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4 DICIEMBRE 2016
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La vida privada de Pippa Lee

Víctor Alvarado

El largometraje se centra en contarnos el desgraciado pasado de Pippa Lee, una mujer que, aparentemente, posee todos los ingredientes para ser feliz, pues su marido es un escritor de éxito, mientras que sus hijos y sus amigos le proporcionan el bienestar necesario para sentirse bien. Sin embargo, Pippa realizará un recorrido por su pasado con el que pretende demostrar que no es oro todo lo que reluce.

Rebeca Miller, hija del dramaturgo Arthur Miller, dirige su cuarta película, que a su vez se basa en una novela escrita por la citada cineasta. Por tanto, el guión no está del todo mal. El problema es que este relato parece un culebrón siniestro en algunos aspectos. Por ejemplo, se presenta una actitud crítica con el lesbianismo, pero lo lleva al extremo ofreciendo escenas no aptas para el público infantil. Por otra parte, este drama podría haber sido lacrimógeno si no llega a ser por el modo tan surrealista y desordenado en el que se va contando todo y que un reparto de lujo no consigue salvar a pesar de la buena interpretación y de la gran ilusión mostrada por Robin Wright Penn que, en unas declaraciones poco elegantes, dijo a Fotogramas lo siguiente: "Hubiera dado una de mis tetas por hacer un film así y tiene mérito... ¡porque no tengo!".

Cambiando de tema, la realizadora norteamericana ha pretendido narrar el esfuerzo de una mujer por tratar de corregir, a su manera, las grandes dificultades y desaciertos de su vida como producto de la vida hippy. Por esa razón, parece que quiere demostrar los inconvenientes de ese estilo de vida.

Finalmente, hay una escena en la que se plantea el tema de la fe, aunque me queda la duda de si esté desarrollada de manera correcta como un bastón en el que apoyarse o intenta hacernos ver que el éxtasis espiritual está relacionado con el orgasmo sexual, una idea similar a la propuesta por la producción Teresa, el Cuerpo de Cristo (2007) del español Ray Loriga. Juzguen ustedes esa escena, si se animan a verla, fijándose detenidamente en la situación en la que Keanu Reeves muestra su tatuaje.

Como dato curioso, las transiciones entre escenas han sido rodadas del tirón, es decir; no se recurrió a efectos de montaje. Por tanto, se diseñaron las escenas para que la cámara pasase de un escenario del presente a uno del pasado, utilizando una situación cotidiana.

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