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9 DICIEMBRE 2016
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Laicidad, "proceso de argumentación sensible a la verdad"

Stefano Alberto

Son muchos los que ya han advertido los límites de una visión que en el fondo está en deuda con lo que Paolo Grossi definió como la "reducción del paisaje jurídico moderno" a dos sujetos: por un lado el macrosujeto político, el Estado; por otro, el microsujeto privado, el individuo. Cada vez se hace más evidente aquella paradoja singular que observaba el cardenal Scola de una creciente contraposición entre estos sujetos: "por un lado los individuos particulares que gozan de una gama creciente e indefinida de derechos, frente al Estado, encargado de garantizarlos legislando prolijamente sobre cualquier materia" (Una nueva laicidad).

En su discurso nunca pronunciado de la Sapienza, Benedicto XVI retoma la visión de Jürgen Habermas del doble fundamento de una carta constitucional como presupuesto de la legalidad: la participación política igualitaria de todos los ciudadanos y la "forma razonable" en que se resuelven los enfrentamientos políticos. Esta "razonabilidad" no se puede reducir a la "lucha de mayorías aritméticas" en una democracia, sino que debe caracterizarse por ser un "proceso de argumentación sensible a la verdad". Un recorrido arduo, sobre todo por la "sensibilidad por los intereses" individuales o colectivos, que da una visión del derecho exclusivamente como algo relacionado con el poder. Una visión que reduce la democracia, que ya no es considerada como ordenamiento sino como un conjunto de procedimientos y balances de intereses realizados mediante leyes.

"¿Cómo personalizar los criterios de justicia que hacen posible la libertad y que sirven al bien del hombre?", se pregunta Benedicto XVI. Con esta pregunta, el Papa se muestra confiado en la posibilidad de recuperar la dimensión cognoscitiva (verdadera) en un intento continuo de darle forma justa a la libertad humana, que es siempre "libertad en comunión recíproca" dentro de la comunidad política. Parece reductiva una concepción de laicidad exclusiva y formalmente referida a la legalidad, separada de la exigencia original de justicia constitutiva de la "experiencia elemental" (como decía Giussani) de todo hombre, de aquel "común sentido de justicia, basado en la solidaridad entre los miembros de la sociedad", cuyo fruto son los derechos humanos "válidos para todos los tiempos y para todos los pueblos" (cfr. Benedicto XVI en su discurso a la ONU).

Emerge, pues, una concepción de laicidad que ve al Estado no como instancia poderosa absoluta, sino como institución reguladora (es decir, de tutela y promoción según los principios de subsidiariedad y solidaridad) de la comunidad política y social en su complejidad original. Comunidad que a su vez se fundamenta en la persona, con su doble naturaleza de identidad irreductible y relación original, de la que nacen no sólo derechos sino también el deber de perseguir el bien común. Se abre así un espacio educativo y la "cultura de la responsabilidad" de la que habló don Giussani en Assago en 1987, que "debe mantener vivo el deseo original del hombre, del que nacen los demás deseos y valores: la relación con el infinito".

En este sentido, la presencia original de la Iglesia, su dimensión y valor público, distinta y autónoma del Estado, ofrece una inestimable contribución al diálogo visto por Benedicto XVI como "aquel medio que permite a los distintos miembros de la sociedad articular su propio punto de vista y construir el consenso respecto a la verdad de valores y objetivos particulares" (discurso a la ONU). Así, la efectiva libertas Ecclesiae resulta ser, por encima de las mejores garantías, el criterio de verificación más inmediato y significativo de la dinámica real de la justicia en la relación entre la persona, la sociedad y el Estado.

La Iglesia no es, ni intenta ser, un agente político, no reivindica ningún privilegio en este sentido y confía a los fieles licos la tarea de obrar para construir en sus ambientes, bajo su propia responsabilidad, un orden justo de la sociedad. En la misión de la Iglesia, que tiene un interés profundo por el bien de la comunidad política, la novedad de la fe cristiana viene propuesta, nunca impuesta, como contribución, lo recuerda Benedicto XVI en Deus caritas est (n.28), "a la purificación de la razón", aportando su propia ayuda "para que lo que es justo pueda, aquí y ahora, ser reconocido y después puesto también en práctica".

 

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