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7 DICIEMBRE 2016
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Bicentenario, memoria de Methol Ferré

Horacio Morel (Buenos Aires)

El mismo día de su muerte, el todavía candidato Lacalle -que perdería en segunda vuelta con Mujica una semana después- decía que la prosperidad de Uruguay pasaba por desvincularse de Brasil y de Argentina.

Methol, que cuando se presentaba ante el auditorio aclaraba ser "un uruguayo, es decir, un argentino oriental", pensaba exactamente lo contrario. Y no sólo respecto del Uruguay, sino de cualquier país de América del Sur considerado individualmente, incluso el Brasil.

A él le debemos mantener viva la memoria de la "Generación del 900": Rodó, Ugarte, Blanco Fombona, García Calderón y la "Patria Grande".  También la valoración de quienes intentaron llevar esas ideas al terreno político, como Haya de la Torre y Perón, recordándonos que era necesario pasar del "estado-nación" al "estado-continental" para no ocupar el sitio del "coro de la historia". Con él aprendimos que nuestras naciones no eran tales, sino "polis oligárquicas", o sea, "ciudades-estado antiguas que controlan un enorme hinterland inimaginable para ningún europeo". Él fue quien nos enseñó que los latinoamericanos somos "un pueblo nuevo en la ecúmene", de origen mestizo y católico, al decir de Vasconcelos, "una raza cósmica". 

En vísperas del inicio de los festejos por el Bicentenario de la Independencia de los países de América del Sur, según Methol existe una gran similitud de situaciones entre la actual y la de la "pseudo-independencia".  Porque Methol se animó a decir lo que ningún manual escolar latinoamericano jamás osó enseñarnos: "que nuestros héroes son... ¡los que perdieron!". Los protagonistas de la independencia "fueron todos perdedores". Que San Martín fracasó, lo mismo que Bolívar, porque no pudieron dar nacimiento a una gran nación latinoamericana, sino a famélicos estados locales donde la guerra civil tuvo lugar antes de poder alcanzarse una mínima expresión de unidad nacional y de estabilidad institucional.

Hoy el proceso de integración parece una epopeya de dimensiones épicas. Está el Mercosur, pero sus integrantes continúan viéndose como competidores y no como socios, como lo revela la opinión del candidato derrotado en Uruguay.  Argentina y Brasil, quienes deberían motorizar la unidad de todo el continente, se debaten entre "licencias automáticas" y "medidas para-arancelarias" que ponen en jaque el mercado común, brindándonos como prueba de la insensatez y el enanismo, cada tanto, largas filas de camiones aguardando cruzar la frontera a la espera de acuerdos políticos siempre provisorios.

No hay viabilidad económica para los países latinoamericanos sin integración, al estilo que lo ha hecho Europa con la Unión, mal que le pese a muchos europeos que identifican el origen de algunos males domésticos precisamente con el inicio de su alianza continental. Pero es el único medio de crear mercados de dimensiones acordes al fenómeno de la globalización.

Decía Methol que "el rasgo común de nuestra independencia en Sudamérica, en ese proceso que va de 1810 a 1830, es que todos tuvieron que recibir desde más allá de sí para alcanzar el poder de ser independientes". Así explicaba el nacimiento de las diferentes nacionalidades latinoamericanas, algunas inauditas como el de su Uruguay natal, lo que hacía graciosamente relatando un episodio de su infancia, del día que descubrió que la "Declaración de la Florida" (conocida como la de la independencia uruguaya) era en realidad una declaración de anexión a la Argentina, por entonces "Provincias Unidas del Río de la Plata", de la cual Uruguay era la "Provincia Oriental", recibiendo por su osadía un reto paterno.

Con la lucidez que lo caracterizaba, alertaba Methol Ferré hace poco tiempo atrás: "¿En qué momento estamos? En el que todos colegimos que no hay solución para ninguno de nuestros países como solución solitaria. O sea que después de un largo periplo, volvemos a la situación en que se generó la independencia. Los países hispano-sudamericanos no se independizaron por sí mismos. O debieron ser auxiliados desde más allá de sí, o tuvieron que ir más allá de sí para poder asegurar su independencia".

Hoy nuestros países latinoamericanos tienen nuevamente la disyuntiva ante sí: o avanzar en el camino de la integración, o esperar ilusoriamente un futuro de prosperidad en soledad.

El horizonte es muy pequeño aun para un Brasil descubridor de un enorme yacimiento de petróleo, para una Bolivia llena de litio, para un Chile aparentemente exitoso en lo económico, para una Argentina renacida de sus cenizas como el Ave Fénix, para cualquier nación considerada aisladamente. Puede que el petróleo brasileño llegue tarde a la fiesta, cuando el mundo ya use otra energía; puede que Bolivia jamás consiga las inversiones necesarias para explotar su litio; puede que Chile y Argentina repitan los errores políticos que los devuelvan a la agitación social.

Para integrarse, es necesario un cambio cultural, otro modo de concebirse. Buscar la identidad cultural desde dentro, aun conservando cada pueblo sus acentos y matices, y no en posturas ideológicas autodefinidas en relación a factores externos: es el error del anti-norteamericanismo de Chávez, de Evo y de quienes los siguen en la región.

Y claro está que aquellas naciones que no practican la integración puertas adentro, construyendo políticas de estado inalterables pese a los cambios de signo de poder, mal pueden sumarse a un proyecto integrador a nivel continental.

La próxima celebración del Bicentenario de la Independencia, al tiempo de reeditar algunas de las polémicas planteadas en su momento por el V Centenario del Descubrimiento de América (Leyenda Negra-Leyenda Rosa), nos pone delante de una nueva instancia crucial marcada por la necesaria revisión histórica y el sentido de oportunidad actual.

En palabras de Methol: "La independencia es un fracaso de los libertadores, no hay libertador que no haya fracasado: la verdadera y segunda independencia debería venir con la unidad".

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