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30 SEPTIEMBRE 2020
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El corazón de la batalla a favor de la familia

Mario Mauro

Benedicto XVI  sostiene  que los peligros más graves que nuestra sociedad y  el hombre moderno corren son  el fundamentalismo y el relativismo.
El fundamentalismo, que es tomar a Dios como pretexto para un proyecto de poder; el relativismo, que es poner a todas las opiniones en el mismo nivel de manera que ya no existe la verdad; no existe una hipótesis buena para las nuevas generaciones, a partir de la verdad.

Los números del  fundamentalismo están claros, están asociados a las Torres Gemelas, al atentado de la estación de Atocha en Madrid. Son los números del atentado en el metro de Londres, hay un largo rosario de desolación y muerte.

Pero, ¿cuáles  son los números de relativismo? La imagen que surge es dramática. Todos los indicadores sobre población, nacimientos, matrimonios, familias rotas se han deteriorado  sustancialmente en los últimos 25 años. El panorama de la familia en Europa ha empeorado  de manera alarmante.

Los  números del relativismo no se leen a la luz de una identidad mística que se basa en las reflexiones conservadoras y retrógradas, son los números de la decadencia de un continente.
Los números del relativismo son los números de las fallidas políticas económicas de muchos gobiernos de los 27 países de la UE que no han sido capaces de desarrollar una política para ganar competencia internacional.

Los números del relativismo son los números que nos dicen que sólo el 2,1 por ciento del PIB se gasta en Europa en la familia, frente a un gasto en políticas sociales de un 28 por ciento. Sin tener en cuenta que donde más se invierte en familia menos gasto social se produce. Si a un anciano, en vez de hospitalizarlo a 825 euros por día, se le cuida en casa, además de recibir más atención y amor, se consigue una ventaja económica. Este razonamiento vale también para la inversión y los gastos a favor de los niños, los inmigrantes, la salud e incluso la investigación.

Así que la cuestión fundamental hoy es la siguiente: nos enfrentamos con los números del relativismo. Las cifras del relativismo no deben ser entendidas en términos ideológicos, deben entenderse a la luz de una lectura pragmática en una comparación con el resto del mundo. Las cifras dramáticas del aborto, hay un aborto cada 25 segundos, son muy preocupantes si se las compara con otras causas de muerte. El aborto ha matado a más personas en 2004 que las enfermedades del corazón (las víctimas del corazón son 736.000, las del aborto el doble), las enfermedades cardiovasculares provocan  507.000,  los accidentes de circulación 127.000 víctimas, los suicidios 59.000. Los  números del relativismo afectan  a la organización del gasto y a la organización de los recursos (no sólo  económicos) con los que una sociedad está llamada a vivir.

¿Cuál es nuestra responsabilidad en este momento, como se articula la batalla?

En el informe titulado "Informe sobre la Evolución de la Familia en Europa 2009", la Red Europea del Instituto de Política Familiar (www.ipfe.org) mostró que entre divorcios, abortos, baja tasa de natalidad, envejecimiento y apoyo a políticas inadecuadas, la familia monógama está en riesgo de desaparecer del paisaje continental. La imagen que surge es espectacular, todos los indicadores sobre población, nacimientos, matrimonios, familias rotas, se han deteriorado sustancialmente en los últimos 30 años. El panorama de la familia en Europa ha empeorado de manera alarmante.

A pesar que la población ha crecido en  43,4 millones, los matrimonios sufren un declive enorme. En los 27 países de la UE entre 1980 y 2008 el número de matrimonios disminuyó en un 23,4 por ciento. La edad de matrimonio se ha retrasado cada vez más: la media europea refleja  que los hombres se casan a los 31años y las mujeres a los 29, con un retraso de alrededor de 5,5 años en comparación con la media de 1980.

También hay un aumento de la edad media de la maternidad, en la UE asciende a casi 30 años. Italia es el país con la maternidad más tardía, 31 años, seguido por España, 30,8 años, e Irlanda 30,62 años. Mientras que Eslovenia, República Checa y Hungría son los países  donde más ha aumentado  la edad del primer hijo entre 1980 y 2007 (4 por ciento).

Los matrimonios están disminuyendo.  Durante los últimos 27 años  (1980-2007) los divorcios y separaciones aumentaron un 53 por ciento,  a un promedio de uno cada 30  segundos. De 1997 a 2007 se han producido 10,3 millones de rupturas matrimoniales, que afectan a 17 millones de niños. El récord de  divorcios está en Alemania (368.000 en 2007), seguido por Gran Bretaña y Francia. En términos porcentuales en el aumento de separaciones y divorcios, en primer lugar está  España, con un incremento del 268 por ciento entre 1997 y 2007, mientras que el número de matrimonios disminuye. En este momento en  Europa para cada dos matrimonios celebrados, hay uno que se rompe. Crece el  número de niños nacidos de padres no casados: las cifras hablan de uno de cada tres. En algunos países como Estonia, Eslovenia, Suecia y Francia, hay más niños nacidos fuera del matrimonio que dentro.

Desde el punto de vista demográfico, es muy alta la frecuencia de abortos en los 27 países que forman parte de la Unión Europea: uno cada 25 segundos. Sólo en 2007 el número de niños y niñas abortados en la UE ha alcanzado la cifra de 1.234.312, lo que representa un promedio de 3.381 por día. Cifra  aún más alarmante si se considera que los nacimientos están disminuyendo o que el 19% de los embarazos acabaron en aborto, es decir, un niño de cada  cinco.

Otro hecho preocupante es el bajo crecimiento demográfico y el envejecimiento en Europa. Entre 1999 y 2008 la población de Europa aumentó en 20,5 millones de personas, de estos casi 16 millones -el equivalente al 78 por ciento- son inmigrantes. Al mismo tiempo, el envejecimiento de la población está avanzando con rapidez: en 1980, en Europa, de cada 100 europeos, 22 tenían menos de 14 años y 13 habían superado los 65 años. En 2004, el número de niños menores de 14 años y el de mayores de 65 años son idénticos. Desde 2005, las personas con más de 65 han comenzado a superar la de 14 años. Hoy en día el 17 por ciento de la población europea tiene más de 65 años en comparación con el 15,7% que son menores de 14 años. En este contexto, Italia y Alemania son los dos países que tienen la más alta proporción de anciano (20,1 por ciento de la población, uno de cada cinco), mientras que Irlanda es el país con mayor proporción de jóvenes (20,6 por ciento).

La última parte del informe del IPF  está dedicada a los pocos  recursos que dedican los  distintos países de la UE a  las políticas familiares. Del  28 por ciento del PIB que Europa gasta en el gasto social, sólo el 7,7 por ciento se destina a la familia (2,2 por ciento  del PIB). Los países europeos dedican al  gasto social 13 euros y sólo 1 para la familia, (con grandes diferencias entre países).

La familia juega un papel clave en la resolución de los conflictos, especialmente en problemas de desempleo, enfermedad,  drogas, exclusión: es el núcleo de la solidaridad en nuestra sociedad, no sólo como una unidad jurídica, social y económica, sino como una unidad de amor y solidaridad.

Se puede también subrayar que existe un claro vínculo entre la ayuda a las familias y el número de nacimientos. Donde  hay más apoyo político para las familias aumenta el número de nacimientos. Desde este punto de vista, los modelos que hay que tener presentes son Francia, Irlanda y Luxemburgo, donde hay un crecimiento demográfico considerable porque se invierte en familia a través de contribuciones concretas. España, Polonia e Italia están en la cola de este ranking. Los datos europeos muestran que hay una manera de alentar el crecimiento de la población y que ya ha sido descubierto por algunos países. Sólo se necesita el coraje para cambiar el sentido de la marcha con ejemplos de un modelo positivo que se pueden exportar a  otras realidades.

¿Qué está sucediendo en este momento? Algo similar a lo que veíamos suceder con el intento de crear un  hombre nuevo. Mientras las ideologías como el marxismo o el nacionalismo fascista nos decían que necesitaban una revolución, ahora el advenimiento del hombre nuevo parece poder producirse con la tecno-ciencia: se pretende construir el hombre nuevo desde cero, el hombre puede ser como Dios. Mientras que antes la organización política tendía a separar al hombre individuo y el hombre máquina, el hombre-masa de la familia, hoy, como en el caso de la tecnociencia, las ideologías de la corrección política que dominan las instituciones internacionales -desde las Naciones Unidas a las instituciones europeas- nos dicen que pueden crear un nuevo concepto de familia, de familia que no es familia. Y en base a este principio ideológico se pueden desarrollar políticas familiares que niegan la finalidad de la familia. Por eso el corazón de la batalla es que en todos los lugres en los que estemos y tomemos posición digamos de nuevo qué es la familia de un modo incesante. Y decir también cuáles son las condiciones políticas que hacen posible que la defensa de la familia sea una  defensa de una cultura y una sociedad en la que el centro es la persona. Cuando libramos la batalla por la  familia libramos la batalla por un enfoque de la subsidiariedad que garantice que el PIB invertido en políticas de familia incida de algún modo en las políticas educativas, las políticas fiscales, las políticas para pequeñas y medianas empresas, las políticas de la organización del gasto en salud, las políticas para el cuidado de ancianos. Cuando hacemos esto afirmamos el  verdadero concepto de familia.

Éste es el corazón de nuestra batalla. En las instituciones europeas se encuentran en este momento  aliados en la cuestión de la subsidiariedad: existe realmente, en instituciones como la Comisión y el Parlamento Europeo, una atención positiva a la subsidiariedad entre las instituciones y ciudadanos. Pero sería una locura negar la enorme confusión sobre el concepto de familia, la concepción de la persona, la concepción de los derechos, o más bien la ideología de los derechos. Corremos el riesgo de transformar a Europa no en el Continente del derecho sino en el supermercado de los derechos.

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