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9 DICIEMBRE 2016
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Número 9

Juan Orellana

Lo primero que hay que señalar es que este film no es adecuado para niños menores de 11 años. Le ocurre lo mismo que a otras cintas que aparentemente pasan por ser infantiles y no lo son, como fue el caso de Los mundos de Coraline o Donde viven los monstruos. Se trata, como aquéllas, de una película tétrica, con mucha tristeza, de atmósfera lúgubre, crepuscular, y con una presencia del mal muy explícita y cortante. Superada esa edad el espectador va a encontrar una experiencia fascinante, sobre todo desde una perspectiva visual. Número 9 no llega a la riqueza de imagen y guión de Los mundos de Coraline, pero en absoluto es desdeñable.

El guión está por debajo de los diseños animados del film, ya que mezcla brillantes ideas con lugares comunes que no son de recibo. Y ello a pesar de contar con la co-guionista Pamela Pettler, que ya trabajó en La novia cadáver. La película quiere alertar sobre un mundo en el que la ciencia y la tecnología tienden a sustituir lo humano, un mundo en que los avances técnicos se desentienden de la esfera de lo personal y de lo ético y se vuelven contra el hombre. En ese contexto Shane Acker presenta la religión -especialmente la cristiana- de una forma ambivalente: por un lado como la institución que protege y custodia lo humano en un mundo materialista; por otro, como un lugar de miedo, de recelo ante las preguntas y la curiosidad por conocer ("A veces el miedo es la mejor respuesta", dice en la catedral de Notre Dame el número 1, que es una especie de obispo mitrado). En cualquier caso, no se trata de una película atea, ya que plantea la victoria del creador en la resurrección. Como no podía ser de otra manera en los tiempos que corren, estas metáforas religiosas del film están atravesadas de un indudable aroma new age y con moralina final ecologista.

El marco artístico y dramático del film está copiado de la segunda guerra mundial, con unos malvados similares a los nazis, que utilizan los avances técnicos sin medida, hasta que se les van de las manos. Es curioso, porque históricamente ese desastre se debería predicar de la bomba atómica, que no fue arrojada por los alemanes. Y también es llamativo que los nazis son recurrentemente utilizados como símbolo del mal histórico, y sin embargo el comunismo -cuyas consecuencias letales han sido y son mayores- parece investido de una bula que le protege de las invectivas cinematográficas.

En cualquier caso es una película estimable, un prodigio de la animación digital, y que ofrece una personal mirada sobre el recurrente apocalipsis que tanto invade los argumentos del cine contemporáneo.

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