicas independientes, repensada como unitaria por los Rodó, Vasconcelos, Ugarte, Fombona, Pereyra, Calderón, una generación -el ‘900 latinoamericano- a la que Methol se refiere frecuentemente: «La "generación nacional" latinoamericana, refundadora por antonomasia; creo que todavía no se la ha estudiado a fondo», se lamenta.

Nexo, el primer Nexo, cierra sus puertas en 1958. Son los años de Eisenhower y Kennedy en los Estados Unidos, en Venezuela asume el poder el partido Social Cristiano de Rafael Caldera, se refuerza la potente Confederación Obrera en Bolivia, la Democracia Cristiana de Eduardo Frei pone punto final a los gobiernos conservadores en Chile, en Brasil se afirman las tendencias socialdemócratas de Juscelino Kubitschek, Juan Domingo Perón se exilia a Caracas, en Cuba la revolución llega victoriosa a La Habana (primero de enero de 1959). Un suceso, este último, de importancia internacional. «Cuba representa el regreso de América Latina al escenario continental como una cuestión unitaria, por primera vez después del ciclo de las independencias nacionales», comenta Methol Ferré en estas páginas; «y Fidel Castro es el nombre de mayor influencia, de más amplia repercusión que jamás haya habido en la historia contemporánea de nuestros países. Ni siquiera Simón Bolívar, en los mejores años de su epopeya, ha tenido el impacto de Fidel Castro sobre el continente entero».

En 1967 invitan a Methol Ferré a integrar la dirección de otra revista: Víspera. También en este caso el nombre sintetiza la idea inspiradora de la publicación y los objetivos programáticos. El Vaticano II, que ya había terminado en Roma hacía unos años, cobra actualidad en América Latina. La Iglesia del continente debe recapitular sus aportes en vista de la II Conferencia General, prevista para el mes de agosto del año siguiente, 1968. Una verdadera vigilia que Víspera se propone clarificar e interpretar. Desde sus páginas Methol Ferré observa y comenta el bullir revolucionario de América Latina. En 1968 escribirá un artículo de mucho peso, que moverá las aguas ya agitadas. Ernesto Che Guevara había sido asesinado poco tiempo antes en Bolivia (1967). Methol Ferré percibe con claridad el fracaso del proyecto revolucionario. La parábola del líder guerrillero y su fin representan, a su ojos, el prevalecer de una política de muerte y la muerte de toda política. Palabras que no pueden ser pronunciadas impunemente en el Uruguay de los años setenta. Se rompen sociedades, se laceran amistades de vieja data. Methol Ferré no desiste del análisis despiadado de los límites de la teoría del "foco" revolucionario. Asiste inquieto al intento insurreccional de los tupamaros en Uruguay. Presiente su nefasto resultado: allanarle el camino a la dictadura militar.

Es una página de su vida sobre la que conviene detenerse. Hablábamos del puerto. Si ya es difícil pensar en Methol autodidacta -«un tomista silvestre» como él dice de sí mismo, «sin academia ni seminario»- es todavía más arduo imaginarlo con vestimenta portuaria. Sólo un relato pormenorizado puede convencernos de que realmente estuvo en el puerto y que allí trabajó durante 34 años, habiendo comenzado en 1954. Estamos en 1971, el histórico bipolarismo político uruguayo que contrapone blancos y colorados muestra los primeros signos de su crisis.

Se aproximan las elecciones. Hace su aparición un tercer grupo: el Frente Amplio, una alianza de demócrata-cristianos de izquierda, socialistas, comunistas, sectores blancos y colorados disidentes de sus respectivas raíces políticas. Las elecciones favorecen a esta tercera fuerza. Una quinta parte del electorado hace propia la naciente formación política. Mientras tanto, la actividad de los tupamaros se intensifica, tanto como la represión del ejército. Es un crescendo de acciones y reacciones. El golpe de estado se avecina. En septiembre de 1971 las fuerzas armadas uruguayas asumen la conducción de la lucha antisubversiva. Poco después se aprueba un decreto que impone el secreto a las operaciones del ejército. Se llega a la declaración del estado de guerra interno, para luego, a finales del mismo año, suspender las garantías individuales de los ciudadanos. En 1972 se sofoca la guerrilla urbana. No se detiene la máquina del golpe hasta que el 27 de junio de 1973 se disuelven las cámaras. La dictadura llega también a Uruguay. Nada en comparación con la de Argentina, más asfixiante y mortífera, pero de todos modos llega a hundir al país en un clima de sospecha. Detenciones, cierre de diarios (Ahora y Marcha en 1974), censura también para la Iglesia. 

Methol Ferré mira con dolor a los amigos que eligen el camino de la clandestinidad. Le tocan de cerca pérdidas y arrestos. Son meses de continuas huelgas. Como otros cientos de miles de uruguayos, Methol Ferré -alto funcionario del puerto- se adhiere a ellas. Le imponen una sanción administrativa. No la acepta, convencido de estar en lo justo y de ser respaldado por las leyes vigentes. Lo suspenden sin goce de sueldo durante seis meses. Se lo notifican y él no acepta. Renuncia al cargo de dirigente portuario, en aquellos tiempos más que honorable, por un incierto futuro de intelectual libre.

Colabora en Víspera asiduamente hasta 1975. Esto es suficiente para reafirmar su propia autoridad en el mundo intelectual católico latinoamericano y para hacerse notar ante la jerarquía eclesial del continente. En 1969 le proponen integrar el Departamento para laicos del CELAM. Es el primer seglar que forma parte de un organismo exquisitamente eclesial, con responsabilidad sobre América Latina. Comienza una época de viajes, encuentros, seminarios, publicaciones. La II Conferencia General del episcopado latinoamericano está a punto de empezar. Se trata del momento colegial por excelencia para toda la Iglesia del continente. Un momento de unidad y para la unidad. «En un ámbito católico, sobre todo jerárquico, no era normal pensar en América Latina como un todo, referirse a ella como a una sola realidad», recuerda Methol Ferré. «Un obispo era, antes que ninguna otra cosa, un peruano, un argentino, un mexicano, un chileno; su horizonte terminaba en los límites nacionales».

Nacían las primeras instituciones específicamente latinoamericanas: la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), el Banco Interamericano para el Desarrollo (BID). El interés de Methol Ferré por Latinoamérica en su conjunto, exótico para algunos, se volvía evidente a causa del mismo proceso histórico. Se le convoca para las primeras reuniones del Consejo Episcopal Latinoamericano, que dirigía Juan Sinforiano Bogarín, cuyo secretario era el paraguayo Lucio Mayer. La unidad de América Latina y la Iglesia -sus dos grandes pasiones- pudieron ser puestas al servicio del CELAM, por vocación y por un estatuto "especializado" en América Latina como una totalidad.

En 1975, dos años después del golpe de estado en Uruguay, se le nombra miembro del equipo teológico-pastoral del Consejo Episcopal latinoamericano. La discusión con la teología de la liberación estaba candente en América Latina, y se intensifica, tanto en ámbitos institucionales como en universidades y periódicos. Methol Ferré es un crítico severo de esta corriente de pensamiento que conoce a fondo incluso por su relación personal con el mayor exponente: Gustavo Gutiérrez, que también trabajaba en la revista Víspera. Methol Ferré establece así su distancia. «Para los teólogos de la liberación, el marxismo no es una filosofía, no es un sistema total de comprensión de la naturaleza, del hombre y de Dios. Es considerado y tratado por ellos como un intento científico -a la manera de Althusser- de conocer la historia buscando captar las leyes relativas a la relación hombre-naturaleza-sentido. Por eso, la fe no quedaría marginada. Gutiérrez sostiene que la fe se comunica con la ciencia mediante la utopía, y que de este modo no habría yuxtaposición. Pero en su reflexión no se entiende qué significa la "mediación de la utopía". Yo pienso que, por el contrario, el carácter peculiar de la ciencia marxista reside en su esencial constitución como filosofía materialista, aun cuando puedan hallarse huellas de una inmanencia del judeo-cristianismo». Pero al mismo tiempo reconoce el valor de la teología de la liberación, viendo en ella «la reacción a un tomismo académico». «La teología de la liberación, escribe, se distingue de toda la teología precedente por la importancia decisiva que le asigna a la situación histórica de América Latina; lo que significó un empuje benéfico para las iglesias latinoamericanas que habían sido tributarias, por largo tiempo, de la influencia cultural europea». Propugna una teología de la liberación que tiene en Lucio Gera su referente. Tiene en común con Gera, y con otros, la acentuación de la religiosidad popular, de los pobres, de la cultura, de la historia latinoamericana, y desarrolla un acercamiento más comprensivo de la realidad latinoamericana.

En estos años de intenso trabajo en el CELAM se forma una vasta red de amigos en todo el continente, desde México a Brasil, desde Colombia hasta Argentina, pasando por Venezuela, Bolivia, Chile y Paraguay. Los puntos en común: la integración de América Latina, el vínculo con el pueblo católico y con los lugares de religiosidad popular, una idea de cultura cuyo centro es la visión cristiana del hombre, la revalorización de la Doctrina Social de la Iglesia en clave antropológica y social, la percepción de un nuevo adversario histórico, ya no el ateísmo de connotaciones mesiánicas sino una irreligiosidad profunda, extendida y persuasiva que Methol Ferré llama, con un término suyo, "ateísmo libertino". Confluye todo, y todos, en la tercera cumbre de la iglesia latinoamericana, en Puebla de Los Ángeles, en México, en 1979. Monseñor  Antonio Quarracino, que sucede como presidente del CELAM al colombiano Alfonso López Trujillo, será su gran amigo y admirador.

El papado de Juan Pablo II es acogido con entusiasmo. Se unen lazos con el movimiento eclesial Comunión y Liberación, que después de sus inicios en Brasil en los años ‘60 comienza a estar presente en casi todos los países de América Latina. Se intensifican las relaciones a ambos lados del océano. Methol Ferré viaja a Italia, a Roma, para cumplir con la responsabilidad de asesor del Pontificio Consejo para Laicos, y sobre la rivera adriática para el Meeting anual que se desarrolla en la ciudad de Rímini. Colabora en la revista italiana Incontri, una publicación especializada sobre América Latina ligada al semanario Il Sabato. En 1983 se pasa la posta, de Incontri a Nexo: una empresa temeraria, una revista que quiere ser al mismo tiempo de militancia y de diálogo. Significativamente, la publicación recuerda a Latinoamérica, una gloriosa revista, fundada por los jesuitas en 1949. Latinoamérica termina su ciclo en vísperas del Concilio Vaticano II, inmediatamente después de la I Conferencia Episcopal latinoamericana de Río de Janeiro, en 1955. Nexo nace a la sombra de Puebla, vive los años del pontificado de Juan Pablo II y llega hasta el umbral del colapso del comunismo.

La revista cierra en 1989. Methol Ferré continúa su relación con el CELAM en calidad de asesor de la secretaría personal de Monseñor Antonio Quarracino, que en aquel entonces había llegado a su segunda presidencia en el organismo. Permanecerá hasta la IV Conferencia General de Santo Domingo, en 1992, cerrando con ello veinte años de colaboración.

De nuevo en Uruguay, de nuevo en su casa sobre el puerto, retoma de lleno la actividad académica: Historia de la Iglesia, Historia de América Latina, Historia Mundial Contemporánea del Siglo XX, en la Universidad Católica y en la de Montevideo; cursos para diplomáticos en el Instituto Artigas del Ministerio del Exterior del Uruguay. Continúa, en éstos y otros lugares, la batalla en favor de la integración y del MERCOSUR, actualmente menos solitaria, a la que dedica innumerables artículos y conferencias.

El tema de los artículos es otro aspecto singular de la personalidad del profesor Methol Ferré. Más de una vez me lamenté ante él por el esfuerzo que me significaba buscar sus escritos a todo lo largo y ancho de América Latina. Por toda respuesta confesó cándidamente que los artículos, una vez escritos; las conferencias, después de ser dichas; un texto, enviado a su editor, son como botellas que se arrojan al mar. Se los confía a las aguas y allí permanecen, en poder de las mareas, agitados a diestra y siniestra como hojas secas. Si alguien los avista, "si alguno se interesa", fue su conclusión, "puedo considerarme afortunado". Fiel a esta bizarra convicción, nunca compiló su material ni intentó publicar sus textos; las reediciones exceden por completo su consideración. De la publicación de sus escritos -artículos, cuadernos y hasta libros- se entera si alguno se los muestra o le habla de ellos. En suma, cuando la botella alcanza algún puerto y el contenido sale a la luz.

Una metáfora marina más. Otro puerto. Methol Ferré sigue viviendo en la misma casa con vista al puerto de Montevideo, más exactamente en la gran habitación de planta baja, atestada de libros. Pilas de libros dispuestos, sin orden y sin otra geometría que la de permitir los movimientos de un muro a otro. Libros apilados en el suelo, libros apoyados en precario equilibrio sobre algunas sillas, libros ubicados de canto contra el perímetro de las paredes como las piedras en un jardín. Miles de libros que miran de reojo desde lo alto oscilantes, dejando el inconfundible olor del papel gastado por el tiempo.

Le preguntamos cuáles se llevaría consigo si tuviera que elegir precipitadamente alguno. Se resistió antes de responder. Probablemente le turbaba la idea de tener que separarse de ellos. «Me podría llevar muchos», respondió seguidamente. Los de Ortega y Gasset, en primer lugar, cuyas páginas le introdujeron en los grandes temas de América Latina; los del español Unamuno, del ruso Berdiaev, del alemán Scheller, a quien debe el encuentro con la gran tradición cristiana y sus palabras clave.  Luego la obra de  Gilbert G. Chesterton, autor que asocia a su propia y verdadera conversión a fines de 1949. «Entendí por él que la existencia es un don, como la salvación y la fe; que se es cristiano por gratitud». Cristiano por gratitud. Por habérselo escuchado decir tantas veces, ya no nos sorprende. La alegría y el buen humor de Methol Ferré llaman la atención. «Desde que descubrí que la Iglesia es una realidad de hombres lietos, hace sesenta años, la vida me parece cada vez más una novedad sustancial» .

No se olvidaría tampoco de recoger los textos de Gilson, de Lucio Gera. Las obras de Haya de la Torre y los escritos de Juan Domingo Perón encontrarían ciertamente lugar en su valija; de hecho, se siente deudor de ambos en cuanto a su visión política «a causa de la extensa batalla por la integración y la industrialización de América Latina que han llevado a cabo», precisa. Y las obras de Augusto del Noce. El filósofo italiano representa la última influencia de su madurez intelectual.

Su relación con Del Noce es una página que, tarde o temprano, convendrá explorar con mayores detalles de los que alcancemos a anticipar en estas suscintas notas biográficas. Lo conoció personalmente en 1982. El antecedente se remonta a la III Conferencia General del episcopado latinoamericano. En la linda ciudad de Puebla los conciliábulos entre los participantes están a la orden del día. En un momento del trabajo le pregunta a un querido amigo, el doctor Guzmán Carriquiry, también uruguayo, que vive desde hace muchos años en el Vaticano, qué filósofo católico italiano merecería consideración. Le menciona a Del Noce. El doctor Carriquiry vuelve a Italia y poco después le envía El suicidio de la revolución. El vaticinio del suicidio de las revoluciones, rigurosamente fundado, es suficiente para encender el interés de Methol Ferré. Un interés secundado por el destino. «El azar quiso», recuerda a distancia de años, «que visitase la casa de un sacerdote, un biblista uruguayo vuelto recientemente de Italia. Mirando en su biblioteca, me fijé en El problema del ateísmo». Se lo pidió prestado. «Me genera un verdadero shock intelectual. Durante un mes lo leo ininterrumpidamente, noche y día, subrayando cada página». Methol Ferré le escribe una carta a Del Noce; se la envía a Carriquiry con el pedido de hacérsela llegar. La carta llega a destino. «Supe luego que, cuando Del Noce la leyó, caminaba y decía: "¡Milagro! Es increíble que un hombre que vive en Uruguay me haya comprendido tanto"».

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