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6 DICIEMBRE 2016
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>Debate sobre el Pacto de Estado

¿Alguien estima el bien del pueblo?

Fernando de Haro

Sin desdecirse de lo que podía haberse entendido como una crítica, publica en el diario neoyorquino un artículo (www.nytimes.com/2010/02/15/opinion/15krugman.html) que absuelve al actual Ejecutivo. La culpa de la situación que sufrimos es de "las élites políticas que instaron a Europa a adoptar una moneda única mucho antes de que el continente estuviera preparado para un experimento de este tipo". Sin euro podríamos devaluar y ganar competitividad. El Ejecutivo Zapatero fue modélico, mantuvo el déficit y la deuda en la raya, hasta que se produjo el pinchazo de la burbuja inmobiliaria. "And there's not much that Spain's government can do to make things better", añade Krugman. No hay mucho que el Gobierno de España pueda hacer para que las cosas vayan mejor.

Tenemos costes y precios muy altos y sólo podemos esperar a que una dolorosa deflación nos devuelva al sitio que nos corresponde. El economista señala con claridad las debilidades del euro, pero adopta una posición muy simplista y, sobre todo, contraria al consenso de los expertos que han reclamado y reclaman reformas. La afirmación de Krugman es relevante porque, además de dar una coartada a Zapatero, es un pretexto psicológico que justifica la pasividad. Pasividad que se extiende, con otras modalidades, del Gobierno a la oposición, a ciertos sectores de la sociedad civil y a muchas instituciones. Es una pasividad con impostura, como si la decadencia a la que se enfrenta España fuera una ocasión para obtener alguna ventaja.

La nueva decadencia tiene el rostro de cifras como las que nos ha ofrecido este lunes el Ministerio de Trabajo. Más de 1,6 millones de desempleados, o sea, el 39,9 por ciento de los más de cuatro millones de parados registrados en el INEM, tienen pocas o muy pocas probabilidades estadísticas de encontrar un empleo. Sólo un 22,9 por ciento de los parados tienen un grado alto de -la palabra es muy fea- ocupabilidad. Más allá de la recuperación estadística del PIB que se pueda producir en el primer trimestre, la falta de futuro para muchos es lo que realmente cuenta.    

Una situación especialmente dramática en la que hablar de un Pacto de Estado, tan necesario como imposible, se convierte en un juego cínico que aumenta el escepticismo. El Gobierno agradece a la Casa del Rey su interés por un posible acuerdo. La Casa del Rey da a conocer reuniones que hasta el momento se mantenían en la más estricta discreción. Se quiere que se sepa que la agenda de Don Juan Carlos es intensa. El Gobierno asegura que un posible pacto es cosa suya y el Grupo Socialista convoca a los demás grupos parlamentarios, el último el PP.

Nula voluntad política de llegar a acuerdo alguno. Ocho veces se reunió Rajoy con Zapatero en la primera legislatura sin que se concretara nunca nada, si acaso algún engaño. El PP espera, calla, confía en que en esta ocasión, con un rechazo del 64 por ciento de los votantes a la gestión de Zapatero, por fin se descubra la maniobra de distracción. Y así el posible Pacto de Estado, que podría ser expresión de la unidad, se convierte en un multiplicador del escepticismo.

Seis años de Zapatero parecen haber dado al traste con una cultura que defendía todavía cierta unidad elemental entre los españoles. La posibilidad de una tercera victoria de los populares provoca en la segunda legislatura de Aznar la ruptura con el "relato" de una transición fraguada por la concordia. Es como si toda España, también la derecha, se hubiera convertido a la vieja herejía cristiana del gnosticismo, en el sentido que le daba a este término Del Noce. "Para el gnosticismo (que tiene su punto de llegada en el pensamiento hegeliano) el mal forma parte de la estructura misma de lo real, su nexo con la existencia finita es necesario; para el pensamiento bíblico y cristiano el mal fue introducido en el mundo por el pecado", explicaba el pensador italiano (Pensiero cristiano e comunismo: "inveramento" o "risposta a sfida", citado por Borghesi).

Zapatero, marxista sin marxismo, considera el mal necesario para el gran cambio. Para que el bien se instaure hace falta la gran catástrofe, la  revolución, que permite salir de la alineación. Curiosamente este pensamiento gnóstico revolucionario, tan alejado del realismo cristiano que apuesta por el mayor bien posible en cada momento, se apodera de la oposición política y social. Lo que importa no es ofrecer alternativas sino esperar el desgaste o acelerar las contradicciones. De ese modo parece que a pocos interesa el bien real del pueblo, el bien que pasa por hacer pedagogía para reformar nuestro Estado del Bienestar, para desarrollar la educación que nos haga competitivos, para cambiar seriamente el mercado de trabajo, para recuperar la construcción común. Esa cierta unidad elemental que hizo posible la democracia no es una quimera.

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