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11 DICIEMBRE 2016
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Tiempo de tribulación, tiempo de gracia

José Luis Restán

El pequeño viaje a Malta nos ofrece una parábola singular del pontificado. Había incluso miedo a las protestas callejeras y se advertía que diversos grupos organizados embarcarían en distintos aeropuertos europeos para boicotear la visita. Las cenizas del volcán islandés los ha dejado en tierra. Justicia poética. Y la vieja y hermosa isla que tantas batallas ha dado para proteger a la cristiandad, abrió su corazón al "dulce Cristo en la tierra". Qué paradoja que la identidad de esta pequeña nación haya nacido de un naufragio, el de Pablo de Tarso rumbo a la Roma en la que había de predicar y morir. El Papa lo coge al vuelo: "los naufragios de la vida forman parte del proyecto de Dios para nosotros y pueden ser útiles para nuevos inicios de nuestra vida".

Todos están pendientes de cada gesto, de cada palabra y de cada silencio. Desde la BBC al New York Times, de La Republica al Der Spiegel, los que le han masacrado con culpable hipocresía en las últimas semanas. Pero él no piensa en ellos, no devuelve los golpes. Sólo piensa en su pueblo, en la gente-gente que le acoge en la explanada de Floriana o en el bellísimo espigón del puerto de La Valetta. Vive para ésos, sufre y ama para ésos. Y les habla de esa Iglesia que los malteses han reconocido siempre como puerto seguro, como hogar de vida. "Sé que Malta ama a Cristo y ama a su Iglesia, que es su Cuerpo, y sabe que, si bien este Cuerpo está herido por nuestros pecados, el Señor sin embargo ama a su Iglesia, y su Evangelio es la verdadera fuerza que purifica y cura".

Días antes, en Roma, había hablado del vendaval mediático reconociéndolo como una gracia, la gracia de abrirnos a la penitencia. Y el Papa camina delante, asume el fardo de tanta basura como siempre acompaña el caminar fatigoso de este Cuerpo. Se pone frente a ocho víctimas maltesas de abusos sexuales llevados a cabo por sacerdotes: los escucha uno a uno, los mira a los ojos, llora de rabia y conmoción. Después habla al oído a cada uno y les impone las manos sobre la frente con el mismo gesto de los apóstoles. Uno de ellos confesará después que se ha sentido liberado de una gran opresión, que ahora se siente de nuevo hijo de la Iglesia.

Después llega en barco al encuentro con miles de jóvenes que le esperan con sus preguntas despiertas, con su deseo y sus confusiones de cada día. Escucha a sus representantes con esa mirada profunda y acogedora, llena de paz. Les habla de la profundidad e intensidad inimaginables del amor de Dios por cada uno. Un amor que se hace encuentro personal y que puede disolver el odio y la rabia que anidan en cada corazón, como sucedió con el irascible Saulo, perseguidor de la Iglesia. Es un Dios que no rechaza a ninguno, como la Iglesia no rechaza a ninguno, sino que con gran amor invita a cada uno a cambiar y a purificarse.

Benedicto no esconde a los jóvenes la oposición que siempre encontrará el anuncio del Evangelio en el mundo, esa oposición que había recordado días atrás hablando de las dictaduras que persiguieron cruelmente a los cristianos en el siglo XX, pero también de esa forma sutil de dictadura que consiste en un conformismo obligatorio, en la obligación de pensar como piensan todos y de actuar como actúan todos. Ya entonces había dicho que la obediencia a Dios es el fundamento de la libertad humana, y ahora pide a los jóvenes que no tengan miedo, que vivan la alegría de haber encontrado a Cristo y de seguirlo en el pueblo de la Iglesia.

De regreso a Roma, el Papa almuerza con los cardenales en el quinto aniversario de su pontificado. Les habla de un momento de tribulación para la Iglesia, pero sin dramatismos. Asegura que no se siente solo y recuerda a su maestro Agustín de Hipona, quien describía el caminar de la Iglesia como una peregrinación "entre las persecuciones del mundo y las consolaciones de Dios". Demuestra una vez más su libertad y sencillez al hablar sin tapujos de una Iglesia herida por los pecados de sus hijos, y sorprende de nuevo al añadir que precisamente en esta coyuntura de debilidad se experimentan con mayor fuerza las consolaciones de Dios.                  

En estos días la figura del Papa Benedicto nos recuerda especialmente al Pablo VI de  finales de los años sesenta, a cuya figura quiso rendir homenaje en Brescia, su ciudad natal. En aquella tremenda tormenta que supuso un verdadero martirio para el Papa Montini, muchos le pedían gestos clamorosos, intervenciones enérgicas y decisivas, pero él consideraba que "tenía que seguir únicamente la línea de la confianza en Jesucristo, a quien le preocupa más su Iglesia que a ningún otro... Él calmará la tempestad... No se trata de una espera estéril o inerte, sino más bien de una espera vigilante en la oración". Son palabras del discurso de Benedicto XVI en noviembre de 2009 en Brescia, que iluminan especialmente el quinto aniversario de su pontificado. El gran intelectual francés Alain Besançon ha comparado ambos momentos históricos en L'Osservatore Romano, diciendo que la gloria de ambos pontificados no es visible (no es clamorosa), porque es precisamente la gloria del martirio. Simpatizo con la intuición de Besançon, pero no sé si coincido plenamente: es una gloria marcada por el dolor, pero bien visible para quien tiene los ojos abiertos, como la lectora de Avvenire con la que empezaba este artículo.

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