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11 DICIEMBRE 2016
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>Fotografías de Alexander Rodchenko

El duro combate de la vida contra la ideología

Javier Restán

La fotografía de Rodchenko, sobre la que nos vamos a centrar, es una fotografía radicalmente histórica. Por ello, al recorrer estas exposiciones se puede palpar la revolución rusa con toda su grandiosa expectativa y su frenesí vitalista, pero ya con toda su mentira dentro. Ayuda a ello en el Reina Sofía la proyección de una película realizada por encargo del gobierno bolchevique para celebrar el 10º aniversario de la revolución de octubre. Su director es Boris Barnet, quien contó con la colaboración activa en calidad de asesor de fotografía del propio Rodchenko. En esta película de ingenua épica revolucionaria, los cañones bolcheviques disparan desenfrenadamente. ¿Contra qué? Enfrente tienen como enemigo las cúpulas de las iglesias bizantinas de San Petersburgo, que son derribadas como piezas de dominó. Destruir el pasado, construir un mundo nuevo.

"Hemos roto con el pasado porque ya no creemos en él, porque sus premisas son inaceptables. Crearemos unas nuevas". La afirmación de Liubov Popova describe el núcleo del constructivismo ruso, al que han quedado asociados los nombres de Rodchenko y la propia Popova. Es la revolución: crearemos un mundo nuevo. Una pretensión que les situó a un paso de la propaganda, que fue a lo que dedicaron gran parte de su vida y de su obra. Sí, en un primer golpe quizá haya que decir que básicamente Rodchenko hizo propaganda. La propaganda que necesitaba el nuevo estado soviético. Gran parte de sus fotografías y por supuesto sus collages de tono futurista, o sus incursiones en el cine y en el trabajo gráfico, eran en el fondo propaganda, funcionales al estado de forma consciente y buscada.

Esto es muy patente en la exposición del Canal de Isabel II, donde se suceden fotos de niños de apariencia adulta, demostraciones artísticas y gimnásticas, paradas y manifestaciones de apoyo al gobierno o cuerpos jóvenes y atléticos símbolos del nuevo poder.

Dicho esto hay que apresurarse a decir que su obra no tiene el limitado valor de un arte orientado a la propaganda. Basta pasear entre sus pinturas, observar detenidamente sus fotografías para admirar rápidamente cómo el hombre Alexander Rodchenko fue mucho más que la ideología que defendió.

En realidad desbordó la ideología hasta en sus fotos de temática más funcional, gracias a una especie de vitalismo sencillo: esa mujer joven inclinada sobre un plato de sopa en Fábrica de Kuchnia: comiendo en la cantina, con unos libros estratégicamente colocados a su lado, es sin duda un icono del nuevo Estado naciente, propaganda eficaz del nuevo poder. Pero el hecho de que la foto se haga desde arriba, en picado, dota de un valor artístico y de una frescura admirable a esta fotografía que hace olvidar su intencionalidad política para gustar de ese momento por sí mismo.

Desbordó la ideología a través del humor (la ideología no soporta el humor y la risa), una de cuyas muestras es esa breve filmación con su mujer y su madre haciendo literalmente el tonto, riendo y fumando ingenuamente. En cualquier caso, Rodchenko era más que ideología cuando fotografiaba durante 30 años una y otra vez a Varvara Stepanova, su mujer, encontrando siempre una expresión, una mirada, un enfoque nuevo con el que acercarse a ella. O cuando inmortalizaba la amistad de un grupo de artistas alrededor de una mesa, o ese magnífico retrato de él mismo con sus amigos, Kirsanov, Rodchenko, Aseev o esa silenciosa foto casi en la penumbra con dos ventanas abiertas por donde entra el aire y la luz, en Apartamento de Maiakovsky, en la que transmite una desnuda nostalgia completamente personal, tal vez muy rusa. En definitiva, como siempre, la realidad se escapaba, desbordaba. Y Rodchenko no lo impidió. Ésa fue su grandeza.

Lo más característico de la obra fotográfica de Rodchenko es la adopción de perspectivas nuevas y la posición de su cámara, completamente nueva para la época: diagonales y fotografías de arriba abajo y de abajo arriba, nunca frontales (a excepción de algunos retratos), perspectivas inusitadas. Buscaba ver las cosas de un modo nuevo, convirtiendo los motivos más inesperados en un acontecimiento. Es el caso de sus fotografías de árboles, algunos rostros (Retrato de estudiante, Pionero tocando la trompeta o Al teléfono), y por supuesto los motivos de tipo arquitectónico, como varias fotografías de fachadas de edificios en serie, completamente anodinos, sobre los que nadie habría fijado su atención, a los que su mirada fotográfica convierte en objeto de admiración, casi de ascensión al infinito.  

Las líneas, especialmente las líneas diagonales, se convirtieron para él en la "forma nueva" del arte revolucionario. Algunas de sus mejores fotografías están construidas sobre líneas diagonales como la estupenda Bañistas, bellas espaldas jóvenes sobre asientos perfectamente lineales en diagonal, o Espectadores, que muestra un puñado de asistentes a una manifestación deportiva, sentados en unas gradas perfectamente alineadas y vacías. Y por supuesto, la genial fotografía Escalones, donde una madre con su hijo en brazos sube por una escalera solitaria con la luz oblicua del atardecer. Esta fotografía, quizá un símbolo de toda su obra, no puede dejar de recordarnos a su vez una de las escenas más famosas de la historia del cine: la matanza de los rebeldes amotinados en solidaridad con los marineros en las escalinatas de Odessa, a manos de los soldados imperiales rusos en Acorazado Potemkin, de Serguei Eisenstein. La influencia mutua entre la escena y esta fotografía es evidente. No es de extrañar que Rodchenko elaborara el cartel original de la genial película de Eisenstein.

En realidad, su modo de fotografiar y su estilo tan característico que le ha asegurado un puesto absolutamente propio y original en la historia de la fotografía es fruto de su experiencia de pintor. Rodchenko tenía una sólida formación pictórica y de hecho llegó a la fotografía muy tarde, después de haber dedicado su energía artística en todos los movimientos de vanguardia. Bebió del futurismo, especialmente en sus fotomontajes, recibiendo la influencia del propio Marinetti, fundador del movimiento futurista que viajó a Rusia en 1910. Pero también se acercó brevemente al suprematismo, de la mano de su fundador, Malevich. Y participó en grupos de toda índole, junto a Kandinsky, Popova y tantos otros.

Pero tal vez, la más perceptible de todas las influencias de las pinturas de vanguardia en su fotografía sea la del cubismo. Muchas de las pinturas de Rodchenko, y también de Popova, nacen del mismo impulso cubista por mostrar diferentes perspectivas simultáneamente para aproximarse a la realidad de forma más compleja y total, huyendo de la falsa simplicidad de una mirada plana, sin profundidad. Y este intento Rodchenko lo traslada a la fotografía.

Curiosa paradoja. Rodchenko se volvió hacia el cubismo para superar el pasado y contribuir a la construcción del estado bolchevique. Y ese mismo cubismo sirvió a algunos, años más tarde, para huir del "mundo perfecto" creado por aquéllos. Efectivamente, décadas después confesaba Tatiana Goritcheva cómo el grupo de intelectuales con los que compartía un camino que les llevaría sorprendentemente hasta el cristianismo encontraron un primer respiro por donde escapar al mundo gris del comunismo en la primera exposición de Picasso que se realizó en Moscú. Sus pinturas de la época cubista les hicieron caer en la cuenta de que la realidad no se dejaba apresar en la representación del falso realismo socialista. De nuevo la verdad se revolvía contra cualquier intento de dominarla.

Por fin dos palabras para otras dos de las grandes líneas de trabajo de Rodchenko: los retratos y las fotografías "productivistas". Sobre estas últimas, la exposición del Canal de Isabel II presenta algunas de sus mejores representaciones, como Aserradero: pilas de madera, de nuevo con sus maravillosas perspectivas lineales. Quiso el fotógrafo que sus fotografías sirvieran de manera objetiva a reflejar la producción y el progreso material del nuevo estado, dejando ejemplos que exceden, de nuevo, esta intención instrumental. Pero quizá sea esta declinación "productivista" el aspecto más netamente ideológico de toda su obra. El arte útil que rompería supuestamente con la contemplación de la realidad y serviría para cambiar la vida cotidiana de la gente. Tentación totalitaria donde las haya.

Y finalmente sus retratos, uno de los aspectos más notables de toda su obra. Ya hemos destacado su importancia. Son famosos los seis retratos del poeta Maiakovsky, pero a mí me seducen los de su propia esposa, Stepanova. De entre los cientos que le hizo hay dos en la exposición del Canal que no son los mejores, pero dejan ya intuir esa serena admiración por ella. Pero para comprender la importancia de su dimensión de retratista, mejor dejar hablar a la propia Stepanova sobre los retratos de su marido. En una carta le comentaba a Alexander: "Captas a las personas de una forma tan natural en estas fotografías, y en ellas pueden verse, de algún modo, sus mejores cualidades. Como si hubieras invertido de adentro hacia fuera sus sentimientos y sus buenos gestos humanos".

Rodchenko vivió tiempos verdaderamente agitados y los compartió con hombres extraordinarios: fue amigo del poeta Maiakovsky y del músico Shostakovich, vivió en el mismo apartamento de Kandinsky durante un tiempo, se casó con Varvara Stepanova, notable artista, y vivió una intensa amistad con la pintora Liubov Popova, trabajó con el cineasta Eisenstein y fue amigo de Shevchenko y de Aseev... Cada uno siguió un camino. Rodchenko permaneció dentro del ámbito oficial soviético hasta su muerte. Su obra, sin embargo, atravesó con su fuerza y sus destellos de belleza los peores tiempos del comunismo. Murió el mismo año en que Kruschev, en un giro histórico, pronunció su famoso discurso de crítica a Stalin.

Rodchenko fotógrafo. Revolución en la mirada

Sala de Exposiciones del Canal de Isabel II

Mateo Inurria, 2. Madrid

Hasta el 3 de enero de 2010

 

Definiendo el constructivismo. Rodchenko y Popova

Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía

Edificio Sabatini.

Santa Isabel, 52. Madrid

Hasta el 11 de enero de 2010

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