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24 MAYO 2017
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>50 Aniversario de la muerte del autor de El Extranjero

La profecía de Camus: el sol sin sombra

Fernando de Haro

El extranjero, la primera de sus novelas, fue escrita al mismo tiempo que Calígula y que El Mito de Sísifo, por eso los especialistas la han considerado parte de una trilogía de lo absurdo. La palabra "absurdo" quizás sea un buen término para describir el choque que sufre el lector página tras página si se la descarga de connotaciones abstractas. Sorprende la falta de sentido, sorprende que la existencia del personaje esté dominada por la ausencia dramática. Una ausencia tan inverosímil que llena de fuerza la denuncia de un tiempo en el que los hombres han dejado de generar sombra. 

Meursault choca con las circunstancias en las que se ve envuelto sin que se produzca diálogo alguno entre sus deseos y lo que le va sucediendo. A veces,  alguna reacción instintiva. Más allá de la teorización existencialista, el personaje de El extranjero es el hombre que no tiene experiencia. Experiencia como la entiende Luigi Giussani, que "no es tanto el hacer, el establecer relaciones con la realidad como un hecho mecánico" sino "entender una cosa, descubrir su sentido (...), hacer nuestras las cosas, pero de tal manera que caminemos dentro de su significado objetivo"  (Educar es un riesgo). Meursault no hace nada suyo.

Desde la primera línea Camus describe cómo todos los acontecimientos en los que se ve inmerso no rozan nada íntimo en él. No tiene, por eso, memoria de lo vivido. La novela empieza con tres frases demoledoras: "Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé". Más tarde, en el juicio, se hará una descalificación moral del protagonista que en la tarde del entierro de su madre se ha marchado al cine con su novia y que, a pesar de lo que ha hecho, no ha dado muestra alguna de arrepentimiento. 

Pero Meursault no tiene, en primera instancia un problema ético, más bien habría que hablar de un defecto de conocimiento. El sabor del tabaco, la luz de Argel, el olor de María su novia, el deseo sexual, el surgir de la ira, los sentimientos de compasión, las comidas con los amigos... son situaciones y sensaciones descritas con una intensa concreción. Por eso contrasta de un modo especial que entren y salgan de Meursault como si atravesaran una casa vacía. El "hacer nuestras las cosas" no es automático, afirma Giussani, requiere "el juicio sobre lo que se prueba" (...). Y "¿cuál es el criterio que nos permite juzgar lo que vemos suceder en nosotros? Todas las experiencias de mi humanidad y de mi personalidad pasan por la criba de una ‘experiencia original', primordial (...). La exigencia de la bondad, de la justicia, de la verdad, de la felicidad constituyen el rostro del hombre". Meursault, sin embargo, ha renunciado al "derecho y el deber de todo hombre a aprender la posibilidad y la costumbre de comparar toda propuesta con esta experiencia elemental" (El sentido religioso).

Meursault ha ayudado a Raimundo a castigar injustamente a su amante, Raimundo le da las gracias y recuerda que "estuvo muy amable conmigo, pensé que era un momento agradable". Sólo sensaciones. Meursault, en el capítulo segundo, pasa el domingo en casa. Camus consigue unas páginas excelsas en las que describe el tedio de su personaje mientras que gasta el tiempo sin gusto o disgusto alguno. Sólo, asomado a la ventana, ve pasar el día. Sin que se insinúe la nostalgia termina la jornada. "Pensé que, después de todo, era un domingo de menos, que mamá estaba ahora enterrada, que iba a reanudar el trabajo y que, en resumen, nada había cambiado". El lector se sobrecoge, por el contraste: en él la necesidad de que el paso del tiempo tenga sentido se ha convertido en una herida crónica. 

El jefe llama a Meursault, le ofrece un trabajo en París. "Dije que sí, pero que en el fondo me era indiferente. Me preguntó entonces si no me interesaba un cambio de vida. Respondí que nunca se cambia de vida, que en todo caso todas valían igual". Indiferencia. Meursault mata pero Camus parece empeñado en destruir cualquier semejanza con el Raskolnikov de Crimen y Castigo. La luz de mediodía le ciega: "la espada ardiente me roía las cejas (...), el gatillo cedió, (...) sacudí el sudor y el sol. Comprendí que había destruido el equilibrio del día, el silencio excepcional de una playa en la que había sido feliz". Luego llega el largo tiempo en prisión y el juicio en el que testigos y acusación no examinan el homicidio sino su personalidad, su "corazón de criminal". El deseo de justicia no aflora, no hay Antígona que venga a acompañarle, el mal cometido no es de nadie, el anhelo de redención sigue ausente. No hay experiencia elemental que valore nada. El joven Meursault es un viejo vacío sin esa experiencia verdadera, posible incluso a través de lo negativo, que "sumerge en el ritmo de lo real y nos hace tender irresistiblemente a unificar hasta el último aspecto de las cosas" (Educar es un riesgo).

El sonido de la calle de Argel y la tarde de verano intuida desde la celda se pierden, con una hermosura sin pregunta. La muerte no es amenaza para la belleza deseada, como en el cuento de Cortázar La isla de mediodía, cuando el protagonista que ha alcanzado el paraíso en forma de isla griega se enfrenta a su propio fin. "Y bien, tendré que morir. Antes que otros, es evidente. Pero todo el mundo sabe que la vida no merece la pena ser vivida". No palpita por la  eternidad. "Comprendía que la gente me olvidara después de mi muerte... Ni siquiera podía decir que fuera duro pensar así. En el fondo no existía idea a la que uno no concluya por acostumbrarse". Y Camus consigue entonces que el  lector se rebele, que despierte esa tristeza positiva por lo incompleto. Sólo cuando aparece el capellán, Meursault se revuelve, no quiere la salvación, Dios es una palabra sin sentido. ¿Si la realidad no ha tenido la profundidad que le es propia, cómo hablar del Misterio? Está cerca "la brevísima alba en la que quedaría justificado", el día de la ejecución. La nada definitiva. Camus, en un fascinante retrato en negativo, ha puesto de relieve que el juicio es el comienzo de la liberación.

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