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11 DICIEMBRE 2016
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La Transición, una lección de historia

José María Marco

La Transición fue, entre otras cosas, una lección de historia. Se hizo política teniendo en cuenta la historia, pensando en no repetir lo que había ocurrido cuarenta o cuarenta y cinco años antes, y además para dar por cerrada lo que aquellos acontecimientos, que llevaron al desastre de la Guerra Civil, habían abierto. En los años setenta, el recuerdo de la Guerra Civil era obsesionante. En buena lógica la opinión pública tenía entre sus principales preocupaciones evitar que se volviera a la violencia padecida entonces. Habrá quien lo llame miedo. Habrá quien lo llame prudencia. El hecho es que los españoles, en su inmensa mayoría, ya habían procedido a hacer lo que la Transición iba a realizar en el terreno político. Habían puesto en práctica la reconciliación, la convivencia y el perdón, exactamente como habían hecho los demás europeos en años anteriores, después del fin de la Segunda Guerra Mundial. La Transición venía a dar rostro político a ese trabajo, algo que Franco y una oposición inepta hasta la estulticia habían impedido. Los españoles, razonablemente conservadores de algo que se habían ganado, no querían que todo aquello fuera dinamitado o acabara, como tantas otras veces, en una ruina

Estaban en juego, sustancialmente, dos grupos. El primero, el que salía del régimen de Franco, tenía el poder. El otro -que en líneas generales partía de cero- tenía la legitimidad. Los primeros tenían la voluntad de realizar lo que la opinión pública española deseaba: el tránsito de una dictadura a una Monarquía parlamentaria de forma pacífica y a ser posible legal. Los segundos eran indispensables para que el proceso culminara con éxito ante la opinión pública de todo el mundo (incluida la española). Estos últimos tardaron algún tiempo en darse cuenta de que no podían poner en marcha un proceso de ruptura. Cuando lo comprendieron, entendieron también la enorme capacidad de influencia que su posición de legitimadores les otorgaba.

El resultado fue un pacto constituyente con zonas de consenso por defecto, es decir no explícito, y por tanto sujeto a interpretaciones ulteriores muy variadas. A cambio, tenía como mayor virtud el haber sido una transición consensuada, lo que la distinguía de otras transiciones anteriores, en particular la de 1931. De ahí la lección de historia. Por eso mismo, el pacto llevaba implícito el mandato de no volver a utilizar políticamente la historia de España. Se dejaba ésta a los historiadores, a los debates en los medios de comunicación, a los recuerdos personales y familiares. La memoria y la Historia salían de la esfera de la política, por lo menos explícitamente aunque unos hicieron autocrítica y otros -la izquierda- no. Hasta que alguien, recientemente, volvió a introducir la historia y la memoria en la política y todo el edificio ha empezado a tambalearse de nuevo.

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