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23 MARZO 2019
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La política al servicio del bien común

Mario Mauro

Cuando San Agustín, tras la invasión de los Vándalos, describe el carácter del Estado, llega a decir, sorprendentemente: "¿Qué es el Estado? ¡El Bando que venció!". Ante los afligidos ojos del Obispo de Hipona, aquel juicio estaba claro. El bando que venció acabó con el destino de un gran imperio. El imperio de Roma fue sustituido por reinos romano-bárbaros. A medida que las bandas avanzaban con nuevas victorias, iban regulando la experiencia de la convivencia civil y social. Para que el Estado no sea el Bando que ha vencido, la única posibilidad es que sea fruto de un Pacto de Libertad.

De hecho, las instituciones, la experiencia del Estado moderno, la experiencia de la convivencia civil, la experiencia de los acuerdos internacionales que dan lugar a instituciones supranacionales que buscan la paz y el desarrollo para todos, son fruto de un Pacto de Libertad. Los ciudadanos ceden una parte de su propia soberanía a cambio de garantías y servicios.

Se construye un Pacto de Libertad a partir de lo que interesa a todos: la defensa del pueblo, la defensa militar, la política exterior, y después, las demás atribuciones de la administración pública. Y se hace así para proteger a la persona, a la persona humana en su integridad y en su dignidad última. Para garantizar que cada uno de nosotros se pueda beneficiar verdaderamente de aquello que las instituciones nos puedan dar de nuevo en espacios de libertad, de oportunidades económicas, de oportunidades de crecimiento, de oportunidades de promoción, incluso del sentimiento y de la instrucción. Todo, para que la persona pueda ser más ella misma.

Como ven, éstos son vasos. Son vasos; podemos discutir todo el día sobre cuál es el objetivo de este objeto, pero todos estaremos de acuerdo en que el fin de este objeto es contener un líquido, y que se puede utilizar para beber. Éstos son de plástico: pero si por casualidad fueran de cristal pesado y utilizara uno para estallarlo en la cabeza del moderador, ¿qué estaría haciendo? Le estaría haciendo daño, pero sobre todo habría negado el fin para el que está hecho este objeto.

El fin, es decir, aquello por lo que el vaso es lo que es -y no es, por ejemplo, un micrófono o una botella-. Cuando hablamos del fin de algo como un vaso, o del fin de un reloj de pulsera, que sirve para medir el tiempo, no entendemos fácilmente. ¿Pero qué es un hombre? ¿Para qué sirve? ¿Cómo se tiene que organizar un sistema educativo para expresar hasta el fondo lo que el hombre es, y por tanto la profundidad de su deseo, su expectativa de justicia, de verdad, de belleza? ¿Cómo se tiene que organizar un sistema sanitario? O un sistema de producción, o un sistema de pensiones, para respetar hasta el fondo, no sólo el derecho de los que ya han trabajado, sino también las expectativas de las generaciones que vendrán. Ésta es la tarea de la política. Éste es el trabajo profundo al que estamos llamados aquéllos de nosotros que nos queremos implicar en este ámbito.

La política, por tanto, como la forma más completa de cultura, no puede dejar de tener como preocupación fundamental al hombre. En su discurso en la UNESCO el dos de junio de 1980, Juan Pablo II dijo: "La cultura se sitúa siempre en relación esencial y necesaria con lo que es el hombre". El sentido religioso aparece así como la raíz de la que nacen los valores. Un valor, en último término, es la perspectiva de la relación entre lo contingente y la totalidad, el absoluto. La responsabilidad del hombre, a través de todas las provocaciones que le llegan del impacto con la realidad, se ejerce en la respuesta que da a la preguntas que constituyen el sentido religioso (o el "corazón", como diría la Biblia).

En el ejercicio de esta responsabilidad frente a los valores, el hombre tiene que hacer las cuentas con el poder. El poder entendido como delimitación del objetivo común y organización de las cosas para llegar a conseguirlo. O el poder está determinado por la voluntad de servir a la criatura de Dios en su evolución dinámica, o sea, por servir al hombre, a la cultura y a las prácticas que se derivan de ella; o bien el poder tiende a reducir la realidad humana a sus objetivos. Y así es como surge un Estado que genera todos los derechos y que reduce al hombre a un trozo de materia, a ciudadano anónimo de la ciudad terrena.

Una cultura de la responsabilidad debe mantener vivo el deseo original del hombre, el deseo del que derivan los demás deseos y valores: la relación con el infinito que convierte a la persona en el verdadero sujeto activo de la historia. Una cultura de la responsabilidad comienza en el sentido religioso. Este es el punto de partida que une a los hombres. Es imposible que si se parte del sentido religioso los hombres no se sientas empujados a unirse. Y no por un beneficio provisional, sino en lo esencial: a unirse en la sociedad con una integridad y libertad sorprendentes (la Iglesia es el ejemplo más claro). Por eso ponerse en movimiento es signo de vitalidad, de responsabilidad y de cultura, y dinamiza todo el orden social.

Un partido que sofocara, que no favoreciera o no defendiera la riqueza de esta creatividad social contribuiría a crear o mantener un Estado que fuese prepotente con la sociedad. Un Estado así existiría en función de los programas de quien ocupa el poder, y sólo llamaría a la responsabilidad para buscar el consenso de cosas ya programadas. Hasta la moral se concebiría y se proclamaría en función del status quo. Pasolini decía amargamente que un Estado de poder, como tantos de los que vemos hoy, es inmodificable: deja espacio, como mucho, a la utopía porque no dura; o a la nostalgia individual porque es impotente. La verdadera política, por el contrario, es aquélla que defiende una novedad de vida presente, capaz de modificar hasta los arreglos del poder.

Dicho esto, querría subrayar las dos mayores tentaciones para quien quiere dedicarse a la política y buscar un compromiso concreto con la sociedad a partir de una pertenencia al Señor de todas las cosas. La primera es pensar que la tarea de la política es dar contenido y sentido a la vida, que tiene capacidad para hacerlo. Al ocuparme del tema de la libertad de educación, siempre he dicho que el Estado debe proteger los proyectos de los ciudadanos para responder a sus necesidades, no dirigirlos. La situación, a menuda, no es esa. Mounier decía: "La importancia que se atribuye a la política sólo se puede explicar por el flujo del viejo mito optimista, que se ha transmitido del individuo a las instituciones". Después de haber esperado los milagros del hombre nuevo, de una libertad instintiva y anárquica, ahora ponemos nuestra esperanza en un dispositivo político y social, concebido como una especie de inmenso distribuidor automático de justicia y orden. Pero siempre te quedas esperando, porque no sucede nada.

La segunda tentación, quizá más sutil: es la de pensar, por el contrario, que la política y el Estado están al servicio de la sociedad y de los llamados cuerpos intermedios, pero sin llegar a identificar quiénes son realmente estos cuerpos intermedios. En los trabajos de la comisión bicameral italiana, me ha sorprendido que, cuando se ha propuesto de nuevo abordar la cuestión de la subsidiaridad, nos hemos encontrado con que había una incapacidad para dar un contenido de experiencia real a esta palabra. Y era así porque ninguno tenía experiencia de las obras que garantizan que la subsidiariedad sea real. Experiencia de escuela, Iglesia y familia; queda el Estado como única respuesta a las necesidades de todos. Sin el contenido de la experiencia, por desgracia, palabras como "libertad" y "sociedad" suenan vacías. Percibo flotando, en el debate actual, un nominalismo ridículo, sobre todo cuando se insiste en volver a proponer, en términos de contraposición, un catolicismo social de derechas a uno de izquierdas.

La política sirve para favorecer una presencia, un trabajo de hombres dentro de la sociedad. O el empeño político va unido a una presencia vida en la sociedad, a una compañía de hombres, o inevitablemente la noción de libertad vuelve a quedarse abstracta y la política se convierte en un puro juego de poder. Cuando, por el contrario, la política defiende la experiencia en acto de una libertad concreta, entonces también la política se hace fascinante. Me parece que éste es el lenguaje de la verdadera política.

Europa

Esto tiene mucho que ver con la crisis del proyecto europeo. Crisis que es fruto de una aproximación equivocada al proceso de integración, de una posición política que no quiere partir de la realidad, de la pregunta sobre qué es Europa, del interrogante emblemático sobre los fundamentos mismos de la integración europea. Benedicto XVI nos ha recordado que los dos grandes peligros contemporáneos para la convivencia entre los hombres son el fundamentalismo -la pretensión de convertir a Dios en un pretexto para un proyecto de poder- y el relativismo, es decir, entender que todas las opiniones son igualmente verdaderas. La involución del proyecto político que llamamos Unión Europea se puede explicar también por estos dos factores. El problema de Europa es consecuencia de que la relación entre la razón y la política se haya separado de la noción de verdad. El compromiso, presentado justamente como sentido de la vida política, se concibe hoy como un fin en sí mismo. Por eso se ha optado por valorar y enjuiciar las principales políticas de la Unión Europea, utilizando como hilo conductor las intuiciones de los padres fundadores y la promoción de la dignidad humana inherente a la experiencia cristiana.

La situación de impasse en la que está Europa debe conducir a una profunda reflexión. Más allá de la capacidad de alcanzar un buen acuerdo sobre los presupuestos, lo cierto es que el Viejo Continente está perdiendo su horizonte y dimensión. Después de la "era Kohl", Europa ha estado dominada por unos políticos que no han tenido ni el coraje necesario para generar un "mañana" ni la fuerza para mantener la fe en la construcción desarrollada por los padres fundadores hace poco más de 50 años. En la escena pública hay una generación de políticos con una idea de Europa que convierte la integración, cada vez más reducida, en un valor en sí mismo. Una idea que han rechazado los franceses y los holandeses en los referenda. ¿Pero cuál es la política de Europa? ¿Cuál es el peso real de Europa en el mundo globalizado?

La crisis de Europa: de patria del Derecho a supermercado de derechos

La caída del comunismo trajo consigo una serie de cambios cuyo impacto y naturaleza todavía están, en muchos casos, lejos de aclararse. Fenómenos como la aparición de nuevas identidades nacionales, el avance del proceso de integración europea y la globalización, en vez de ayudarnos a explicar la situación, han contribuido a aumentar la confusión. Formamos parte de la Unión Europea, pero ¿qué es realmente?, ¿un conjunto de instituciones?, ¿una burocracia ajena a los ciudadanos?, ¿una zona de libre mercado?, ¿una futura unidad política?, ¿una cultura compartida?, ¿cuáles son las fronteras de Europa? En este proceso de disolución de la identidad se están produciendo fenómenos que la Unión Europea todavía no ha conseguido gestionar. La dificultad para integrar a los inmigrantes musulmanes, la reconversión del viejo marxismo en una nueva ofensiva cultural relativista y la aparición del terrorismo son problemas que todos vemos.

Cuando éramos pequeños, esperábamos de Europa todo el bien posible. En Italia, si algo no funcionaba, decíamos: "ya vendrá Europa". Hoy este juego aparece trágicamente invertido, y de Europa nos esperamos todo tipo de males y trampas posibles. Hoy, la "casa europea" se ve como la forja de todas las aspiraciones independentistas de la Edad Moderna, la cuna y el laboratorio del programa universal de liberté, égalité, fraternité, nacido de las cenizas del absolutismo. El eco de la contraposición entre estos diferentes modelos de comprensión de la identidad europea se ha oído en los debates sobre la elaboración de la constitución de la Unión Europea. La crisis de las ideologías surgió después de la fatídica caída del Muro de Berlín en 1989, como una potente metáfora.

El fin de los bloques contrapuestos, que en Europa tenían su expresión más dramática, reveló el fracaso de todas las interpretaciones ideológicas de la unidad y del destino del Viejo Continente. La disgregación que se produjo en los años Noventa es una demostración más de hasta qué punto es inútil seguir proponiendo un modelo ideológico que se contraponga a una crisis en acto. Pero es precisamente una nueva doctrina la que se abre camino y es sostenida por las instituciones de la Unión Europea como solución a los males de nuestro tiempo.

Hemos conocido las doctrinas destructivas de los totalitarismos de la primera mitad del siglo XX que tenían la necesidad de inventarse un "hombre nuevo" para realizar su propio proyecto de poder. Pensemos en las páginas del Mein Kampf donde Hitler afirma básicamente que los judíos no son hombres. Fue un cortocircuito entre lógica y metafísica que le quitó el alma a la realidad. O pensemos en el caso de Pol Pot: cuando necesitaba inventarse un "hombre nuevo" para Camboya y decidió para ello eliminar a todos los que llevan gafas porque podían estar contaminados por otras culturas. Derrotados los totalitarismos y la ideología política, el período desde la segunda posguerra hasta hoy está definido por una ciencia que se hace ideología. Ya no hace falta imaginar un "hombre nuevo", pero se pretende construirlo. Se dispone de un poder que deriva de la tecnología y del conocimiento y no del significado de las cosas. En julio de 2005 el comisario europeo para la investigación, Janez Potocnik, confirma que cinco o seis de los proyectos que utilizan células madre embrionarias son financiados por la Comisión Europea.

El Consejo de la UE en 2006 decide seguir las indicaciones del Parlamento Europeo que salieron adelante con una mayoría de apenas diecinueve votos a mediados de junio de 2006, y pide que se desbloqueen dos millones de euros para financiar la investigación con embriones humanos. Es enormemente problemático que la Unión Europea financie, y pueda financiar proyectos que destruyen embriones, mientras muchos Estados miembros se oponen. Al dar vía libre a los fondos de investigación con embriones, será cada vez más difícil poder sostener una ley nacional, como la italiana, contraria a la que parece ser la evolución del derecho comunitario. Sólo cuando tengamos delante de nuestros ojos los tremendos resultados que provocará la investigación con embriones, Europa volverá a entrar en razón. A esta nueva ideología "cientificista" se une un desafío aún más dramático. Es el desafío de aquellos que, al día siguiente del 11 de marzo de 2004, en Madrid, lanzaron esta advertencia a Europa: "Venceremos nosotros porque amamos la muerte más de lo que vosotros amáis la vida".

Vivimos en una Europa que asiste inmutable al sacrificio de sus hijos. Vivimos en una Europa que, en vez de buscar una manera eficaz de ayudar a las familias, aumenta la presión en contra de la protección de la vida familiar. Tenemos que preguntarnos qué queda hoy de la visión de Europa de los padres fundadores cuando domina una concepción que tiende hacia la homologación cultural y política. La intuición originaria de los padres fundadores dio lugar a un método positivo, ha generado la riqueza económica de Europa al permitirle cincuenta años de paz y desarrollo. Ha sido el periodo más largo de la historia de Europa sin conflictos, desde que Rómulo y Remo, según nos cuenta la leyenda, "compitieron" para trazar las fronteras de Roma.

Estos cincuenta años han tenido una profunda influencia en el crecimiento y en la prosperidad económica. Han influido en la libre circulación de las ideas. Han fomentado una Europa que es tierra deseada por todos aquellos que viven constreñidos. El verdadero drama del proyecto político europeo, nacido para cambiar el clima trágico de finales de los años cuarenta, es que no se mantiene el pensamiento que lo fundó. Persiste una especie de conjura del silencio en cuyo seno es verdaderamente difícil recuperar las riendas de la responsabilidad política para las nuevas generaciones.

Europa se ha beneficiado -y no por méritos propios- de la implosión del comunismo, pero le cansa reconocer los factores que, desde el punto de vista moral y espiritual, la han generado. Lo hemos constatado en la discusión sobre el verdadero credo europeo. ¿En qué cree realmente Europa para poder pretender conducir una batalla ideal que se convierta en un principio de libertad para todos los pueblos del mundo? Oímos a menudo que Europa es tierra de derechos civiles. En esta cuestión Europa se enorgullece y se reafirma. Reprende a los Estados Unidos sobre la cuestión de la pena de muerte, condenamos a todos en nombre de los derechos humanos, pero no somos capaces de ejercer una presión real allí donde estos derechos son sistemáticamente violados.

Esta reflexión me sirve para destacar una involución psicológica que ha tenido lugar justamente tras la caída del comunismo. Europa en 1989, como conglomerado institucional y baluarte de la libertad frente al gran monstruo del socialismo real del Este, se convierte en víctima de una especie de "síndrome de Estocolmo". Se queda presa de la mentalidad propia del Telón de Acero, que habían reprobado justo antes.

Y así, mientras los países del Este son recuperados gracias a una reconciliación que hace época, llegan al Parlamento Europeo proyectos de ley en los que se condenan los lager de Auschwitz, Birkenau y Dacha. Pero al tiempo, se niega sistemáticamente hasta la esencia semántica de la palabra gulag. En nuestra cultura se ha insertado una especie de complejo y del comunismo -que era una de las dos antítesis a las intuiciones de Adenauer, Schuman y De Gasperi-, que ha sido vencido, no se puede hablar porque no sería "políticamente correcto". Intentaré ejemplificar esta singular situación de una Europa que tiene miedo de sí misma y del significado de su propia iniciativa política, y que teme poder asegurar una perspectiva de prosperidad y de bien común a las generaciones venideras.

Creo que se debe vivir por aquello en que se cree. Puedo repetir todo el día a mi mujer "te quiero", pero en la relación que tengo con ella se notará enseguida si prefiero más el trabajo, la política o el dinero. Puedo ser muy bueno disimulando, pero en la relación íntima de la pareja esto sale a la luz. Puedo incluso decir lo más conveniente para el otro, pero lo que queda es lo que se ve. ¿En qué cree Europa? ¿Cuáles son las referencias sólidas para Europa en este momento? Ninguna relación entre Estados será posible si, como sucedió entre aquellos tres hombres hace cincuenta años, no adviene una especie de "iluminación" agustiniana para algunos de los protagonistas del escenario internacional. El proyecto político que llamamos Europa nace del sufrimiento de algunos hombres, De Gasperi, Schuman y Adenauer, en el horizonte de una respuesta tan pragmática como verdadera.

Fueron hombres capaces de articular su proyecto casi como una especie de antídoto contra la ideología, y de promoverlo en términos de esperanza profética. Pero, ¿sigue siendo válida hoy esta visión?, ¿nos ayuda a responder a las necesidades del hombre actual?, ¿de los europeos de hoy? Las instituciones europeas son hoy un lugar donde rige un prejuicio hacia el cristianismo. En los últimos diez años el Parlamento europeo ha condenado al Papa y a la Santa Sede por violación de los derechos humanos hasta treinta veces. A Cuba y China, no más de diez. La teorización sobre la familia, en todas las formulaciones posibles e imaginables, mientras no sea la que nace de la unión entre un hombre y una mujer, ha alcanzado niveles de elaboración tan complejos que justifica preguntarse sobre la sensatez de las instituciones. Considerando las relaciones, las propuestas de resolución, las preguntas y las declaraciones escritas presentadas por los parlamentarios europeos entre 1994 y 2007, se constata que la Iglesia o las posiciones del Vaticano han sufrido hasta 64 ataques. La intención es que se considere "fundamentalista" la simple expresión de un credo religioso. Hoy el proyecto europeo vive tantas y tales contradicciones que, en vez de presentarse como una respuesta positiva, suele aparecer como un impedimento, como una especie de aglomerado insensato y recalcitrante, hasta el punto de hacer exclamar a Benedicto XVI que es posible la apostasía de la misma Europa (cfr. Congreso sobre los cincuenta años del Tratado de Roma - Valores y perspectivas para la Europa de mañana, promovido por la Comisión de los Episcopados de la Comunidad Europea el 25 de marzo de 2007).

Apostasía entendida como alejamiento de su propia historia, de su propia naturaleza, de su propia raíz cultural, de la raíz de la experiencia de diálogo y de convivencia entre los hombres, que nos ha regalado, importantísimo, más de cincuenta años de paz, de desarrollo y de derechos. Si éste es el dato de partida para intentar comprender qué está sucediendo en la evolución del sistema político europeo, debemos poner nuestra atención sobre un aspecto particular. Debemos comprender que la cuestión no es una dialéctica política que sea un fin en sí misa, sino la propia supervivencia de la experiencia de un pueblo: el problema es "qué somos nosotros" y "qué es Europa". Europa debe volver a entender que la posibilidad de construir opciones adecuadas para el hombre de hoy y de mañana reside en la relación entre el derecho de naturaleza y la política. De otro modo, cada vez envileceremos más, no tanto el proyecto político que llamamos Europa, sino la experiencia de los hombres que lo forman. En este sentido se hace más grave la cuestión de las raíces cristianas, que no es un tema que deba ser considerado como una veleidad de las jerarquías eclesiásticas sino la cuestión central para la supervivencia de Europa.

Tenemos hoy la ocasión para que la sociedad entera vuelva a encontrarse consigo misma y vuelva a descubrir su propia identidad, su propio rostro, y también su propio objetivo, la razón por la que somos lo que somos. Tenemos el deber de responder a este desafío.

¿Qué tenemos para ofrecer, no sólo como propuesta de significado sino también como proyecto político y como experiencia que promueva la convivencia entre los pueblos? ¿Qué tenemos para ofrecer si no somos capaces de preguntarnos por el fundamente de aquello que nos une? La cuestión del futuro de Europa se sitúa en este nivel. Debe responder a este desafío. Debemos ser capaces de decir, venciendo la batalla a los fundamentalismos y relativismos, qué somos y en qué creemos. Para hacer una Europa mejor debemos volver a creer, a trabajar, a luchar por ella. Europa nace cristiana, no podemos dejarla presa de mistificaciones ni instrumentalizaciones.

Conclusión

La única oportunidad que tiene Europa para seguir existiendo es tener en cuenta las exigencias de la persona, de la historia milenaria que ha fundado la cultura europea. La riqueza de Europa está en la diversidad de sus culturas, todas dignas de defenderse y promoverse, incluida la que durante más tiempo ha dado forma a Europa, convirtiéndola en un faro de civilización: la cultura cristiana. A De Gasperi le encantaba repetir que Europa es una civilización que avanza. Era una Europa que, pocos años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, ya estaba dividida por el Telón de Acero. En aquel momento tan delicado, De Gasperi tuvo plena confianza en el poder de la civilización y de la solidaridad. En el hecho de que el orden podía superar al desorden. Éste era el mensaje de los padres fundadores, y es válido también hoy. Frente a los desafíos actuales, los padres fundadores nos dicen que no nos cerremos, sino que prosigamos con un espíritu abierto, creativo, con amplitud de miras. En estos años en el Parlamento europeo he trabajado por una política en la que, cuando se habla de familia tradicional, se pueda discutir no en términos ideológicos, como si fuera una ideología contrapuesta a las uniones de hecho, sino decir que en esa familia está el fundamento de la paz y del bienestar. Y diciendo también que bienestar y paz son condiciones que pueden favorecer la educación del pueblo a la verdad. Por otra parte, las cuarenta misiones que he realizado en estos años en países donde la libertad religiosa y los derechos humanos son violados sistemáticamente han sido el modo de testimoniar y construir esta conciencia. Manteniendo viva esta conciencia, me he movido para afirmar un ideal que es mayor que mis vicios. El diálogo que quiero construir, para que nuestro país y Europa salgan de esta rutina, deben verse impregna por esta lógica: no la búsqueda del compromiso sin más, sino asumir responsabilidades para dar un paso adelante, juntos, hacia la verdad. De hecho, el hombre es capaz de hacer el bien, pero también de blasfemar o asesinar.

Cada uno de nosotros lleva dentro de sí una contradicción que le hace entender que no es perfecto. La experiencia del cristianismo no es nunca ideológica. No es ideológica porque no supone la idea de un hombre perfecto. Hay algunos que continuamente arengan a los pueblos diciendo que un hombre perfecto es "realizable" y que ese hombre perfecto es el que tiene un determinado carnet o toma una determinada posición política.

El mundo que se abrió después del 11 de septiembre necesita pensamientos fuertes para poder mantenerse en pie ante la globalización y el desafío del terrorismo. Hace falta, por tanto, construir un sujeto con una identidad fuerte, plural, un sujeto abierto y democrático. Debemos poner en marcha un proyecto político que sepa afrontar la cuestión fundamental de la competitividad de Europa, conjugando competitividad y solidaridad, según un modelo en el que la solidaridad y la cuestión social sean factores de competitividad. Es necesario que la competitividad sea la condición previa para alimentar una sociedad del bienestar generosa. Estas fuerzas se deben unir para actuar de modo que los valores de la civilización liberal y cristiana no se abandonen en nombre de un relativismo cultural que corre el riesgo de desembocar en el nihilismo.

La responsabilidad que los cristianos sienten hacia el mundo es la respuesta a aquella pregunta que Poncio Pilato hacía a Jesús, donde la cuestión de la verdad sale a la escena. A la pregunta de Pilato: "¿Eres tú rey?", Jesús responde: "Tú dices que soy rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz" (Juan 18, 37). Después de aquello Pilato pregunta: "¿Qué es la verdad?". Esas mismas palabras, como un anagrama, contienen la respuesta: est vir qui adest (es el hombre que tienes delante). Lo afirma tres siglos más tarde San Agustín de Hipona. ¿Qué es la verdad? Nadie tiene en el bolsillo esta respuesta. Pero la verdad la podemos encontrar y reconocer, y estamos llamados a servirla. La verdad es un hombre que nos sale al encuentro, que tiene un juicio sobre la realidad. Es aquel hombre cuyo corazón es despertado por el espíritu y es capaz de lanzar su desafío al mundo más allá de su propio mal. Más allá del propio mal está la posibilidad de construir el bien para todos.

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La política al servicio del bien común

Juan Carlos Hernández

Analizamos en profundidad con Daniel Innerarity el momento de la campaña electoral. Para el catedrático de Filosofía Política, existe una invasión de la mentalidad de campaña en todos los momentos del proceso político.

En las campañas electorales se producen situaciones de polarización, pero parece que desde diciembre de 2015 estamos en un escenario nuevo. La polarización ha aumentado tanto que parece haberse disuelto el “nosotros” de un país compartido. ¿Exageramos cuando aseguramos que se disuelve el “nosotros compartido? ¿Hay alguna relación entre esta disolución y la aparición de cordones sanitarios a izquierda y derecha?

Me da la impresión de que hay estrategias de los partidos, de unos más que de otros, que han puesto en marcha dinámicas que luego son difíciles de parar. En términos estructurales me parece que se podría hablar de una invasión de la mentalidad de campaña en todos los momentos del proceso político. ¿En qué se caracteriza una campaña? En que polariza y se critica al adversario (a veces en exceso). El problema es que luego hay que pactar con él y aquellas estrategias que sirvieron para ganar dificultan posteriormente la acción de gobierno, cuando se requiere la colaboración del adversario.

¿La polarización política es un falso espejo de la vida social? ¿En nuestro espacio público hay sujetos que se narran, hay relaciones interpersonales y relaciones entre entidades sociales más sanas de las que se dan en la política de partidos?

Es normal que en la política haya una dramatización de los antagonismos que no tiene por qué coincidir con el que hay en la vida real. En la política hay siempre esos dos elementos (antagonización y escenificación) y los ciudadanos tendríamos que aprender a descodificar un poco lo que observamos en la esfera política. Lo que ocurre es que a veces en la vida los personajes que interpretamos terminan devorando a la persona que somos.

Los estudios sociológicos reflejan un interés sostenido por lo político, pero una desafección hacia los líderes políticos. Parece imposible pensar en la política como una vocación animada por un ideal. ¿Qué nos ha pasado? ¿Tenemos graves carencias culturales y educativas?

En mi último libro “Comprender la democracia” analizo un problema que me preocupa desde hace tiempo. Hablamos de una ciudadanía que decide y controla, pero lo cierto es que carecemos de las capacidades necesarias para ello por falta de conocimiento político, por estar sobrecargados, incapaces de procesar la información cacofónica o simplemente desinteresados. El origen de nuestros problemas políticos reside en el hecho de que la democracia necesita unos actores que ella misma es incapaz de producir. Una opinión pública que no entienda la política y que no sea capaz de juzgarla puede ser fácilmente manipulable.

'El entrelazamiento de los destinos colectivos impide definir nuestro bien como el reverso del mal de otros'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  7 votos
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La política al servicio del bien común

Fernando de Haro

Alberto López Basaguren es catedrático de Derecho Constitucional y se mueve en el entorno de los socialistas del País Vasco. Conversa con paginasdigital.es sobre el 40 aniversario de la Constitución y defiende una reforma de la Carta Magna. Se muestra convencido de la posibilidad de fraguar una mayoría no independentista en Cataluña y de un federalismo que, por fuerza, tiene que ser asimétrico.

¿Hemos conmemorado de modo adecuado los 40 años de la Constitución? ¿Qué es lo que debe quedar tras esta conmemoración?

La conmemoración del aniversario de la Constitución debía tener, necesariamente, un amplio aspecto de celebración, de reconocimiento laudatorio de su significado absolutamente excepcional en nuestra historia como sistema político democrático. Los elogios a la Constitución son absolutamente merecidos y es difícil excederse al hacerlos. Nada que objetar a ello. Es la primera Constitución plenamente democrática, en total sintonía con las de los sistemas democráticos más sólidos de Europa, que es integradora –y no de un partido– y que pervive durante cuarenta años. La combinación de estas características es única en nuestra historia, por lo que los elogios son merecidos. Pero he tenido la impresión de que, en muchos casos, los elogios eran una forma de auto-convencimiento, de encerramiento, de tratar de alejar cualquier otra consideración que no fuese la simplemente adulatoria, de tratar de que no se escuchase ninguna otra consideración. En mi opinión, se trata de alabanzas que, en el mejor de los casos, solo miran al pasado, de forma estéril, sin tratar de extraer ninguna enseñanza, sin mirar al futuro. Sin plantearse qué y cómo debemos hacer para que la Constitución, nuestro sistema democrático, tenga una más larga vida. Me gustaría que tras esta conmemoración quedase la convicción de que la Constitución, qué y cómo se hizo, es una fuente de enseñanza para ver cómo somos capaces de que, dentro de diez años, podamos conmemorar los cincuenta años de la Constitución; y de que las generaciones que nos siguen puedan llegar a conmemorar su primer centenario. Y estoy absolutamente convencido de que eso no se logrará sobre la base de declamaciones laudatorias puramente autocomplacientes, defensivas, atrincheradas en el inmovilismo, que se niegan a afrontar los retos que tenemos frente a nosotros, creyendo que esas declamaciones son una concha defensiva inexpugnable.

'Hay que advertir a los políticos de que es urgente la reforma de la Constitución'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  16 votos
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La política al servicio del bien común

P.D.

paginasdigital.es conversa con Andrea Levy, vicesecretaria de Estudios y Programas del Partido Popular, sobre los retos de fondo que emergen en la campaña electoral. Levy responde a preguntas que no se le plantean habitualmente.

En las campañas electorales se produce una situación polarización, pero parece que desde diciembre de 2015 estamos en un escenario nuevo. La polarización ha aumentado tanto que parece haberse disuelto el “nosotros” de un país compartido.

Tenemos que asumir que España ha pasado de apostar por un sistema bipartidista que, a pesar de sus imperfecciones, otorgaba una estabilidad evidente al país, a un sistema pluripartidista con múltiples actores políticos donde se dificulta la posibilidad de alcanzar acuerdos y llegar a consensos debido a la multiplicidad de vetos cruzados.

Esto, además, es un balón de oxígeno para la izquierda, puesto que la dispersión del voto del centro derecha minimiza las opciones de gobierno. Lo vimos en 2015 en la ciudad de Madrid donde, a pesar de que el Partido Popular fue la fuerza más votada y preferida por los madrileños, los votos a VOX impidieron que tuviésemos la mayoría. Ahora, en el escenario electoral en el que nos encontramos, muchos advierten de la posibilidad de volver a vivir un escenario en el que el centro derecha tenga mayoría en votos pero cuya fragmentación disminuiría las opciones de una clara mayoría.

¿La opción por un determinado partido a la hora de votar tiene que ver más con opciones ideológicas o con pulsiones de última hora que con experiencias concretas de implicación social?

Las campañas electorales son más importantes que nunca. El ciudadano cada vez elige más tarde su voto por lo que los partidos nos vemos obligados a presentar los mejores proyectos posibles, los más viables y los más beneficiosos. Si algo ha cambiado en las últimas décadas es la infinidad de canales de comunicación existentes a través de los cuales cualquier ciudadano, con independencia de donde viva, puede tener acceso a toda la información sobre qué pensamos cada uno. En ese sentido, el Partido Popular tiene una clara ventaja: somos conocidos, reconocibles y previsibles. El ciudadano sabe que cuando gobierna el Partido Popular se crea empleo, se mejoran las condiciones de vida de la gente y se aumentan las oportunidades. Nos presentamos a las elecciones con un programa electoral atractivo para cumplirlo. Que nadie busque frases grandilocuentes disfrazadas de propuestas, porque lo que van a encontrar es soluciones reales a los problemas y preocupaciones de los ciudadanos, no eslóganes vacíos.

'Hay que huir del enfrentamiento y del revanchismo'

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P.D.

La Casa Estela de Cometa nació hace dos años, creada por un grupo de personas que hacen voluntariado de acompañamiento a niños y jóvenes tutelados que viven en residencias de la Comunidad de Madrid. La Casa se ocupa de acoger a jóvenes que han finalizado la tutela. Su directora, Meri Gómez, reflexiona con paginasdigital.es sobre el valor político de esta experiencia.

¿Qué experiencia de construcción social y de participación ciudadana habéis hecho desde que se fundara vuestra casa?

Construcción social se podría llamar a todo lo que hacemos. La casa se crea con la idea de construir un entorno en el que las chicas extuteladas puedan disfrutar de un lugar que les permita crecer como personas, formarse y poder participar de una vida activa dentro de la sociedad. Entendemos que para construir la sociedad hacen falta sujetos con una base firme en la vida y creemos que la casa es una experiencia de construcción social muy potente. Personas firmes en la vida son las que son capaces de construir dentro de la sociedad. En cuanto a participación ciudadana, en la casa hemos visto cómo hay un lenguaje que todo el mundo entiende y sabe hablar, basta tener un interlocutor, es el lenguaje de la caridad, hemos visto cómo gente, amigos cercanos, familiares, amigos de amigos, incluso desconocidos que han oído la existencia de la casa, nos han ayudado y nos ayudan diariamente, de muchas formas: con el mantenimiento de la casa, económicamente, con gestiones de cualquier índole y sobre todo siendo nuestros amigos. Hemos visto así que hay un punto común en el hombre más allá de condiciones sociales e ideologías en el que es posible el diálogo.

'Necesitamos un Gobierno que piense un futuro común para todos'

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>Entrevista a Daniel Gascón

La política al servicio del bien común

Juan Carlos Hernández

Entrevistamos a Daniel Gascón, es escritor, traductor y editor de la edición española de la revista Letras Libres. “A pesar de las circunstancias actuales, de una conversación pública irresponsable y propensa al antagonismo, las instituciones de la democracia liberal resisten”, afirma el articulista del periódico El País.

En un editorial de este periódico se afirmaba que “la democracia requiere de una conciencia del nosotros, de un bien común para aquellos que pertenecen a una comunidad siempre superior a los intereses de los grupos particulares y a sus diferencias. Es lo que ha desaparecido”. ¿Qué le sugiere esta afirmación?

Me parece que se produce una especie de rechazo a ciertos impulsos disgregadores: social y culturalmente rompen algunos vínculos; económicamente estamos en una situación más inestable e individualista. El mundo del trabajo ya no es como antes, una cierta idea de identidad que tenía que ver con la clase, con lo que eras y hacías, se debilita. El Estado-nación tampoco sirve para muchos de esos problemas. No hay otro modelo económico viable que la economía de mercado desde el 89, pero este tiene fallos y produce injusticias. Creo que son factores que influyen en una percepción de la identidad amenazada, y que eso tiene que ver con el rebrote de los nacionalismos, del repliegue. Defiendes algo que crees que corre peligro de desaparecer.

Muchos grupos tienden a intentar defender sus intereses particulares, que pueden ser legítimos, pero que a veces pueden caer en una estigmatización del que piensa distinto. Mark Lilla habla de una “política de la identidad”. ¿Podría ayudar el juicio de Lilla a explicar lo que está ocurriendo?

Estamos en un tiempo de subjetivismo y polarización. Es más importante el elemento expresivo, nuestra visión sobre el mundo, que lo que sucede fuera. Lilla dice que el énfasis en la identidad por parte de los progresistas ha sido contraproducente, porque debilita la unión que permitiría la victoria de la izquierda. Para él, tienes que ganar para defender los derechos de las minorías, tienes que buscar un discurso que unifique para luego implementar tu programa. Un problema de esa idea es que a lo mejor estás hablando de un mundo que ya no puede ser. El discurso encajaba en una comunidad más homogénea y afianzaba una coalición de votantes que ahora parece más complicada por muchos factores. Otros dirían que ese universalismo, que se presenta teñido de nostalgia, no dejaba de ser un particularismo, y que lo que se presentaba como algo para todos era menos inclusivo de lo que pensamos.

¿Cómo se pueden traducir sus ideas a la realidad española?

'Existe una percepción de la identidad amenazada, y es por los nacionalismos'

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>Entrevista a Francisco Igea

La política al servicio del bien común

F.H.

Francisco Igea es médico, entró en política como diputado nacional de Ciudadanos tras las elecciones que hubo que repetir. Acaba de ganar las primarias de su partido en Castilla y León.

La polarización ha aumentado mucho en el último tiempo y parece que se ha disuelto la percepción del “nosotros” como país.

En los tiempos del miedo y la incertidumbre en que vivimos, que son tiempos de incertidumbre económica y política, lo que está triunfando en gran parte es el mensaje del egoísmo. El mensaje nacionalista no es más que un mensaje egoísta, es el egoísmo elevado a categoría política. Siempre he dicho que es un mensaje egoísta y adolescente que se mira a sí mismo. Y el mensaje populista también es un mensaje egoísta, de que el culpable es otro, hay un enemigo responsable, se huye de la responsabilidad. Y todo eso hace que se diluya el “nosotros”, que se diluya la capacidad de pensar que nosotros somos responsables, que todos y cada uno somos responsables de las cosas, que todos y cada uno participamos de esto, pues siempre es más fácil buscar un enemigo que buscar una solución o asumir una responsabilidad.

Tenemos una participación electoral en torno al 70%, pero la participación ciudadana en España es del 20%. ¿Hay desconexión entre la vida política y la actividad social?

Hay mucha desconexión porque los partidos son estructuras muy cerradas y la gente piensa que el mundo es lo que pasa en twitter. Nos pasa a todos que se nos olvida llegar a casa y abrir la ventana, salir y hablar con la gente, y ver que a la mayoría de la población la política no le ocupa casi nada de su tiempo, le ocupa su familia, la enfermedad, el trabajo, las cosas importantes. A veces los políticos somos incapaces de hablarle a la gente de esas cosas, de escucharles y dejar un rato de hablar de política, de ser humanos, que es una de las cosas que a veces uno pierde cuando se mete en esa burbuja.

¿Cree que hay una burbuja, que la vida social va por otro lado, que las relaciones interpersonales son más sanas que las que se viven en el ámbito de los partidos?

Creo que afortunadamente sí, aunque hay sitios de España donde desafortunadamente eso no es real y donde se vive una polarización social potente, por ejemplo en Cataluña, donde se vive un grado de enfrentamiento civil real, pero la mayoría de la población en España sigue compartiendo amigos de uno y otro lado, tiene una vida normal, y eso es lo que hay que intentar, que la división política no se convierta en división social. Siempre ha sido una de mis obsesiones acabar con el frentismo, luchar contra esa manera de entender la política tan del Madrid y del Barça que a veces tiene este país.

'Es necesaria una política que vuelva a ser servicio al ciudadano'

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>Entrevista a Manuel Reyes Mate, filósofo

La política al servicio del bien común

Fernando de Haro

Manuel Reyes Mate posiblemente es el pensador español que más esfuerzo ha dedicado a reflexionar sobre la condición de las víctimas. paginasdigital.es conversa con Reyes Mate sobre el reto de la globalización, la crisis migratoria, las identidades excluyentes, el nacionalismo y otras cuestiones que marcan la actualidad.

Usted ha asegurado que “la pregunta que se hiciera Hannah Arendt en su ensayo de 1943 ‘We refugees’ sobre la significación política del refugiado sigue teniendo actualidad en pleno siglo XXI”. ¿Por qué?

Para Arendt los refugiados son la vanguardia de los pueblos –y no la retaguardia o un efecto secundario– porque lo que se hizo con ellos, el poder lo puede hacer con cualquiera. “Ellos” eran el pueblo judío alemán, alemanes por los cuatro costados, que habían luchado por Alemania en la I Guerra Mundial, que se sentían totalmente asimilados, y que, de repente, son señalados como “otros”, privados de su nacionalidad, es decir, desnaturalizados. Son devueltos a su estado natural de meros seres humanos. Y ellos descubren que eso es ser menos que nada, porque lo importante son los papeles. Bueno, pues su tesis es que lo que el Estado hitleriano ha hecho con ellos, los judíos, porque son de otra sangre aunque compartan la misma tierra, lo pueden hacer mañana con los gitanos, con los enfermos mentales, con los improductivos o con los viejos. De poco sirve decir que “todos nacemos iguales y libres” si el Estado se arroga la facultad de decir quiénes son los sujetos de los derechos políticos y sociales. Ese era un problema que tenía la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789. Hay que tomarse en serio los derechos del hombre. No hay que admitir la distinción entre “nacionales” y “nacionalizados”. Y hay que exigir que el ser humano sea siempre un ciudadano.

¿Qué desvela sobre Occidente la reacción a los refugiados y a las migraciones?

'Nos hemos acostumbrado a marcar nuestras señas de identidad excluyendo'

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Juan José Laborda saludado por Su Majestad el Rey de España vista rápida >
>Entrevista a Juan José Laborda, expresidente del Senado

La política al servicio del bien común

Fernando de Haro

Juan José Laborda, socialista, fue una de las referencias en el Senado, donde tuvo escaño desde 1977 hasta 2004. Miembro del Consejo de Estado, analiza con www.paginasdigital.es los 40 años de la Constitución, el momento por el que pasa España y los retos del independentismo catalán.

Comienza el juicio por el proceso de secesión. ¿Además de una respuesta jurídica habría que dar otra política? ¿En qué términos?

La Justicia actúa de acuerdo con la ley, es independiente. Pero los que no acatan la Constitución dirán que el juicio es político. La respuesta política que los demócratas pueden dar es defender al Tribunal que juzga los delitos que presuntamente cometieron Carles Puigdemont, Oriol Junqueras y los demás procesados. Sería necesario que en este asunto hubiera una actitud común por parte de los partidos constitucionales, pero me temo que eso será imposible, lo cual me parece estúpido, además de negativo para la calidad de nuestra democracia.

¿Cómo sería posible volver a encuadrar a la mitad de los catalanes que apuestan por la independencia en el marco constitucional? ¿Es posible? ¿Qué sería necesario?

Para integrar a los catalanes que ahora no están dentro del marco constitucional, habrá que pensar primero en los catalanes que sí se sienten dentro de la Constitución Española. Y para eso es necesario argumentar en qué están equivocados los nacionalistas catalanes. Sin complejos, y con la verdad. No se puede ganar el juego de la integración sin rechazar la aceptación resignada de las ideas de los nacionalistas sobre el Estado y España. El Estado constitucional no es una jaula de nacionalidades, sino la norma que las ha reconocido por primera vez. Cataluña votó la Constitución el 6 de diciembre de 1978 con más porcentaje de votos afirmativos que la mayor parte de los territorios de España. El proceso de reintegración mayoritaria de los catalanes en un marco común requiere tiempo, y un consenso entre los constitucionalistas que dure todo ese tiempo. Y cuando hablo de consenso, no me refiero solo a los partidos. Existe una sociedad civil que espera un signo de la política para ponerse en marcha en ese proyecto, que podríamos calificar de patriotismo constitucional.

'La democracia es incompatible con la noción de enemigo'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  23 votos
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>Entrevista a Joseba Arregi

La política al servicio del bien común

Juan Carlos Hernández

Dialogamos con Joseba Arregi sobre los desafíos de la modernidad. “La posmodernidad es el resultado de la acumulación de los efectos colaterales secundarios no queridos pero estructuralmente propios de lo que ha querido la propia modernidad”, afirma exconsejero del Gobierno Vasco.

¿Existe una falta del sentimiento del nosotros que se diluye en los intereses particulares?

El nosotros, si tiene que ser un nosotros civilizado, cívico, adaptado al estado de derecho, no puede ser un yo o un nosotros construido fuera de la igualdad de derechos, fuera de la igualdad ante la ley. Tiene que ser contando y partiendo de esa igualdad ante la ley, igualdad en derechos y libertades. Lo que pasa es que los pequeños colectivos que se han constituido después de la crisis del capitalismo, de la cultura moderna, en el posmodernismo y demás, son yoes colectivos particulares pero que se unen en alguna identificación particular, no en la identificación universal de los derechos y de la igualdad ante la ley, sino en sentimientos étnicos, en las políticas de género, que también son identidades particulares que no llegan a ser universales.

En definitiva, no son representantes de un nosotros constituido en base a una conversación y a una negociación permanente de lo que es el bien público, el bien común. Son unidos por intereses o sentimientos particulares, y eso se ha acrecentado tremendamente en lo que se llama la cultura del capitalismo de consumo, que sobrevalora el sujeto, los sentimientos subjetivos, las emociones, los intereses colectivos particulares, sin que haya un horizonte de un nosotros que constituya al conjunto de la comunidad política.

Últimamente se ha hablado mucho de los movimientos feministas. ¿Cuál es su valoración?

'El populismo es peligroso cuando tiende a convertirse en totalitarismo'

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>Entrevista a Tulio Álvarez

La política al servicio del bien común

Juan Carlos Hernández

Hablamos con Tulio Álvarez, reconocido activista por los derechos humanos en Venezuela. Condenado por el régimen de Maduro, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos suspendió la sentencia condenatoria.

¿Cómo es la situación social hoy en día en Venezuela? Se ha hablado en los últimos días incluso de detenciones masivas y arbitrarias.

El rumor de que están llevándose jóvenes en las calles indiscriminadamente para una especie de reclutamiento forzado es falso. Creo que incluso está sembrado por el propio régimen. Lo que ha pasado es que muchachos jóvenes que han participado, como están participando todos los venezolanos, en la protesta han sido retenidos y detenidos, llevados a tribunales como si fueran adultos y condenados, y en este momento están retenidos varias decenas de niños y con órdenes de tribunales. Tenemos el testimonio de una juez que ha tomado esa decisión porque se ha visto forzado, lo cual no hace que esa decisión siga siendo aberrante, pero es una prueba irrefutable de la manipulación. Yo tengo conocimiento de tres jueces que han dictado medidas de detención de estos niños, son aproximadamente entre 70 y 100 niños. Estamos hablando de niños de 14-15 años, en realidad son niños que tienen conciencia política.

¿Cómo es la situación actual de abastecimiento de productos de primera necesidad?

Es imposible que yo te narre el drama social por el tema de la hambruna y la falta de medicinas que se vive en Venezuela. Si yo tratara de llevar esto al máximo grado de perversión que se pueda narrar, yo no tendría la capacidad de mostrar la situación límite en que está Venezuela. Es una situación de hambruna, donde no hay asistencia social, no hay medicinas. Todo enfermo de cualquier enfermedad que necesite un tratamiento está en riesgo de muerte. Las muertes en los hospitales son constantes. Tenemos una situación en la que no hay equipos médicos. Yo trabajo con empresas de equipos médicos que son las que prestan mantenimiento y no los hay. El 90% de los equipos médicos de los hospitales públicos en Venezuela están paralizados. No hay posibilidad de tratamiento de ningún tipo, no hay posibilidad de hacer exámenes básicos de hemodinamia, rayos X, radioterapia… ninguna posibilidad. Y las medicinas, cualquier ciudadano español que tenga una farmacia sabe que diariamente le llegan personas tratando de comprar medicinas para mandarlas a Venezuela. No hay ni las medicinas más básicas, ni para dolor de cabeza, ni antigripales… Es una situación desesperada.

Con la irrupción de Juan Guaidó, ¿se ha podido conseguir por fin la deseada unidad de la oposición en Venezuela?

En Venezuela no hay oposición. Oposición hay en un país que tiene democracia. En Venezuela hay factores democráticos activados y está unánimemente activado todo el factor democrático en contra de la dictadura.

¿Sería más correcto hablar de disidencia?

'En Venezuela no se enfrentan dos actores políticos, hay un régimen de facto contra un pueblo'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  17 votos

El otro es un bien, también en política

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