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2 DICIEMBRE 2016
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El poder y la Iglesia

Horacio Morel (Buenos Aires)

Cercana la Navidad, hoy como hace dos mil años en tiempos de Herodes, la Encarnación supone para el poder una realidad incómoda. La Iglesia en la Argentina ha asumido históricamente un serio compromiso con la democracia y las instituciones, reclamando con celo y regularidad gestos de patriotismo, servicio y responsabilidad a los gobernantes de turno.

En muchas ocasiones, esas críticas -ya sean formuladas por prelados a título personal o en ejercicio de sus funciones específicas, ya sean emanadas orgánicamente de la Conferencia Episcopal- resultan molestas para los políticos, quienes, como el jefe de gabinete, preferirían una Iglesia recluida a los límites de los muros de los templos. Aunque después, a la hora de implementar programas sociales o educativos, busquen en Cáritas o en las escuelas católicas el medio adecuado para llegar capilarmente a la sociedad entera.

Comunión y Liberación salió al cruce de las declaraciones del funcionario con un manifiesto en el que resalta que el cristianismo no es sólo un acontecimiento histórico, sino también un hecho actual y presente, precisamente en la realidad llamada Iglesia, sociológicamente Pueblo de Dios, ontológicamente Cuerpo de Cristo, y que la Iglesia y los cristianos tienen derecho a opinar sobre todo, y no por un imperativo ético, sino por una exigencia vital y por una expresión cultural.

¿Con qué derecho se pretende confinar a la Iglesia al sólo ámbito de las conciencias? ¿A quién le interesa realmente una fe que no tenga nada que ver con la realidad?

Dice el manifiesto de CL Argentina que la Iglesia es "una realidad viviente que no envejecerá nunca", cuya "fuerza es una fuerza presente" (John Henry Newman), un hecho presente que es un gusto de vida nueva y que, como tal, juzga con criterio propio toda la existencia, personal y social. Destaca que la fe es una experiencia sólo cuando tiene que ver con toda la vida y cuando se llega a reconocer el Misterio bueno en las circunstancias de la vida: la familia, las relaciones, el trabajo, el afecto, la política. La alternativa a esta experiencia, dice CL,  es la de soportar lo mejor posible las circunstancias que nos tocan, relegando la fe a la ritualidad de lo privado, y que desde siempre ésta ha sido la pretensión del poder frente al cristianismo y la Iglesia, reduciéndolos a factores sentimentales o éticos pero sin incidencia en la vida real de los hombres y los pueblos.

La sentencia del político implica una reducción inaceptable, y al mismo tiempo un desafío para los católicos de redescubrir el carácter totalizante de la fe.

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