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11 DICIEMBRE 2016
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El pueblo de Haití no está desesperado

P. Leonardo Grasso (Puerto Príncipe-Haití)

Caminando por la ciudad la ruina que se ve es impresionante y la destrucción que se vive golpea con fuerza y no puede dejar de sacudir toda nuestra humanidad. Sin embargo, hay algo que me golpea hasta con mayor violencia en esta situación dramática. Acá en Puerto Príncipe se asiste a un frenesí de solidaridad: ONG y organizaciones de todo tipo se prodigan en enfrentar la emergencia; voluntarios llegados de todos los lugares del mundo se afanan en el servicio a los necesitados; los diferentes gobiernos donan millones de dólares para la reconstrucción; los medios de comunicación dedican toda su programación a la "Emergencia Haití"; personalidades de todos los sectores proclaman su solidaridad con las victimas; todos lanzan llamados de solidaridad... Todo este dispositivo de solidaridad, de generosidad, de iniciativas, de febril e ininterrumpida actividad manifiesta me parece algo que deja perplejos. Es evidente y conmovedora la generosidad y la entrega de tanta gente, la impresión es que se esté propiciando y asistiendo a una inmensa ola de sentimientos que generan una impresionante y conmovedora actividad. Pero algo está faltando.

La solidaridad, la movilización, la emergencia, la urgencia dominan el horizonte y la percepción de lo sucedido. Es como si la justa y hasta admirable iniciativa de miles de personas agotara toda la posición humana frente a lo que aconteció, convocando todas las energías y ocupando todo el dinamismo de la persona y de la sociedad. Parece como si toda la maquinaria de solidaridad internacional diera por descontado y difundiera la conciencia de que todo lo que ha pasado es simplemente una desgracia, una lamentable anomalía de la realidad a la cual se tiene que contraponer la más perfecta y eficiente capacidad de movilización y de iniciativa del hombre, corrigiendo con la organización y el esfuerzo de voluntad (a veces disfrazada con el nombre de ciertos "valores") sus negativas consecuencias. Más aún, se tiene la impresión de que todo parece conspirar para callar algo que está en lo profundo de lo que aconteció, algo que está dentro de lo que sucedió, algo que está presente entre los escombros de estas edificaciones destruidas y el dolor de esta gente.

A esto contribuyen también las noticias que distorsionan la realidad hablando de un pueblo determinado por la desesperación, con continuos episodios de violencia, con saqueos por parte de grupos hambrientos y con fallos en la organización humanitaria. Todo esto no es verdad y lo puedo afirmar por experiencia directa, no por haberlo leído en las informaciones de alguna agencia internacional. Pero parece que se quiere dar la interpretación de un pueblo desesperado y casi deshumanizado frente a la dificultad.

Hoy, recorriendo Puerto Príncipe, no podíamos dejar de pararnos frente a cada edificio derrumbado, no podíamos no quedarnos en silencio frente a aquellas ruinas, no podíamos dejar de mirar aquellos escombros y aquellos cuerpos aprisionados y ya en putrefacción, sin dejarnos sacudir por la evidencia que de allí surgía: la de un lugar misteriosamente pero evidentemente sagrado. "Misteriosamente", porque uno no logra percibir con sus pequeños criterios todo el sentido de aquella realidad y abarcar lo que está aconteciendo frente a nuestros ojos; pero, al mismo tiempo, "evidentemente sagrado", porque es casi imposible (sólo resulta posible censurando la propia humanidad) no darse cuenta de que allí, exactamente entre aquellos escombros, está presente algo grande, algo que tiene que ver con el destino de cada hombre que está debajo de aquellas ruinas y con el destino de cada uno.

Mirar los escombros de las dos universidades que se derrumbaron mientras estaban repletas de profesores que dictaban sus clases, de empleados y obreros que prestaban sus servicios y de cientos de jóvenes estudiantes que se estaban formando; ver las ruinas de unos colegios que ahora custodian los cuerpos de miles de niños y adolescentes que estaban frecuentando sus clases; entrar entre los escombros del arzobispado en cuyo interior yacen ahora los cuerpos del arzobispo de Puerto Príncipe, de varios sacerdotes y de decenas de feligreses que estaban reunidos con él; caminar encima de lo que quedó de los tres seminarios en los cuales casi doscientos seminaristas encontraron la muerte; cruzar la mirada de hombres y mujeres que están frente a sus casas derrumbadas en cuyo interior inaccesible se encuentran los cuerpos de sus hijos; pensar en cada uno de los que quedaron bajo aquellos escombro con su anhelo de felicidad y plenitud; intentar imaginar los últimos momentos de vida de aquellos hombres; escuchar los relatos de las personas que sobrevivieron y de las que han sido rescatadas después de horas o días de entre los edificios derrumbados... Todo esto nos hace detenernos en silencio con una pregunta que surge del corazón sobre el significado, el valor, el sentido secreto de aquel hecho.

En la mirada y desesperación de muchos de los socorristas se hace evidente la percepción que tienen de lo que aconteció como simplemente un desastre, una maldición; en muchos integrantes de ONG se percibe la calculada eficiencia de los "expertos en emergencias"; en tantos operadores comunicacionales el anhelo de encontrar la "noticia sensacional"; en muchos políticos la preocupación del análisis de la situación.

¿Y el pueblo sencillo de Haití?

Es impresionante ver la humildad y fortaleza con que vive esta situación; el silencio de la gente casi enmudecida frente a tanto dolor; la tranquilidad (que muchos socorristas confunden con apatía o indolencia) aun en la tragedia; los gestos sencillos de ayuda y fraternidad en el compartir lo poco que tienen; la falta de violencia y desesperación; el dormir en el piso de una plaza o en plena calle sin quejarse o maldecir a nadie; el asumir con fortaleza sus heridas físicas (muchísimos son los heridos y quienes han perdido brazos o piernas) y las heridas aún más profundas causadas por la muerte de sus seres queridos; la mirada sorprendida y a veces distante frente a tanta actividad de los socorristas, que presumen saber lo que ellos necesitan y que intentan inculcarles sus soluciones; la impresión que transparenta a menudo de sus miradas repletas de agradecimiento por la ayuda que reciben, pero llenas de la evidencia de que los socorristas no los entienden, de que muchos de aquellos que los ayudan no entienden lo que ellos entienden, no comprenden lo que ellos guardan en su profundo interior.

Ciertamente, no se trata de no actuar o de dejar de proporcionar la ayuda necesaria. No se trata de detenerse sino, por el contrario, de potenciar y aumentar el modo de estar y actuar en esta realidad, poniéndonos con toda nuestra humanidad frente a lo que está aconteciendo y a las personas que sufren las consecuencias del terremoto. Se trata de mirar. De mirar verdaderamente. Se trata de ponerse frente a esta realidad con toda nuestra humanidad abierta de par en par, sin tener miedo de la aparente contradicción, sin huir en el activismo para no enfrentar las preguntas que el dolor nos pone, sin encerrar en un banal sentimentalismo lo que, por lo contrario, constituye una provocación para nuestra razón, dejándonos tocar en lo hondo, en las exigencias profundas que nos constituyen, para poder ver lo que verdaderamente habita dentro de lo que está aconteciendo. Se trata, en fin, de pedir un corazón sencillo, capaz de reconocer la presencia del Misterio entre aquellos escombros, y así poder actuar de una manera plenamente humana, capaz de abrazar la realidad en la totalidad de los factores que la constituyen y por eso verdaderamente útil a nuestros hermanos haitianos.

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