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2 DICIEMBRE 2016
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Minaretes en España: ¿por qué no?

Fernando de Haro

La Asociación de Vecinos de los Bermejales, cuando faltaban servicios básicos, consiguió parar en 2005 la construcción de una mezquita para la que el Ayuntamiento había cedido 6.000 metros cuadrados de terreno. Ahora parece que el proyecto reaparece para el barrio de San Jerónimo. Todo indica que la construcción de la mezquita iba a ser financiada con el dinero del Emirato de Sharjah.

En Sevilla se paró el proyecto pero no sucedió lo mismo con la mezquita construida en el Albaicín de Granada, junto al emblemático mirador de San Nicolás, frente a la Alhambra. En 2003 se inauguró con la presencia del príncipe Jalid bin Sultán al-Qassimi, emir de Sharjah, y diplomáticos de Malasia, Turquía, Siria, Líbano y Arabia Saudí.

El minarete de esta mezquita preside una especie de reconquista cultural y comercial musulmana de todo el entorno de la carrera del Darro. El fenómeno tiene mucho que ver con La España convertida al islam, título de uno de los libros de Rosa María Rodríguez Magda. En esta obra se retrata la convergencia de algunos grupos de conversos de los años 70 que habían abandonado la izquierda, el desembarco de la Fundación Roger Garaudy, los proyectos de recuperación de Al-Andalus, y el dinero de algunos estados árabes para fomentar la "reislamización". Todo ello acompañado, en Andalucía, del empeño de la Junta por mitificar el diálogo de las tres culturas sin que en realidad le interese ninguna de ellas. Su único propósito ha sido relativizar el valor del catolicismo como la tradición más influyente de nuestra historia.

Hay un islam de gabinete, un islam del poder, un islam exportado, un islam ideologizado. Un islam financiado por los países que no reconocen para la libertad religiosa el principio de la reciprocidad. Es un islam que tiene poco ver con el islam del pueblo que profesan o que profesaban al salir de sus países de origen el millón y medio de musulmanes que viven en España. El islam del poder quiere apropiarse del islam del pueblo que profesan los inmigrantes y los hijos de los inmigrantes. Muchos de ellos están desconcertados, sorprendidos por la secularización de Occidente, y se echan en manos de los que les prometen una aparente fidelidad a sus tradiciones.

Mientras el islam del poder construye grandes y caras mezquitas, el islam del pueblo en algunas ocasiones se ve obligado a enterrar a sus hijos en fosas comunes porque los muertos no son un objetivo estratégico. Mientras el poder político vigile los minaretes del islam del poder, mientras exija reciprocidad, mientras no los utilice para intentar desdibujar el peso de la tradición dominante en España -la católica-, mientras el control de los minaretes no sea una excusa para imponer el laicismo a las confesiones que enriquecen la vida democrática y pública... mientras todo esto suceda, ¿es conveniente prohibir al islam del pueblo que su tradición y experiencia religiosa se expresen?

El islam del poder se alimenta de la prohibición de los minaretes. Hay que partir de los hechos. Existe ya un nuevo islam en nuestro país. ¿Lo queremos integrado en una España que hace las cuentas con el fenómeno religioso o queremos a ese islam extranjero y radicalizado por un laicismo de mirada corta?

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