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9 DICIEMBRE 2016
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El fantasma de Blair pesa sobre las cabezas de Cameron y Brown

Mario Mauro

A pesar de que la "cleggmanía" no haya obtenido la respuesta positiva de las urnas, que han frenado en seco las ambiciones de los liberales, la situación política inglesa parece más incierta que nunca. El escaso botín de los liberal-demócratas ha bastado sin embargo para dividir el país en tres bloques y para poner en serias dificultades un sistema que garantiza una buena gobernabilidad sólo si el partido vencedor consigue más del 50% de los votos. Así pues, no es del todo seguro, aunque sí muy probable, que David Cameron se convierta en el nuevo premier, no es automático que Gordon Brown deba dejar el sillón heredado de Tony Blair.

Siguen las negociaciones entre el ganador y Nick Clegg, que tratan de alcanzar un acuerdo para la formación de un gobierno de coalición. Cameron ha recibido signos de apertura de Clegg y de la mayoría de los diputados liberales, aunque parece que la idea no gusta demasiado a las bases del partido. Pero las diferencias entre ambos no parecen insalvables porque las posiciones parecen converger especialmente en el ámbito económico.

Brown, que el viernes se puso manos a la obra diciendo que su obligación es intentar formar un gobierno estable, mantiene la esperanza de seguir en su puesto e intentará hacer lo mismo si el idilio liberal-conservador no llega a materializarse. Lo cual no es del todo imposible, aunque parece un intento desesperado por parte del premier saliente para ralentizar todo lo posible su salida de escena, previsible vistos los fracasos de un gobierno que parecía que tenía que rendir cuentas al fantasma de Tony Blair antes que a las necesidades del país. Brown ha gobernado en un periodo muy difícil para la economía inglesa, pero la crisis no basta para justificar lo que para el laborismo supone el peor resultado electoral desde 1983.

Esto debería servir de lección al nuevo primer ministro, venga de donde venga. Si siguiera Gordon Brown, para él sería lógico retomar el recorrido iniciado por Tony Blair y continuar por tanto la reforma laborista en dirección post-ideológica. Si fuera Cameron, éste tendrá el sacrosanto derecho-deber de hacer hincapié en los asuntos que considera primordiales, desde la defensa de la familia a una nueva política migratoria.

Al mismo tiempo, en el terreno económico tendrá que seguir la proclama de combatir "la obsesión" del gobierno laborista por el "Gran Estado", demostrando ser él el auténtico heredero del nuevo laborismo blairiano. Se espera del líder conservador que se dé cuenta de que combatir de forma estéril y preconcebida contra la Unión Europea sería un gravísimo error, a pesar de las dificultades objetivas que estamos atravesando.

Precisamente por esto es enormemente necesaria la contribución británica para relanzar el proyecto del que forma parte desde hace casi 40 años. Cameron tiene que entender que la insistencia de los tories, especialmente en la cuestión de la identidad y la solidaridad, puede ser decisiva para todos. En este sentido, reabriremos en breve una mesa de debate con los grupos de pensamiento vinculados a los conservadores para favorecer una reconciliación con el Partido Popular europeo.

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