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10 DICIEMBRE 2016
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La mirada de Ouka Leele

Juan Orellana

Rafael Gordon ha optado por el género documental para acercarse a esta artista, que al ser joven y estar en activo no parece susceptible de ser encerrada en una ficción surrealista como la de los citados films. Pero si aquellas películas eran inclasificables y rompían los códigos de cualquier género biopic, ésta también desborda los límites de un documental convencional. La mirada de Ouka Leele se sitúa a medio camino del documental de creación, del video-arte y del docu-drama. Documental de creación porque no se limita al reportaje más periodístico, sino que aspira a hacer verdadera creación cinematográfica; video-arte porque la conjunción de música, montaje, planificación, ritmo, fotofija, efectos de postproducción... están articulados de una manera intrínsecamente artística y formalmente coherente; docu-drama porque la aproximación a la mujer Ouka Leele es tan cercana, tan espontánea, tan íntima, que en ocasiones el espectador tiene la inquietante sensación de esconderse tras las rejillas de un confesionario.

La película tiene la doble virtud de hablar tanto del arte de Ouka Leele como del arte de Rafael Gordon, una conjunción estéticamente unitaria, que debe parte de su mérito a la prodigiosa cámara del recientemente desaparecido Julio Madurga. El tándem Gordon-Madurga ha sido desde hace diez años una garantía de elegante personalidad visual. En esta ocasión sustituyen con acierto el negativo de 35 mm. por el video de alta definición, y así nos introducimos mejor en el lenguaje vanguardista e innovador de Ouka Leele.

Respecto al objeto del documental, es decir, Bárbara Allende, conocida como Ouka Leele, el film es una audaz revelación. La artista y la mujer son inseparables; como lo son su vida íntima de la artística, su mirada de fotógrafa y pintora, y su mirada de mística. Y es que mística y postmodernidad son dos conceptos antinómicos que en Ouka Leele se emparentan con la mayor naturalidad. La clave de esa síntesis paradójica está en la sencillez de Ouka Leele, en su humildad hecha carácter, en la inmediatez de su relación con la vida. No hay asomo de pretenciosidad en sus opciones surrealistas y postmodernas, no hay rastro de rupturismo ideológico, ni de materialismo rampante. Antes bien la obra -y mirada- de Ouka Leele rebosan espiritualidad, la espiritualidad de una niña de mirada limpia y llena de asombro ante la realidad.

En la película hay, además de los recursos propios de Gordon, mucho material filmado de forma doméstica por el padre de Bárbara a lo largo de su infancia y adolescencia. Todo ello engarzado con las partituras de Eva Gancedo -la habitual compositora de Gordon- y de Jorge Magaz. Rafael Gordon ha vuelto a demostrar un talento y una personalidad fuera de esquemas y encasillamientos. Para muchos estamos ante su obra más completa.

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