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5 DICIEMBRE 2016
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>Ibérica. Exposición de fotografías

La España de Ricky Dávila

Javier Restán

Ibérica está compuesta de 120 retratos, todos en blanco y negro, excepcionales. Indirectamente podemos reconocer algunos de los lugares donde se han tomado estas fotografías: por supuesto su Bilbao, posiblemente Melilla donde toma varias fotos memorables de legionarios, El Ejido (Almería) con sus numerosos retratos de inmigrantes marroquíes, Madrid, algunas ciudades de Castilla y de La Mancha... Como parte esencial de esta serie, Ibérica cuenta también con varias fotografías de paisajes en movimiento, tomadas desde un coche en los trayectos recorridos por las carreteras españolas mientras se desplazaba a los lugares donde retrataba a los protagonistas de esta serie. No es un mero complemento anecdótico, sino parte muy importante de la colección. Aporta la sensación de travesía, también de fugacidad y permite imaginar un vínculo entre retrato y paisaje, siempre fragmentario, solamente sugerido. Campos de la España interior, fábricas abandonadas e industrias en activo, esos inquietantes bares de tantas carreteras españolas, extensiones cultivadas, alguna perspectiva del Bilbao industrial...  

Cabe preguntarse entonces por qué en el Círculo de Bellas Artes no han expuesto todas las fotografías de la serie dejando fuera más de un tercio del total. O por qué han optado por la absurda concentración de paisajes en una sala, perdiéndose así la percepción de viaje a través de tierras distintas y sin permitir que el visitante pueda asociar paisaje y retrato.

Como dice de sí mismo el propio Dávila: "soy fotógrafo de distancias cortas". Y estas fotografías lo demuestran. Su amigo Alberto García-Alix cuenta una anécdota sucedida en Manila donde viajaron en una ocasión juntos: Ricky y Alberto están dentro de un ascensor repleto de personas en silencio, sin titubear Dávila levanta su cámara y la dispara frente a los atónitos filipinos: distancia corta. Parte de la genialidad de Dávila es esa inmediatez. Pero sus fotografías no son nunca desabridas (como lo son, por cierto, muchas de las del genial García-Alix) sino fuertes, vigorosas, sugerentes. No porque hagan daño, sino por la intensidad de las mismas, por su capacidad para captar la vitalidad de las personas. Tal vez por su capacidad de esperar el instante exacto. Tal vez sea por el uso prácticamente exclusivo del blanco y negro para su trabajo fotográfico. Tal vez por esa seriedad de todas las personas que fotografía: apenas se esboza alguna sonrisa en las decenas de retratos de Ibérica. En sus fotografías no hay ni el mínimo espacio para el sentimentalismo. Si acaso una nostalgia, muy española precisamente. Sí, hay mucha nostalgia en sus fotografías. Incluso algunas tienen un tono casi onírico a pesar de ser primeros planos sin concesiones.

Ibérica es un retrato de la España mestiza. Tal vez demasiado mestiza, pues son tantos los retratos de inmigrantes africanos, latinoamericanos u orientales que pueblan esta colección. El otro rasgo dominante de la España retratada es el color popular de la misma. Se trata en la mayor parte de los casos de trabajadores, de obreros, pueblo llano, inconfundible y atractivo por su falta de afectación e incluso por su discreta sencillez. Este sesgo popular y hasta laboral de Ibérica se ve reforzado por los paisajes a los que nos hemos referido, entre los que abundan espacios de trabajo, campos y fábricas, casas en serie de la época de la rápida industrialización, restos de obras abandonadas...

Los retratos de Ibérica son muy parecidos y su encuadre, muy similar: frontales y delante de una pared. Si la elección del escenario no es inocente, en Dávila no cabe duda de que se trata de una opción por mostrar una identidad profunda entre todos los retratados, a pesar de sus diferencias sociales o raciales.

¿Qué queda después de pasear una y otra vez por la sala donde se exponen sus retratos o después de contemplar largamente el magnífico catálogo publicado para la ocasión? Desde luego no es un documental sobre España. Tampoco se trata de retratos perfectos, no busca la "perfección formal". ¿Qué queda entonces? Lo que queda es la fuerza de la mirada de los retratados, que es un reflejo de la fuerza de la mirada de Ricky Dávila. Lo que queda es una fuerte percepción de vitalidad, de energía, que es reflejo de la vitalidad del fotógrafo.

En cierta manera, los retratados son un pretexto. Los elige rápidamente, no conoce nada de muchos de ellos. En otros trabajos fotográficos que ha realizado, como su serie Manila, o la reciente sobre Bogotá (expuesta hasta el mes pasado en la Casa de América en Madrid), los retratos son realizados por sorpresa (un grupo de universitarios, un grupo de policías con mirada agresiva, los sonrientes niños de Manila...). No los volverá a ver más. No sabe apenas nada de ellos y tampoco lo pretende. Y no obstante, si pasas un buen rato mirando estos retratos acabarás pidiendo, frente a alguno de ellos, que te hablen. A mí me ha pasado.

La mirada de estos retratados, es decir, la mirada de Ricky Dávila, suscita una pregunta. Sus fotografías son como una puerta abierta. Necesitas saber más. Pero saber más ¿sobre qué? Quieres saber más sobre lo que han vivido, sobre lo que piensan, sobre lo que aman, sobre su sufrimiento. Son las preguntas del fotógrafo: "No hay más preguntas que las de la vida, la muerte, el amor. Estamos condenados a estas preguntas", afirma Ricky Dávila. Gracias a Dios.

Ricky Dávila se formó como fotógrafo en Nueva York y esta impronta está bien viva en su obra. Además de sus maestros directos del International Center of Photography, Dávila se midió durante largo tiempo con la obra de Robert Frank y de Garry Winogrand, que según parece fueron dos de sus grandes referencias durante su etapa de formación. Nada menos. Decía Frank que la fotografía debe contener siempre "la humanidad del instante". ¿Y qué hay más humano que esas preguntas que suscitan los retratos de Dávila?

¿Cómo puede hablarse entonces de "mirada nihilista" en Dávila? Tomando pie de unas declaraciones suyas, algunos han escrito de este supuesto nihilismo del fotógrafo vizcaíno, pero a mí me parece exactamente lo contrario. Sus fotografías son un golpe de realidad y parten siempre de hechos muy concretos y contundentes: los enfrentamientos con inmigrantes en El Ejido, la crisis de la siderurgia española en sus fotografías de los Altos Hornos de Vizcaya, los niños afectados por las radiaciones de Chernobyl, las clases medias urbanas españolas retratadas en las playas del levante español, el conflicto del Ulster o esta síntesis que es la Ibérica mestiza... Parte de la realidad, parte de la vida, subraya la vitalidad de quienes encuentra. Elige la vida en aquello que fotografía. Un baño de realidad que suscita preguntas sin prejuicios. Y sin pretensiones. Lo interesante será ir viendo dónde nos lleva la evolución de este gran fotógrafo.  

Ibérica

Ricky Dávila

Sala Goya. Círculo de Bellas Artes.

Alcalá 42. Madrid

Hasta el 28 de marzo de 2010

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