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9 DICIEMBRE 2016
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El secreto de su fuerza

José Luis Restán

Sodano habla del corazón de padre de Benedicto XVI, de su sabiduría y su coraje. Y le asegura que el pueblo de Dios se estrecha más que nunca en torno a la roca de Pedro sin dejarse impresionar por el griterío y las murmuraciones. Habla también de los más de cuatrocientos mil sacerdotes esparcidos por los cuatro costados del orbe, los que sirven al pueblo sin descanso en las parroquias, las escuelas, los hospitales y los puestos más arriesgados de la misión. También ellos saben que en esta hora de niebla y de confusión la unidad con Pedro es vital. Por eso algunos se esfuerzan denodadamente en romperla.     

Benedicto contempla emocionado al viejo cardenal que gobernó la Curia en los años de la agonía del Papa Wojtyla. Su imagen poderosa y rotunda no esconde la vibración afectiva y la lucidez de conciencia de este instante. Es el Domingo de Pascua de 2010, el año que los libros recordarán como el de la gran repulsa. Y el viejo león brinda al Papa la sugerencia más tierna y profunda de todo su discurso: "usted nos ha recordado cómo Jesús en la Pasión no devolvía los insultos ni profería amenazas; al contrario, se ponía en manos del que juzga justamente".

En efecto, con tantas ocasiones como ha tenido estos días, Benedicto XVI no ha querido levantar la voz contra sus poderosos acusadores. Ya había dicho cuanto quería decir sobre la llaga atroz de los abusos sexuales en su histórica Carta a los católicos de Irlanda. Pero ahora habría sido fácil responder a tantas injurias y mentiras, y habría gozado de una amplia resonancia mediática y del aplauso incondicional de un pueblo muy numeroso y dispuesto a sostenerlo. Sin embargo ha preferido seguir, también en esto a su Maestro. Ha preferido dar voz al Acontecimiento que renueva cada día a la Iglesia, al único tesoro que ella puede ofrecer al mundo. Porque es verdad que en ocasiones el comportamiento de sus miembros puede ofrecer de ella una figura patética, es verdad que en algunos momentos históricos parece arrastrada por el polvo y humillada por sus enemigos, pero como dice el cura de Torcy en el inolvidable primer diálogo del Diario de un cura rural, "ella dispone de toda la dicha y la alegría reservadas a este pobre mundo".

No era difícil entender el murmullo del corazón del Papa en la noche del Coliseo romano, al finalizar el Vía Crucis: "la esperanza ilumina nuestros fracasos, nuestras desilusiones, nuestras amarguras, que parecen marcar el desplome de todo. El acto de amor de la cruz, confirmado por el Padre, y la luz deslumbrante de la resurrección, lo envuelve y lo transforma todo: de la traición puede nacer la amistad, de la negación el perdón, del odio el amor". Esto es lo que hace excepcional esta historia que dura ya 2010 años, no la impecabilidad de sus protagonistas. Esto es lo que algunos no pueden soportar y lo que desearían abolir, y sin embargo esto es lo único que hace interesante ayer, hoy y siempre, a la Iglesia, incluso para quienes la combaten con odio encarnizado. Que ella porta consigo la gracia invencible del Resucitado, y que eso puede documentarse en el espacio y el tiempo, pese a la debilidad de los cristianos.   

El hombre de Roma zarandeado y escupido se atreve a decir en la mañana de Pascua que "la hierba medicinal contra la muerte existe; Cristo es el árbol de la vida hecho de nuevo accesible". Pero accesible ¿dónde, si no es en este lugar en el que a través de todos los meandros de una historia siempre dramática nos alcanza hoy la vida del Resucitado? Y no porque aquí tenga lugar la reunión de los perfectos (¡menos mal que no es así!) sino porque Él ha querido ligarse a esta carne para siempre, levantándola del polvo una y otra vez. Es lo que algunos exponentes muy relevantes del mundo laico han intuido estos días frente a la furia destructiva de algunas cabeceras mediáticas, y lo han hecho a veces con mayor agudeza que muchos cristianos. "Santo Padre, trataremos de guardar sus palabras como un tesoro en esta solemnidad pascual", dice Sodano al concluir su homenaje. Con eso bastaría para no temer a los lobos, ni a nuestra propia indigencia.

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