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9 DICIEMBRE 2016
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Del Noce, la 'cura' contra el maniqueísmo de muchos católicos

Massimo Borghesi

Como intérprete de su tiempo, el filósofo no desdeñó implicarse en la actividad periodística, en el juicio sobre los hechos que suceden a diario. Il popolo nuovo de Turín, Il Mulino, L'Europa, Il Tempo, Prospettive nel mondo, Il Sabato, 30 giorni lo han tenido en diversos momentos como colaborador habitual. En este ámbito, Del Noce ha sido uno de los poquísimos pensadores católicos, tal vez el único, capaz de confrontarse con el pensamiento laico. Porque el pensamiento laico, de la Ilustración en adelante, encuentra su legitimación en la lectura del proceso histórico según la idea de que el camino de la historia occidental moderna va de la transcendencia a la inmanencia, de Dios al hombre, de la fe a la razón, de la servidumbre a la libertad. Es la idea de lo moderno como un proceso irreversible hacia la secularización y el ateísmo. Esta idea de la modernidad, que está en la base de la conciencia laica, es la que Del Noce ha querido deconstruir en su obra. Pero no desde un punto de vista antimoderno, común entre los católicos del periodo de su formación.

Cuando el Del Noce filósofo viene a confrontarse con el momento histórico, en los años 1942-43 con la crisis del fascismo, lo hace a través de Humanismo integral de Jacques Maritain, la obra en la que el gran pensador del otro lado de los Alpes valoraba la modernidad liberal y democrática frente a la totalitaria. Allí el antifascismo moral de Del Noce, madurado desde 1936, coincidiendo con la guerra de Etiopía, se encontró con la idea de la democracia entendida como "persuasión" y "no violencia". Maritain lo liberó del "complejo de Benedetto Croce", por el cual un joven católico no podía entonces, a los ojos de la conciencia laica, declararse antifascista. De aquí nace el desafío de Del Noce: demostrar, al contrario de lo que pensaba Croce, cómo la tutela de la persona y de la libertad podía acontecer sólo en un horizonte religioso de tipo cristiano, no en el escenario inmanentista de la divinización ni en el emipirista de la desacralización del mundo.

Eso lo llevará a un triple descubrimiento. En primer lugar, la valoración del filón franco-italiano (católico) del pensamiento moderno, marcado por el filón "agustiniano" y con nombres como Descartes, Pascal, Malebranche, Vico, Rosmini; en contraste con los germánicos (protestantes), que con Hegel llevaban a la santificación del Estado; y después el filón post-risorgimento del pensamiento italiano. El inmanentismo hegeliano, su segundo descubrimiento, elevaba al máximo el racionalismo entendido como "filosofía de la naturalización de la muerte", negación del valor de lo finito y de la individualidad singular, "inmolación dialéctica de la persona" (Maritain). Esta valoración de la existencia humana, como "natural" y no como necesitada de salvación, no era el fruto de una conclusión racional sino el resultado de una opción moral originaria. Era su tercer descubrimiento.

El ateísmo moderno no tiene un fundamento racional pero, como demostró Nietzsche, es el resultado de una opción frente a la condición humana, que por un lado se afirma como autónoma y se rebela a cualquier forma de dependencia, y por otro se disuelve en el gran mar de la totalidad que forma la masa organizada (estado, nación, clase, raza). De ahí el título de su obra más destacada, El problema del ateísmo, editada por Il Mulino en 1964. Lo moderno no es el resultado necesario del ateísmo que afecta "problemáticamente" sólo a los últimos siglos. La filosofía que niega a Dios marca una dirección de lo moderno, pero no la única. La identificación entre modernidad y ateísmo es el error que comparten las dos posiciones contrarias del laicismo y el tradicionalismo católico. A las que Del Noce oponía su visión de la modernidad, que comprendía diversos caminos.

Entre ellos, era fundamental el católico, que partía del Descartes metafísico-religioso y no del laico, y que culminaba en Antonio Rosmini, para quien catolicismo y libertad se encuentran y no se oponen. De este modo, de modo genial, Del Noce modificaba por entero el escenario historiográfico que se esconde tras la comprensión de la modernidad. Así, liberaba a los católicos del "complejo de Croce", situándolos con pleno derecho dentro de la modernidad y de la vida política democrática.

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