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8 DICIEMBRE 2016
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Pensionazo: ¿Acaso el trabajo es una condena?

Fernando de Haro

Fue el viernes negro, el viernes del crack, no por el mal cierre de la Bolsa, sino porque se hizo evidente que la política económica de Zapatero había llevado al país al desastre. El día antes, en Davos, el presidente del Gobierno había intentado calmar a los mercados: el diferencial de deuda española con la alemana, que es el indicador del riesgo-país, estaba disparada, en 100 puntos básicos. De ahí eso de que "España es un país serio". Horas después se haría público que la tasa del paro ha subido casi al 19 por ciento (EPA) y el déficit supera el 11 por ciento. Viernes de crack porque el discurso que Zapatero ha mantenido desde que comenzara la crisis se deshacía en añicos: la protección social, su único remedio para hacer frente a la crisis, es insostenible. El anuncio de las pensiones surtía su efecto y el diferencial de la deuda se reducía en 14 puntos básicos. Pero como pone en evidencia Facebook, la tormenta ha estallado, la opinión pública rechaza de plano un mayor esfuerzo para hacer frente a la crisis. ¿Es una irresponsabilidad? ¿Falta cultura del trabajo?

Zapatero ha alimentado demagógicamente, desde que comenzara la crisis, el mensaje de que aquellos que reclaman una reforma del Estado del Bienestar y un cambio de modelo en las relaciones laborales son los que están contra los trabajadores. Cuando algunos llevan mucho tiempo reclamando una transición del Estado del Bienestar a la Sociedad del Bienestar para conseguir un modelo sostenible (es la palabra de moda), Zapatero ha hecho creer que estábamos ante una cuestión de opciones ideológicas. Ahora, sin hacer la más mínima pedagogía, el Gobierno anuncia que el sistema no se mantiene. Es una evidencia, como también lo es la necesidad de un cambio cultural. Hace dos años se hizo público un estudio de La Caixa titulado La generación de la transición: entre el trabajo y la jubilación, que ponía de manifiesto nuestra secreta aspiración: la mayoría de los españoles quiere dejar de trabajar a los 60.

Los últimos datos de Eurostat, que son de 2007, reflejan que España tiene una media de jubilación superior a la de la Unión Europea. La edad media de jubilación  en nuestro país es de 62,1 años, por encima de la de Francia (59,4 años), Italia (60,4 años) y Alemania (62). Pero la buena cifra española se explica porque en cinco años se han casi triplicado los trabajadores que se jubilan con más de 66 años. De estos trabajadores que suben la media, la mayoría son autónomos. Dicho de otro modo: mientras hemos visto prejubilaciones masivas en grandes empresas públicas y privadas,  como  las de TVE y Telefónica, para empleados con poco más de 50 años -que acaban colgando de  las cuentas públicas-, la gente que sigue en el tajo, la gente que sigue cotizando, son los que trabajan en su pequeña empresa. Sin duda influye el hecho de que la pensión a la que tienen derecho suele ser más baja que la de los trabajadores por cuenta ajena. Han podido cotizar por menos y siguen trabajando más tiempo. Eso significa que mayor flexibilidad en las cotizaciones seguramente no vendría bien.

Pero también hay otra cuestión decisiva: sentir el trabajo como algo propio retrasa la jubilación. Sin recuperar el sentido del trabajo para disfrutarlo es difícil que el Estado del Bienestar, mejor hablar ya de la Sociedad del Bienestar, sea viable. España tiene un problema serio de productividad. Desde 1950 hasta 2007 la jornada laboral se ha reducido de 2.050 a 1.775 horas según el Institut National de la Stastistique et des Études Économiques (INSEE). Es una tendencia que se produce en todo el mundo desarrollado. En Estados Unidos y en Japón se trabaja más horas que en España, pero en el resto de Europa, menos. Lo paradójico es que, según esos mismos datos, España es el país en el que menos aumenta la tasa de aportación al PIB por hora trabajada. En Estados Unidos creció entre 2001 y 2007 un 2 por ciento y en España un 0,9 por ciento. Nuestro modelo productivo es obsoleto, ha dependido y depende demasiado de la construcción. A lo que hay que añadir que en los últimos años se ha disparado el número de empleados públicos por el desarrollo del Estado de las Autonomías: suponen según los últimos datos de Contabilidad Nacional 3.100.000 frente a los 2.700.000 empleados en la industria.

Tanto empleado público hace descender la productividad, aumenta exponencialmente el gasto de las administraciones y, sobre todo, crea una cultura laboral "funcionarizada" que relativiza los resultados, la capacidad de involucrarse y de emprender. El Estado, en lugar de favorecer el protagonismo de la sociedad, acaba por asfixiarla. El cambio cultural pendiente es el que permite concebir el trabajo como una ocasión para el desarrollo personal, el diálogo con otros y la construcción de la sociedad y del país. El trabajo y no el ocio es el que expresa el gusto por la vida. ¿Quién dijo que es una condena?

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