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4 DICIEMBRE 2016
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>Aprobada la ley del aborto

El país de las primeras cosas

Fernando de Haro

Los últimos trámites parlamentarios la han radicalizado: se limita severamente la posibilidad de ejercer la objeción de conciencia de los médicos, se elimina uno de los dos dictámenes que se iban a exigir, y la "deseducación sexual" se convierte en obligatoria. El Gobierno consigue un apoyo amplio gracias al acuerdo con la izquierda más radical y al auxilio de la derecha nacionalista vasca. El PNV ha querido vender que ha suavizado uno de los aspectos que más repudian a la opinión pública, el aborto de menores sin consentimiento paterno. Pero lo único que han hecho los nacionalistas ha sido maquillar la regulación. No hará falta el consentimiento del  padre o la madre de la menor que quiere abortar, sólo hará falta que estén informados. Si la relación es conflictiva (¿qué relación no es conflictiva en esas circunstancias?), no hará falta siquiera esa información.

En el país de las últimas cosas de Auster los edificios se han derrumbado, las calles no se encuentran. En un paisaje apocalíptico el valor de la vida ha desaparecido, la lucha por la supervivencia es desesperada. Pero quizás lo peor, como asegura su personaje principal, Anna Blume, es que "los cambios son tan súbitos que lo que parece cierto en un momento determinado ya no lo es al siguiente". Prueba de que el mundo, un determinado mundo, se acaba es que no hay conocimiento cierto de nada, aunque la razón proporcione los datos necesarios.

La Ley del aborto que este jueves ha sido aprobada despenaliza, consagra el derecho a la muerte, bendice el aborto eugenésico hasta el momento del parto. Pero, sobre todo, pretende instaurar un cambio en el conocimiento. Hace 25 años, cuando se promulgó la primera ley del aborto, se discutía sobre si el feto era un ser humano. La diferencia es que ahora, por voluntad legislativa, se rompe el valor cierto de la vida sin negar las razones que permitirían afirmarla. No se niegan las evidencias científicas. El Gobierno acelera el divorcio que se produce en nuestra cultura entre lo que la razón afirma teóricamente, que llega a considerarse absolutamente secundario, y lo que realmente cuenta para vivir. El poder no polemiza con la ciencia. Pero sí pretende imponer que,  sea cual sea el dato que proporciona la razón, no tenga la más mínima significación en la experiencia, en la decisión de disponer de esa vida. En eso consiste convertir el aborto en un derecho.

Esta voluntad política de separar la razón de la experiencia ha encontrado más resistencia que muchas otras políticas del Gobierno. El nivel de rechazo en la opinión pública ha llegado a ser de más del 50 por ciento. La reforma no se ha conseguido sacar adelante sin un gran desgarro social e institucional. El Gobierno ha errado el cálculo. De La Vega reconoció que la sociedad estaba dividida por la mitad. División en el Consejo General del Poder Judicial, en el Consejo Fiscal. Críticas de la Organización Médica Colegial y de muchas otras instituciones. Un renovado movimiento pro-vida ha conseguido, con propuestas positivas, superar otras de las características con las que Blume define al país de las últimas cosas: "hay ciertas cosas que no se preguntan,  incluso aquí hay temas que nadie quiere discutir". El aborto era un tema sobre el que hasta no hace mucho tiempo no se hablaba, y en estos meses se ha hablado y mucho. La batalla política se ha perdido. Es un flaco consuelo pensar que la ley del aborto va a suponer un elemento de desgaste de Zapatero.

¿Entonces? ¿Sólo queda el consuelo de haber cumplido con la obligación moral de defender una causa que estaba condenada al fracaso? La batalla contra el aborto ha permitido descubrir, más allá de la ideología de cierto feminismo, el drama de muchas mujeres; la importancia de las obras que les ayudan de verdad; la necesidad de sentirnos personalmente implicados en una cultura de la vida; las políticas alternativas que son efectivas; el valor de la educación. Pero, sobre todo, esta batalla que afecta al  conocimiento ha permitido entender cómo se pasa del país de las últimas cosas al país de las primeras cosas. Muchos pudimos pensar al comenzarla como Blume, que "nadie podía decirnos nada que no supiéramos de antemano". Hubiéramos podido afirmar los valores justos frente a los valores adecuados, el valor objetivo de la vida frente a la barbarie nihilista del Gobierno radical. Pero si hubiera sido así no habríamos aprendido nada y ahora sólo tendríamos entre las manos la derrota. Pero en la calle, repartiendo nuestros manifiestos, en diálogo con los que teníamos al lado en la oficina, en casa, en la compra, o en la peluquería, escuchando a unos y otros, hemos descubierto que la sola razón, entendida como la herramienta que conoce y formula determinados principios de la ley natural, es absolutamente insuficiente. De hecho, el Gobierno no ha combatido contra ella.

Hemos aprendido cómo se puede empezar a construir el país de las primeras cosas: es necesaria una razón hecha historia. La razón de la experiencia que es gesto, que es mirada, que es esa compañía a la par humana y sobrehumana, capaz de sostener con una alegría inexplicable la fatiga de alumbrar la vida y abrazarla cuando tiene el rostro misterioso del sufrimiento. Hemos redescubierto que Atenas se derrumba sin Jerusalén. La Navidad se ha hecho este año más dramáticamente necesaria que nunca. ¿Quién puede afirmar la razón de la Vida sin su Carne?

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