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8 DICIEMBRE 2016
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Pintura sobre la Pasión de Cristo

Mª Fe Viñarás

En algunas S. Juan está prácticamente tirado encima de Cristo. Aquí parece estar apoyado en su pecho, mientras Cristo le echa su mano por el hombro. Con las características de esta incipiente narratividad y expresividad, el gesto me resulta simpático, humano y me recuerda que Cristo tiene preferencias. Me gusta. También me gusta cómo se nos avisa de que a Judas ya le ha tentado el demonio, con una especie de dragoncillo que aparece por debajo de su silla.

Y la negación de Pedro con un gallo, dentro del marco geométrico que engloba toda esta escena y que obliga a adecuarse a él, pero separado por una gruesa raya que le rodea, para decirnos que se refiere al pecado de otro discípulo que anunciará Cristo a continuación. La referencia a estos dos hechos, colocados simétricamente en la parte inferior, parece invitar a pensar sobre lo que pueden tener en común y lo que les diferencia.

Goya pinta El Prendimiento en 1798 para la Sacristía de la Catedral de Toledo, donde se puede ver y comparar con otra obra que he seleccionado y de la que tiene una indudable influencia: El Expolio de El Greco. De ésta Goya toma ideas para la composición, con Cristo en el centro rodeado de todas las demás figuras, incluso asomando por encima de su cabeza, consiguiendo también una sensación de acoso. Tampoco le pudo pasar desapercibida la fuerza del color y la forma tan peculiar de usar la luz que tiene nuestro cretense. Goya pinta en un tono suave, de un rosa violáceo, la túnica de Cristo, y en otros más agresivos, sobre todo el amarillo, a los soldados, iluminando dramáticamente la escena, como sólo él sabía hacer. Pero donde mejor se aprecia la capacidad expresiva de estos aspectos formales es en el boceto del Prado, que prefiero al cuadro definitivo, porque, junto con las pinceladas, transmiten mejor la humilde y serena aceptación de Cristo, y la violencia que le rodea.

No sé si Goya sabía que El Greco probablemente juntó en su obra ideas sacadas de distintos grabados sobre la Pasión, pero, aunque fuera intuitivamente, tuvo que ver en ella una referencia al Prendimiento, ya que de ahí viene toda la multitud armada a su alrededor, y que el Cristo de El Greco no tenga corona de espina, ni una gota de sangre. Algunas figuras se han reconocido en representaciones de Cristo ante Caifás y Cristo ante Pilatos. La túnica roja se la colocan después de la flagelación y luego se la quitan, y la cruz que están preparando en el suelo aludiría ya al momento de expolio propiamente. Estas cosas han llevado a equívocos con el tema, y se sabe que tuvo muchos problemas porque había pintado a las Marías muy cerca cuando los textos canónicos dicen que estaban lejos, cabezas por encima de la del Señor y armaduras del siglo XVI. Y es que el Greco está haciendo una especie de síntesis no naturalista de la Pasión, centrando toda nuestra atención en ese monumental gran cuerpo rojo, todavía real, físico, con el volumen de sus primeras obras en España, y en la dignidad y fe que transmite con la postura de su cuerpo y la expresión de manos y cara.

La siguiente podría ser el retablo del Arzobispo D. Sancho de Rojas, pintado por Rodrigo de Toledo en el primer cuarto del s. XV. Está en el Prado. Lo encargó dicho arzobispo para el convento de S. Benito el Real de Valladolid, después de haber acompañado al rey Fernando I de Aragón en la reconquista de Antequera. Lo digo, porque aparecen los dos representados como donantes en la tabla central, y porque puede explicar algún detalle que señalaré más adelante. Tiene siete escenas del ciclo de Pasión: Improperios, Flagelación, Cristo camino del Calvario, Crucifixión, Lamento sobre el cuerpo de Cristo, Santo Entierro y Bajada al Limbo.

Esta obra muestra la influencia del trecento italiano en Castilla a principios del XV, en concreto para el autor, por su trabajo en Toledo junto al florentino Starnina, mezclada con las características del gótico internacional. En la Baja Edad Media se despierta un gran interés por la humanidad de Cristo. Desean ver su vida, sobre todo infancia y pasión, relatada con multitud de escenas y llenas de detalles narrativos, muchos sacados de textos apócrifos, meditaciones de santos e historias legendarias. Como sería muy largo describir todas las de este retablo, me centraré en una de las que siempre me fijo: la flagelación. Aquí se ve muy bien cómo se está buscando la representación del espacio con una perspectiva oblicua en el techo y en alguna de las filas de losetas del suelo (todavía no muy bien conseguida); o la expresividad con los rostros: en Cristo de dolor y mirándonos, como buscando nuestra compasión, y en los verdugos, para mostrar su crueldad, grotescos, feos, y de piel más oscura, sobre todo uno (¡y, por favor, que se entienda que no tengo nada en contra de ese tono de piel!, pero los rasgos del moreno me dan que pensar...). Un elemento iconográfico interesante es la aparición de la columna alta donde atan a Cristo, que era una reliquia venerada en Jerusalén. Después, en el barroco, como en los pasos de Semana Santa, será pequeña, por influencia de otra tradición que creía que la auténtica era la de Santa Práxedes de Roma.

La Crucifixión, la de Velázquez. Sí, está muy visto, pero las grandes obras de arte siempre dan ocasión al asombro. Y Velázquez gana cuanto más se mira, se estudia y se piensa, porque no es ni tan elemental, ni tan fácil como parece, pero como los autos sacramentales de su época, tienen varios niveles de lectura, y se llegue donde se llegue, a todos satisface.

Para algunos, por ejemplo Ortega y Gasset, Velázquez "no deja expresar ninguna emoción religiosa", pero para otros, como Unamuno, su Cristo le llevó a dedicarle un libro entero de poemas. Por mi parte, me limitaré a sugerir que se fijen en estas cuatro cosas:

  • - Tiene una pared verde detrás y una sombra a un lado: parece una escultura.
  • - No sólo es un cuerpo bien pintado, es el de un modelo de belleza y el pintor se cuida de que la sangre no la oculte o la distraiga. El desnudo se consideraba la mejor forma de mostrar la excelencia artística.
  • - El cuerpo tiene tal luz que podría ser reflejada o/y emanada.
  • - Tiene la llaga, por lo que está muerto, pero se mantiene erguido.

Y ahora saquen sus propias conclusiones. Sólo daré una pista: si parece una escultura, ha sacado el tema del contexto narrativo histórico y lo está llevando al debate del propio lenguaje artístico. Pero esto no significa que el tema religioso sea una excusa, todo lo contrario, está usando el parangón entre pintura y escultura, para entrar en otras reflexiones que nos llevarían, por ejemplo, a la doble naturaleza de Cristo y a su existencia no sólo histórica en el pasado, sino también real y encontrable en el presente; o al dogma de la Eucaristía, tan en cuestión en la Europa de aquella época.

Otro Cristo bello es el de la Piedad de Ribera (1633) que tiene el Museo Thyssen. Hecho en un momento en que el Españoleto empezaba a incorporar los colores de la escuela veneciana y una mayor idealización a sus anatomías, haciendo mucho más agradables y complejas sus obras. El cuerpo, perfectamente dibujado, es casi de tamaño natural, está en primer plano y la posición en ligero scorzo tanto en sentido longitudinal como lateral aumenta su apariencia tridimensional, ya bastante acentuada por el intenso modelado claroscuro. Las heridas parece que se pudiera meter la mano en ellas, como Santo Tomás, pero domina el atractivo de ese cuerpo que, como está haciendo la Magdalena, dan ganas de besarle los pies. Lo bien que Ribera representa la textura de la piel, y la sensualidad que produce con sus desnudos masculinos, no es puro alarde de capacidad técnica, ni mucho menos pretende con ello simplemente despertar los instintos más básicos, está al servicio de un contenido religioso, que en el caso de sus santos y Cristos me sugiere la idea de carne redimida.

Terminaré con una obra de un pintor contemporáneo: el canario Millares. Un clásico del grupo el Paso. Su obra Cuadro 144 (1961) no es estrictamente pintura, porque lo matérico juega ya un papel fundamental, ni tiene un tema religioso, ni siquiera en intención, si acaso más bien político, de denuncia y rechazo del sistema de aquella época; pero con sus arpilleras arrugadas, rasgadas, toscamente cosidas, y su gama de colores tradicionalmente considerado "de tradición española", de gran austeridad en negros, blancos y, a veces, rojos, consigue una de las mejores formas de mostrar todo el sufrimiento y la esclavitud del mundo, del que sólo Cristo puede liberarnos.

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