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7 DICIEMBRE 2016
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El pastor que distingue los puntos luminosos

José Luis Restán

La primera vez que me encontré cara a cara a don Antonio María Rouco fue en el lejano 1987. Yo era un joven periodista que lanzaba en España una revista de profundo calado y futuro incierto (30 Días en la Iglesia y en el mundo), y él era el arzobispo de Santiago de Compostela. Creo que entendió de un vistazo la desproporción entre la trascendencia del asunto y la experiencia de quien se lo presentaba. Desde entonces he conocido su fina ironía, su amplia cultura, su realismo evangélico y sobre todo su paternidad. De la hermosa Compostela hubo de trasladarse por obediencia al complejo y rico Madrid, diócesis de contrastes en la que pugnan y conviven las luces de una comunidad que despierta con nueva creatividad, y las sombras de una profunda crisis de fe que deja malherida a una amplia franja de la sociedad. Después, con la presidencia de la Conferencia Episcopal llegarían desafíos de radio más amplio: el diagnóstico moral y el desafío pastoral del terrorismo, el avance de la cultura de la muerte, el menoscabo de la libertad educativa y tantos otros.

Al cardenal Rouco le han correspondido horas turbias que inducen a muchos al lamento o a la trinchera. Cuando llegó la hora del laicismo más agresivo que ha conocido España desde la Transición, no se dejó deslumbrar, señalando que el principal problema de la Iglesia no viene de la hostilidad ambiental sino de su debilidad interna. Eso no le ha impedido formular una denuncia clara y razonada del atropello que algunas medidas legislativas suponen para los derechos de las personas y el bien común de nuestra sociedad. Aquí se inscribe también el fuerte acento sobre la libertad de educación y sobre el valor social del matrimonio.

Un aspecto importante de la tarea pastoral de don Antonio ha sido la de acercar al pueblo sencillo el magisterio de los papas, como brújula segura y accesible para el camino en estos tiempos de crisis. Por ejemplo ha recogido el guante lanzado por Benedicto XVI en Ratisbona para proponer un nuevo diálogo entre la fe y la razón, una renovada alianza entre la Iglesia y el mundo laico más abierto para defender los derechos fundamentales del hombre.

Una de las cosas que más me ha sorprendido siempre en los coloquios con el cardenal es la libertad que ofrece a sus interlocutores. No me refiero a una libertad formal, sino a su capacidad para ofrecer confianza de modo que quien habla con él se sienta en disposición de expresar su pensamiento sin cortapisas. Concluyo con el recuerdo de una bella imagen que quiso narrar a los oyentes de la COPE en una entrevista dentro del programa El Espejo que yo entonces dirigía. Le pregunté sobre la situación de la Iglesia en nuestro país y el cardenal respondió que le recordaba al panorama que se avista cuando un avión comienza su descenso para un aterrizaje nocturno: sobre un fondo de oscuridad comienzan a descubrirse multitud de puntos luminosos, primero pocos y dispersos, después más densos y apretados, formando una red. El momento actual está marcado por el surgimiento de estas luces de fe, esperanza y caridad, que irradian sobre el fondo oscuro de la cultura del nihilismo.

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