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7 DICIEMBRE 2016
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>50 años de la muerte de Albert Camus

Hay seres que ayudan a vivir con su sola presencia

Guadalupe Arbona Abascal

¿Qué tipo de exigencia le hizo desear ardientemente al padre? La última novela del escritor, El primer hombre, interrumpida por inesperada y prematura muerte, es el hermoso texto del deseo del padre. Antes de morir había confesado a un periodista: "Mi obra aún no ha empezado". Poco después el premio Nóbel quedaba atrapado entre los hierros de su coche, entre los restos y cerca de su cuerpo sin vida, sus últimos escritos, éstos que se refieren a un hombre, el primero, que anhela a su padre muerto. Efectivamente esta obra constituye un nuevo inicio en la obra del autor; no sólo porque recree recuerdos de la infancia sino porque vuelve a la necesidad fundamental de todo hombre: "Y ahora reconozco que todo me abandona, que necesito que alguien me señale el camino y me repruebe y me elogie, no en virtud de su poder, sino de su autoridad, necesito a mi padre".

Los dos primeros capítulos de la novela son de las páginas más conmovedoras que se puedan leer. El primero se sitúa en una noche otoñal de 1913, y cuenta la llegada de un matrimonio a Argelia, viajan en una carreta, son colonos hambrientos de tierra, de pan y de trabajo. Él, un hombre francés de treinta años, ella, una sufrida y hermosa mujer andaluza, solos y en tierra desconocida, tendrán que afrontar en una casa miserable el nacimiento de su segundo hijo: Jacques Cormery. Este primer capítulo se cierra con el sueño tranquilo de la madre cansada y satisfecha y el deseo nervioso del padre por empezar a trabajar al día siguiente. Casi sin solución de continuidad, en el capítulo siguiente, Camus da un salto en el tiempo y nos presenta a ese niño nacido en tierras argelinas: "Cuarenta años más tarde, un hombre, en el pasillo del tren de Saint-Brieuc", es Jacques Cormery, viaja para encontrar la lápida de su padre, "Cormery, Henri, herido mortalmente en la batalla del Marne, muerto en Saint-Brieuc el 11 de octubre de 1914". Es el encuentro del hijo con la tumba del padre desconocido -murió cuando él tenía un año-; encuentro que despierta un torbellino de emociones y reflexiones que constituirán el hilo conductor del resto de la obra, es decir, la recreación de la infancia, adolescencia y juventud de Jacques.

Pero antes de componer su historia, el narrador describe la compasión y el dolor por la muerte prematura de su padre: "Y la ola de ternura y compasión que de golpe le colmó el corazón no era el movimiento del ánimo que lleva al hijo a recordar al padre desaparecido, sino la piedad conmovida que un hombre formado siente ante el niño injustamente asesinado, algo había ahí que escapaba al orden natural y, a decir verdad, ni siquiera tal orden existía, sino sólo locura y caos en el momento en que el hijo era más viejo que el padre" (p. 31). Cormery se rebela contra el orden mortal del mundo, como ya lo hacía otro personaje del autor, el inolvidable Calígula camusiano, creado en 1938. Pero la rebelión contra este orden mortal no es sólo un grito desesperado sino el comienzo de un deseo de saber y conocer el sabor de la eternidad: "El viajero no era más que ese corazón angustiado, ávido de vivir, en rebeldía contra el orden mortal del mundo, que lo había acompañado durante cuarenta años y que latía siempre con la misma fuerza contra el muro que lo separaba del secreto de toda vida, queriendo ir más lejos, más allá, y saber, saber antes de morir, saber por fin para ser, una sola vez, un solo segundo, pero para siempre" (p. 32).

La novela nace de estas dos escenas: el secreto de la vida de Jacques Cormery depende de ese padre que lo vio nacer y murió prematuramente, es decir, del sentimiento dramático de orfandad. Además la identidad del personaje que leemos en las páginas siguientes evocan sus años pobres, a la vez que alegres, en Argel y se construyen a partir del anhelo de paternidad. Anhelo que, lejos de ser un triste y lánguido lamento, se convierte en una búsqueda incansable de figuras que le devuelvan la percepción de ser hijo: "Sin embargo, ahora pensaba que ese secreto, lo que ávidamente había tratado de conocer a través de los libros y de los seres, tenía que ver con ese muerto, ese padre más joven (...). Pero a alguien, como él, que nada posee y que quiere el mundo entero, no le basta toda su energía para construirse y conquistar o entender el mundo. Al fin y al cabo no era demasiado tarde, aún podía buscar, saber quién había sido ese hombre que le parecía ahora más cercano que ningún otro ser en el mundo".

Además de la historia concreta de Cormery , que refleja muchos datos autobiográficos del autor, nace el juicio de toda una generación de hombres "huérfanos", es decir, sin dioses ("los templos son derruidos y no queda más que ese peso insoportable y dulce en el corazón", p. 166), sin memoria ("caminando en la noche de los años por la tierra del olvido, en que cada uno era el primer hombre, donde él mismo había tenido que criarse solo sin padre", sin historia ("Como si la historia de los hombres, esa historia que había avanzado constantemente en una de sus tierras más viejas dejando en ella tan pocas huellas, se evaporase bajo el sol incesante junto con el recuerdo de los que la habían hecho", p. 167). Camus describe a una generación europea de la que participa con los huesos y la carne de su personaje.

Pero el deseo en la figura que crea y que lo representa está marcada de tal manera por la necesidad del padre que sabrá hallar en otros personajes la necesaria experiencia de ser hijo. Tenemos la sensación, al leer la obra, de que el dolor es sincero porque cuando halla compañía se apacigua. Es, sobre todo, la compañía silenciosa de la madre: "Hay seres que justifican el mundo, que ayudan a vivir con su sola presencia" (p. 39). Como también la del profesor: "Con el señor Bernard era siempre interesante por la sencilla razón de que él amaba apasionadamente su trabajo (...). No, la escuela no sólo les ofrecía una evasión de la vida de familia. En la clase del señor Bernard por lo menos, la escuela alimentaba en ellos un hambre más esencial todavía para el niño que para el hombre, que es el hambre de descubrir. En las otras clases les enseñaban sin duda muchas cosas, pero un poco como se ceba a un ganso. Les presentaban un alimento ya preparado rogándoles que tuvieran a bien tragarlo. En la clase del señor Bernard, sentían por primera vez que existían y que eran objeto de la más alta consideración: se los juzgaba dignos de descubrir el mundo. Más aún, el maestro no se dedicaba sólo a enseñarles lo que le pagaban para que los enseñara: los acogía con simplicidad en su vida personal, la vivía con ellos" (pp. 126-128). Éstos y otros muchos personajes van haciendo la vida de Jacques, este primer hombre que sin dejar de serlo halló presencias por las que estuvo dispuesto a justificar el mundo entero.

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