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5 DICIEMBRE 2016
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Pasolini 1.0 (2ª entrega)

Juan Orellana

Reflejo de esa crisis es Uccelaci e Uccelini (1966), film de transición entre una herencia clásica neorrealista y un cine más ideológico. Los personajes de Toto y Ninetto representan la cultura del pueblo, son figuras "neorrealistas". El cuervo simboliza la pérdida de rumbo del marxismo, la conciencia problemática del intelectual de izquierdas: "No lloro por el fin de mis ideas, que seguro que ya vendrá alguien y tomará mi bandera. Lloro por mí mismo...", dice el ave. En cierto modo, ese cuervo tiene algo de autobiográfico, declara PPP. A partir de este film PPP entra en un período que él va a llamar "problemático".

5. La búsqueda de un pasado significativo. De Edipo Rey a Medea

Con Edipo Rey (1967), PPP hace un film supuestamente autobiográfico en el que el freudiano complejo de Edipo se proyecta sobre el mito clásico. Digo "supuestamente" porque sólo Pasolini puede saber en qué sentido alegórico tiene que ver la película con su difícil relación paterna. El padre de Pier Paolo era militar y mantenía una relación fría y algo despótica con su esposa, a la que Pier Paolo adoraba.

Teorema y Porcile son también films problemáticos, basados en textos propios. En 1968 Teorema consigue para PPP el segundo galardón que va a recibir de la OCIC, en medio de una polémica de lo más interesante.

Medea (1969) abandona esa revisión autobiográfica y se centra en la fenomenología e historia de las religiones que a PPP le descubre Mircea Elíade. Los primeros veinte minutos de Medea, de un profundo sentido religioso, son los minutos cinematográficos preferidos de Pasolini. Él se centra en los mitos porque representan la vida como era concebida antes de la era industrial. Para PPP, únicamente los que creen en el mito son realistas.

6. Los últimos filmes. El cine de la provocación

A partir de 1971 Pasolini realiza su tetralogía del escándalo: El Decamerón (1971), Los cuentos de Canterbury (1972), Las mil y una noches (1974) y Saló o los 120 días de Sodoma (1975). PPP confiesa que en un ambiente cultural de crisis donde todo es una estéril confrontación entre burguesía y protesta contra ella, la corporalidad -y el sexo- parecían la única realidad preservada. La cantidad enorme de sexo que hay, por ejemplo, en Saló es "la metáfora de la relación del poder con los que están sometidos a él: la reducción del cuerpo a cosa. [...] El sexo está llamado a tener en mi película un papel metafórico horrible".

De todas formas nada tiene que ver el erotismo del cine pasoliniano con el de cualquier film comercial de los últimos treinta años. No hay sensualidad, regodeo ni placer gratuito: es una sexualidad primaria, esencial, que no busca la connivencia del público fácil sino la provocación ideológica. No vemos "sex symbols" ni cuerpos atractivos, sino a la gente sudada del pueblo que busca el amor.

Esta época coincide con la defenestración cultural de Pasolini. El acoso que sufre debido a su homosexualidad le arrastra a una conciencia de soledad que le acompañó hasta la muerte. "Hace veinte años que el periodismo italiano ha contribuido a hacer de mi persona un negativo moral, un proscrito. No hay duda de que a esta exclusión por parte de la opinión pública ha contribuido la homosexualidad, que se ha imputado como una marca de ignominia: el sello de una abominación que condenaría todo lo que soy, mi sensibilidad, mi imaginación, mi trabajo, la totalidad de mis emociones, de mis sentimientos y de mis acciones", declara poco antes de morir. "Sólo acierto a temblar; y me estremezco en mis entrañas, yo, el excluido de un mundo al que no logro odiar pero tampoco amar, ese mundo que ahora puede hacerme pedazos, pero no acompasar mi vida con la suya".

7. Profeta del desencanto y mártir de la modernidad

"Sólo tuve el carnet del Partido Comunista un año. No lo renové. La orientación cada vez más estaliniana de la política de Togliatti, esa mezcla de autoritarismo y paternalismo sofocante, no me parecía muy favorable al desarrollo de las grandes esperanzas de la posguerra. Para comprender ese desencanto es preciso haber sido italiano". Pasolini arrastra ya muchos desencantos. El antifascismo, el marxismo, la cultura del pueblo... todo se ha pervertido ante sus ojos. "Por desgracia ha desaparecido un mundo arcaico que, con todos sus defectos, era un mundo que yo amaba. Un mundo represivo es más justo, más bueno que un mundo tolerante: porque en la represión se viven las grandes tragedias, surgen la santidad y el heroísmo. En la tolerancia se definen las diversidades, se analizan y aíslan las anomalías, se crean los guetos. Yo preferiría ser condenado injustamente a ser tolerado". Es en ese momento de abominación del nuevo Poder trasnacional y homologador que se avecina, cuando Pasolini se da cuenta de que su enemiga tradicional, la Iglesia, puede ser ahora el único aliado del pueblo. "Allí donde se habla de Dios, aunque sea para expresar la propia incredulidad, no se halla la burguesía".

Pasolini escribe que la Europa neo-capitalista avanzada se encamina hacia una religión en la que la Caridad prevalezca sobre la Fe y la Esperanza; en la que los sacerdotes ya no sean necesarios y el Evangelio baste. Esa interpretación profética de los hechos le va a llevar en seguida a un posicionamiento que le va a suponer la expulsión de las filas de la izquierda.

Cuando en Italia comienza el debate público a favor del aborto, Pasolini toma una actitud clara: "Debido a mi sentimiento profundo de hierofanía, del carácter sagrado de todas las cosas -una cierta visión gnóstica que tengo del mundo- me repugna ver destruido el orden principal de la vida". Asimismo, cuando PPP lee en el Paese Sera el resumen del discurso de Juan XXIII en el que el Pontífice afirma que el Poder ya no necesita a la Iglesia, no puede evitar reaccionar con ímpetu: "Ahora que el poder burgués después de haberla explotado durante tantos años no sabe qué hacer con ella y la arrojado al mar, la Iglesia debería pasarse decididamente a la oposición. Porque la oposición contra el Nuevo Poder no puede ser más que una oposición de carácter religioso". PPP afirma que la cultura materialista es tan enemiga de Cristo como del ideal marxista.

8. La puerta de la esperanza, nostalgia de lo sagrado

Para Pasolini, la afirmación de lo sagrado es lo que más odia el poder. Y él ve este sentido religioso como algo muy manipulable desde dicho poder. "Cada vez me siento más escandalizado por la ausencia del sentido de lo sagrado en mis contemporáneos. Yo defiendo lo sagrado porque es la parte del hombre que menos resiste a la profanación del poder". PPP ve cómo muchos cristianos se asimilan al poder dando la espalda a su sentido religioso, convirtiéndolo en mero idealismo. Esta constatación le supone a nuestro artista una brecha infranqueable en su relación con la fe. "Yo no he tenido formación religiosa. Mi padre no creía en Dios y mi madre mantenía las tradiciones religiosas de los campesinos. Su fe era la prolongación de la poesía, una religión natural. La enseñanza del catecismo me resultaba insoportable. Yo no amo el catolicismo como institución, no por ateísmo militante, sino porque mi sentido religioso se ofusca ante él. Mi visión religiosa del mundo prescinde del idealismo cristiano. Me inclino a una contemplación mística del mundo por una veneración y una necesidad irresistible de admirar a los hombres y la naturaleza, de reconocer la profundidad allí donde otros sólo descubren la apariencia inanimada y mecánica de las cosas".

Sin embargo, el reconocimiento de la herencia cristiana puede ser para Pasolini una forma de custodiar su identidad frente a la invasión del Nuevo Poder. "Soy anticlerical, pero sé que hay en mí dos mil años de cristianismo: yo he construido con mis antepasados las iglesias románicas, después las iglesias góticas y después las iglesias barrocas: son mi patrimonio, en el contenido y en el estilo. Estaría loco si negara esa poderosa fuerza que está en mí: si dejara a los curas el monopolio del Bien".

9. Pasolini ante la muerte

Pasolini comenzó a vivir en soledad y acabó en ella. Siendo muy joven escribía: "Una experiencia de absoluta soledad había disminuido extraordinariamente mi vida espiritual: cuando encontré el nombre místico para ese estado de interiorización, comencé a esperar la Gracia, es decir, la posibilidad de concebir a Otro, a Dios". A ese Dios que alguna vez intuye le dirige estos versos: "Tú darás la pureza en el único juicio que nos queda y es tremendo y dulce: el que no haya nunca desesperación sin algo de esperanza". Con esta gravedad Pasolini afronta la muerte: "Si fuéramos inmortales seríamos inmorales, porque nuestro ejemplo no tendría un final y, por tanto, resultaría indescifrable, eternamente aplazado y ambiguo".

Esto no excluye para él la dramaticidad del hecho final: "Yo no puedo vivir porque no consigo y no conseguiré acostumbrarme a pensar que también para mí hay un tiempo, una muerte". "Podría haber desmitificado la realidad de la situación histórica... la figura de Cristo mediatizada por el Romanticismo y la Contrarreforma, podría desmitificar todo... pero ¿cómo desmitificar el problema de la muerte? El problema que no puedo desmitificar es ése tan profundamente irracional y también tan religioso que es el misterio del mundo. Eso no es desmitificable".

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