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2 DICIEMBRE 2016
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La alianza entre la razón y el amor

José Luis Restán

La coincidencia de ambos asuntos no es sólo temporal, porque el ámbito de la familia y de la sexualidad fue uno de los territorios preferidos para el asalto revolucionario de aquellas jornadas, cuya onda afectó también a amplios estratos eclesiales. La utopía sesentayochista prescribía una liberación radical de la tradición (y en Europa la tradición se llama cristianismo), con un especial enfoque hacia el ámbito de las relaciones afectivas. El fervor ideológico del 68 acusaba con dureza a la tradición cristiana de formalismo y represión en el campo de la sexualidad, y de haber cristalizado un modelo de familia que asentaba el autoritarismo y la infelicidad. Liberados de antiguos tabúes y de normas caducas, hombres y mujeres podrían entregarse libremente al disfrute de una sexualidad desvinculada del compromiso familiar, y darían paso a un mundo de relaciones basadas en la pura pulsión del deseo. Un camino hacia la felicidad que en no demasiado se reveló incapaz de mantener sus doradas promesas. Sin embargo, su potencia disolvente ha sido muy eficaz durante varias generaciones, y ha plasmado todo un estilo de vida del que apenas se sabe cómo salir, aun cuando sus fallas sean ya una evidencia generalmente compartida.

En aquel contexto, que en la Iglesia se reflejó directamente en la pesada digestión de un Concilio recién terminado, el Papa Pablo VI publicó el documento más contestado de los últimos tiempos. Como ha dicho Benedicto XVI, fue un significativo gesto de coraje para sostener la continuidad del magisterio y de la tradición de la Iglesia, en un momento en que las certezas básicas de occidente se desmoronaban. Fue el fruto de una decisión muy sufrida del Papa, que como en pocas ocasiones sintió el peso y la soledad de su ministerio, e inmediatamente se convirtió en signo de contradicción. Cuarenta años después de su publicación, Benedicto XVI ha reafirmado no sólo la verdad contenida en aquella encíclica, sino su inteligencia y carácter anticipatorio, ya que hoy es aún más acuciante proclamar que "ninguna técnica mecánica puede sustituir al acto de amor que intercambian los esposos como signo de un misterio más grande que les hace protagonistas y copartícipes de la creación".

En la HV el amor conyugal se describe dentro de un proceso global que contempla la unidad de alma y cuerpo, y consiste en la acogida recíproca de los esposos en una promesa de amor fiel y exclusivo que brota de una genuina decisión libre. Un amor así, repite el Papa recordando uno de los pasajes esenciales de la encíclica, no puede permanecer cerrado al don de la vida. Benedicto XVI advierte sobre la amenaza de una cultura en la que el ejercicio de la sexualidad se transforma en una droga que pretende someter a la otra persona a los propios deseos e intereses, sin respetar sus tiempos ni su dignidad, y añade que no se puede aceptar jamás que el predominio de la técnica llegue a mermar la calidad del amor y el valor sagrado de la vida.

Ante la crisis cultural que afecta profundamente a la concepción del amor y a la transmisión de la vida, el Papa ha pedido redescubrir la fecunda alianza entre la razón y el amor: así surgirá una nueva responsabilidad frente a la vida, fruto de un amor que sabe pensar y elegir en plena libertad. Por el contrario, generar falsas ilusiones en el ámbito del amor o engañar sobre la genuina responsabilidad que brota del ejercicio de la propia sexualidad no señala un camino de liberación (como pensaron los sesentayochinos) sino que introduce a la persona en un círculo de egoísmo asfixiante, que tarde o temprano se traduce en frustración e infelicidad.

Como reconoce Benedicto XVI cuarenta años después, la enseñanza de la HV no es fácil. Lo es menos aún en el actual contexto cultural. Pero con ella Pablo VI rindió un impagable servicio al hombre de nuestra época, al explicar la estructura fundamental mediante la cual la vida ha sido transmitida desde la creación del mundo, conforme a las exigencias de su propia naturaleza. Éste es un servicio que la Iglesia de nuestros días debe continuar a través de un incansable testimonio y de una educación que abarque afecto y razón.

 

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