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4 DICIEMBRE 2016
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Mucho festejo, poco debate

Horacio Morel, Buenos Aires

Los escépticos tuvimos que rendirnos ante la sorpresa. Dos millones de personas por día colmando el centro de la ciudad, banderas argentinas al viento y las gargantas entonando el himno nacional.

Habría que remontarse a los días de la guerra de Malvinas para encontrar un antecedente popular de la especie, en el que un patriotismo festivo ajeno a ideologías o partidos políticos recreara un vínculo emocional de tan alto voltaje, exceptuando los hitos gloriosos de nuestro deporte más amado, el fútbol, o las ocasiones luctuosas de las cíclicas tragedias colectivas que de origen político-social-económico nos suelen suceder, como cuando los días finales del 2001.

La espontaneidad de la masiva y pacífica concurrencia a los festejos, además de dar por tierra con los desconfiados o maliciosos pronósticos de violencia política y de descontrol delictivo, dejó mal parado al Gobierno, que decidió no concurrir a la velada de gala de reapertura del Teatro Colón -gestionado por la oposición que gobierna la Ciudad Autónoma de Buenos Aires- (¿por infundado temor a un abucheo que jamás llegaría de una platea tan educada?).

La presidente Cristina Fernández de Kirchner se comportó como una adolescente faltando a la cita, ofendida por las manifestaciones del anfitrión Mauricio Macri, procesado unos días antes como organizador de una asociación ilícita dedicada al espionaje político. Encausado por el mismo juez federal que hace poco tiempo sobreseyó al expresidente Néstor Kirchner en una causa por enriquecimiento ilícito, apoyado en una pericia contable desopilante.

Olvidó la presidenta las palabras de Perón, en quien dice inspirar su accionar político, que pontificaba hace cincuenta años: "Primero la patria, después el movimiento, y por último los hombres".

Se trataba de celebrar el nacimiento de la patria, y sencillamente no podía estar ausente. Tuvo que ser el presidente uruguayo ingresando al Colón quien reclamara a la clase política argentina dejar de lado sus diferencias en pos de un festejo histórico.

También para evitar incomodidades, el Gobierno fue al Tedeum en Luján y no a la Catedral de Buenos Aires, como viene haciendo hace algunos años ya, creyendo que el obispo de esa localidad sería menos severo en su homilía que el cardenal Bergoglio. Se equivocó, la Iglesia le reclamó mayor equilibrio y respeto a la independencia de poderes, entre otras cosas.

Como una suerte de precalentamiento previo al Mundial que se aproxima, no quedan dudas de que existe una argentinidad, es decir, un sentimiento de pertenencia a una tierra y a una historia.

Pero aún es más una necesidad que una identidad definida. Sentirse parte de un pueblo, compartir un destino común, es una exigencia del corazón del hombre, corresponde al carácter relacional del ser humano.

Los argentinos, como pueblo joven que somos, aún sufrimos de una especie de personalidad bipolar ante nuestra condición nacional.

Por una parte, nos sentimos orgullosos de nuestra tierra, y también de nuestra forma de ser -en especial, de cómo cultivamos la familia y la amistad-, pero al mismo tiempo declaramos que la característica propia del argentino es ser "chanta", una suerte de estafador sensible y querible, pero mentiroso al fin. Las encuestas cuentan que preferimos mayoritariamente vivir aquí que tener que emigrar, pero en las calles cada tanto escuchamos algún "¡qué país de mierda!" como queja espontánea a cualquier circunstancia indeseada.

Es verdad que somos un crisol de razas, un cóctel "de alta combustión" como dice una canción de un grupo de rock local. Y también es verdad que el pueblo argentino sigue gestándose incesantemente con oleadas inmigratorias. Hace un siglo fueron europeos, mayoritariamente españoles e italianos, después -y hasta el presente- nativos de los países limítrofes. Y sin embargo, a pesar de contar muchas familias con apenas una o dos generaciones en el país, todos nos sentimos profundamente argentinos.

Así como ocurrió con el V Centenario del Descubrimiento de América, el Bicentenario supone una oportunidad de ir al fondo en un debate histórico que no es simple revisionismo, sino la ocasión de reconocer las raíces, identificar los rasgos más propios de nuestra cultura, pensar qué lugar ocupamos en el concierto de naciones, sentar las bases de nuestro aporte más original al mundo.

Cuál fue el papel de España, de la Iglesia y del poder masón, por qué se definieron las divisiones soberanas en el continente, qué ideario persiguieron los revolucionarios de hace doscientos años, cuál fue el proceso de la organización del estado nacional, como creció o por qué se paralizó luego nuestra economía a lo largo del tiempo, qué tipo de integración o segregación social se plasmó en nuestra historia, por qué nos hemos desencontrado tan frecuentemente los argentinos o cómo se originó tantas veces un odio de clase, qué tipo de vínculo debemos tener hoy con los otros países latinoamericanos y los del resto del planeta, son todas cuestiones que en estos días de festejos brillaron por su ausencia.

En 1968 Arturo Jauretche escribía su Manual de zonceras argentinas, y desde sus páginas lanzaba un desafío: "¿Los argentinos somos zonzos? Las zonzeras que voy a tratar consisten en principios introducidos en nuestra formación intelectual desde la más tierna infancia y en dosis para adultos con la apariencia de axiomas, para impedirnos pensar las cosas del país por la simple aplicación del buen sentido".

Nuestra esperanza como nación no pude apoyarse en los fuegos de artificios, esa luz que cruza el cielo apenas un rato para que luego reine otra vez la oscuridad. Necesitamos reinstalar, actualizada, la interpelación de Jauretche. Hay que abrir paso a la razón y al debate.

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