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7 DICIEMBRE 2016
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Dos hermanos

Quique Chuvieco

¿Es posible tal posición flemática al incumplirse la vida? Daniel Burman (Esperando al Mesías,  Todas las azafatas van al cielo, El abrazo partido, Derecho de familia) nos dice que sí en Dos hermanos, su último filme, para el que ha contado con dos actores consagrados del espectáculo argentino: Antonio Gasalla (Buenos Aires, 1941) y Graciela Borges (Dolores, 1941), Marcos y Susana, respectivamente en el filme.

En un original primer plano de perfil, ambos hermanos se reprochan no haber convocado a la familia en el funeral de su madre y exteriorizan su complicada relación en la que Susana es incapaz de reconocer algo bueno en Marcos, y éste es capaz de "cargar" con ella porque reconoce la biografía familiar común, en la que su madre fue la luminaria que encendía todos los rincones oscuros de la casa, especialmente en la relación con el padre.

El amor del hijo por la madre, ejemplificado en el mito de Edipo y cuya representación prepara Mario (Osmar Núñez), un director de escena en su regreso a su pueblo natal con actores noveles, y a cuyo "casting" se presentará Marco (a pesar de la oposición de la hermana), deseoso de participar en el proyecto, que será determinante para reconciliarse con su pasado.

Es la respuesta que dan Daniel Burman y Sergio Dubcovsky en su guión, sobre la novela del último Villa Laura. ¿Pero puede una obra de teatro abrazar toda una vida representando la vida de otro? Incluso, ¿es suficiente que la adoración por una madre cumpla nuestro deseo infinito, máxime cuando se expresa en lo cotidiano? "Nunca he dicho lo que yo quería sino lo que otros esperaban de mí", afirma en un arranque de espontaneidad Marco en el último acto de la representación de Edipo Rey ante el público asistente.

Al éxito de la tesis propuesta por Burman en el final sugerido de Dos hermanos, cuyas excelencias fílmicas son evidentes en los recursos técnicos (la profundidad de algunos planos, en la utilización del plano-contraplano en momentos precisos, en los encuadres largos, en el montaje), en la dirección de actores, en el trabajo inmenso de Antonio Gasella, al que se une en su papel de hermana neurótica, Graciela Borges. Pero en la tranquilidad existencial de Marco se encuentra también la prueba fehaciente de que es imposible vivir esa ataraxia con tantas negaciones practicadas a lo largo de una vida que llega a su fin.

Es fácil que te olvides de la carga de Marco, porque es un tío con el que todos tomaríamos cerveza tras cerveza, tiene una conversación pausada, interesante hasta cautivarnos; nos mira afablemente a los ojos, sin miedo, ni atisbo de amargura. Hombres y mujeres de todas las clases y edades podrían estar con el setentón Marco horas y horas. Él se olvidaría de su cruz para escucharnos sólo a cada uno. Le seguiríamos casi a donde fuera.

El final feliz que nos proponen ambos guionistas es otra vuelta de tuerca que sana todas las heridas: Marco se reencontrará apaciblemente con su homosexualidad aunque Burman y Dubcovsky se guardan de exteriorizarla en ningún gesto que astille la imagen del personaje, setentón a fin de cuentas y no apolíneo joven trabajado en gimnasios (guiño en el culto a la juventud actual).

Sin rastro tampoco de cualquier trascendencia de los personajes que les haga preguntarse por qué una vida así, ni siquiera muestran el deseo natural -lo estrangulan cuando asoma la cabeza en público- de volver a ver a quien se ha querido tanto y por quien se ha vivido la vida: la madre. No hay preguntas, por lo tanto, no hay respuestas.

Pero sí las hay: están dentro de cada uno sin poder salir por obra y gracia de guionistas, escritores, líderes de opinión, políticos...

Por esto, por la manera sibilina de decirlo, propia del momento, porque la película de Daniel Burman es un buen cargamento de cine de escritura visual e interpretación y porque somos muchas veces otro Marco haciendo trampas a nuestra necesidad es por lo que hay que ver Dos hermanos.

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