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9 DICIEMBRE 2016
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¿Bicentenario? No sin la experiencia cristiana

Jorge Iván Hoyos Morales (Bogotá, Colombia)

Ciertamente hubo un derrumbe del centro del estado español de aquel tiempo "...pero ya antes de ese derrumbe hubo estadistas españoles que habían imaginado la necesidad de una nueva estructura del imperio". Dos de esos proyectos fueron los del Conde de Aranda, ministro de Carlos III, y Manuel Godoy, ministro de Carlos IV. Sin embargo fue el proyecto bolivariano el que se impuso, al menos en la parte del antiguo virreinato del Perú, que a partir de 1739 sería llamado Virreinato de la Nueva Granada y que comprendió mas o menos los territorios de la actual Venezuela, Colombia, Panamá y Ecuador.

El proyecto bolivariano buscó una independencia económica y política respecto al decadente imperio español que en ese momento estaba en manos de los Borbones, sin embargo en palabras de Methol Ferré: "Todo el siglo que sigue a la independencia, que es en verdad el fracaso de la auténtica independencia, termina en una atomización... Para aclarar conviene arrancar desde Bolívar, que en la carta de Jamaica (1815) ya plantea el acontecimiento que se viene para hacernos comprender por qué nos hemos dividido tan intensamente. Bolívar dice que a la independencia se llegó por el derrumbe y el colapso del centro metropolitano español. Él afirma en esa carta que la América española no estaba madura para nuestra independencia y del contexto de la carta se entiende que para Bolívar no estar madura era no poder gestar poderes metropolitanos internos. Es decir que si América Latina en el criterio de Bolívar hubiera estado madura para la independencia, hubiera mantenido su unidad interna sustitutiva de la metrópoli que había inventado América Latina".

Siguiendo a Ferré es preciso anotar que "a partir de la independencia Hispanoamérica se va formando el imaginario nacional de cada nuevo país, imitando a los países europeos donde había un imaginario nacional polaco, checo, alemán, italiano. Acá todos hablábamos castellano... pero nos convertimos en pseudo estados nacionales como imitadores del proceso de las múltiples etnias y lenguas de Europa". Desde ese entonces ninguna de las nuevas repúblicas que componen actualmente Centro y Suramérica ve "...a América Latina como su horizonte normal... no ve lo que pasó en el imperio español y en la época de la unión de las coronas de España y Portugal y en el Virreinato del Perú al que pertenecimos (los países bolivarianos) por siglos...". Tal olvido de la memoria histórica es grave y muestra que la "historia... que aprendimos nació en los que pensaron esa historia para justificar cada país por separado...", historia en la que se van afirmando las naciones latinoamericanas, "como unidades de escasa comunicación entre sí... nosotros los hispano parlantes nos dividimos..." en veintitantos brazos.

Tal respuesta ideológica a la decadencia del imperio hispánico supuso pues una ruptura con la identidad que se había formado hasta entonces y por tanto llegó el fin de la unidad interna de estos territorios haciendo de la identidad histórica una cuestión territorial antes que una expresión cultural que nace de una determinada concepción de la vida.

La identidad histórica que se vivió hasta ese entonces tenía toda la potencialidad para construir una patria grande realmente autónoma, pues había experiencias donde realmente se notaba la existencia de un pueblo. Una de ellas fue la creación de comunidades por parte de los jesuitas a partir de 1609; más conocidas como las reducciones del Paraguay, las cuales nacieron de un nuevo principio de conocimiento y acción, llegando a constituirse en un modelo social, político y productivo digno de imitar y ser desarrollado. Tan así es que las reducciones tuvieron mecanismos de distribución de la riqueza alternativos a los impuestos por algunos colonizadores, los que en ocasiones fueron permitidos por corruptos servidores de la corona española y luego fueron legitimados en los nuevos gobiernos republicanos, cuyas estructuras económicas estaban caracterizadas por una mentalidad individualista fruto de la Ilustración francesa.

Podría decirse que las reducciones jesuíticas, expresión de la luz que resplandece sobre el "nosotros" de la Iglesia, fueron el lugar del máximo bien común latinoamericano que fue exterminado en 1769 para dar paso a un programa de construcción de naciones y de un nuevo orden social basado en un modelo de estado no autóctono que además no obedecía a la fisonomía propia latinoamericana.

Para terminar cabe mencionar el mensaje de Navidad de Benedicto XVI para afirmar que las reducciones muestran con una evidencia clamorosa  que "en toda Latinoamérica, el nosotros de la Iglesia es factor de identidad, plenitud de verdad y caridad que no puede ser reemplazado por ninguna ideología... ese nosotros sobre el que resplandece la luz que proviene de la gruta de Belén (es realmente) un llamamiento al respeto de los derechos inalienables de cada persona y a su desarrollo integral, anuncio de justicia y hermandad, fuente de unidad". Existe pues un nosotros, el nosotros de la Iglesia que no puede ser olvidado, rechazado ni negado como factor de identidad latinoamericana en este año del bicentenario so pena de perder parte integral de la memoria histórica y por consiguiente de la identidad y fuerza que Latinoamérica tiene como pueblo.

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