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4 DICIEMBRE 2016
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El vuelo del águila

José Luis Restán

La primera mitad del 2010 podría verse como un auténtico potro de tortura para Benedicto XVI, pero él lo ha vivido como una oportunidad de enseñar de nuevo qué es el cristianismo, una ocasión para volver a la fuente de la fe y para regenerar al pueblo cristiano. No ha habido tregua para el Papa: la histórica carta a los católicos de Irlanda, los viajes a Malta, Portugal y Chipre, los conmovedores encuentros con las víctimas de abusos sexuales, la impresionante guía del pueblo reunido en la Plaza de San Pedro el 16 de mayo, su planteamiento novedoso sobre el diálogo y la misión, la inolvidable clausura del Año Sacerdotal, los nombramientos en la Curia romana... Todo ello en medio de un chaparrón de fango lanzado desde las más poderosas tribunas del poder mundano, un chaparrón que en muchos casos le buscaba precisamente a él, a Benedicto, ese Papa extraña mezcla de inteligencia y mansedumbre, de pasión y serenidad, ese hombre que ama la tradición viva tanto como para no temer las preguntas inquietantes de los modernos.

Todavía esta semana el New York Times lanzaba su enésima andanada, su ideología desaforada y llena de engañosas construcciones y zafias mentiras contra el hombre que no se defiende en Roma, contra este Pedro del siglo XXI al que no hacen temblar las persecuciones, pero que llora por la traición de sus hijos. Y no sólo por el horrendo pecado de los abusos (frente al que ha lanzado una formidable operación de limpieza y transparencia) sino por el daño inmenso de una fe contaminada, deformada y vaciada. Todavía esta semana un mezquino imitador de la gran pompa neoyorkina, nuestro rancio El País, lanzaba un editorial-píldora condensado de mentiras descabelladas sin inmutarse. Es cierto que Pedro es ya poco más que basura para cierta prensa, pero al menos esperábamos cierta altura profesional de las grandes cabeceras del mundo laico. Ingenua esperanza.

Pero la incomprensión y el odio no vienen sólo de fuera. La Reppublica se ufanaba con un artículo del pretendido teólogo Vito Mancuso que lanzaba su anatema total contra la Iglesia de Benedicto cual si fuera una cueva de perdición, mientras entonaba el cansino canto de una comunidad toda espiritual y sin mancha, democrática y autogestionada, un nuevo comienzo del verdadero cristianismo. Y en la otra esquina están los que murmuran en voz baja contra este Papa que no desenvaina la espada, que sale al encuentro del mundo moderno, que piensa y reza demasiado pero no utiliza los poderes de la historia para defender el legado de la gran institución católica, que no entiende la misión como un lanzar las huestes contra el enemigo en una suerte de nueva batalla de Solferino.

¿Entonces está solo el Papa, como dicen tantos analistas bien intencionados? No. En primer lugar Benedicto XVI tiene una genialidad única pero no es un asteroide. Es hijo de un pueblo, de la tierra de la Iglesia del siglo XX, de un flujo vital, intelectual y afectivo, que ha alimentado el Espíritu durante decenios. Y no le faltan compañeros con los que ciertamente vive una relación de saludable paternidad y libertad, colaboradores francos y leales que saben como él que la respuesta a estos tiempos difíciles no viene de programas prefabricados ni de maniobras astutas. Viene de la conversión a Cristo, aunque les suene a música celestial a tantos clericales de izquierda y derecha.

Pero además, como en tantas ocasiones a lo largo de la historia, Pedro conecta especialmente con el pueblo de los sencillos (ése del que abominan los autoproclamados católicos adultos de una y otra orilla). Como aquella mujer sin techo que le saludó en el albergue de la estación Termini: "querido Santo Padre, que Dios le dé la fuerza de permanecer sereno, fuerte y lleno de esperanza, como lo estamos nosotros". O como aquélla que escribió al diario Avvenire reconociendo que no era ella la que sostenía al Papa sino que era él quien la sostenía a ella con su testimonio en el arduo oficio de vivir cada día. O como la familia siciliana que un cuarto de hora después de llegar a la Plaza de San Pedro el 16 de mayo salía corriendo de nuevo para no perder el tren de vuelta a casa. Quince minutos para llevarse esto en el corazón: "prosigamos juntos con confianza por este camino, y que las pruebas que el Señor permite nos impulsen a una mayor radicalidad y coherencia".  

Pero igual que con los sencillos, el Papa se gasta en asegurar la paz y la comunión en el cuerpo episcopal, y lo hace con una maestría incomparable. Recordamos su carta a los obispos de todo el mundo cuando se suscitó la polvareda en torno al levantamiento de las excomuniones de los obispos ordenados por Lefebvre, una carta que casi cortaba el aliento por su pureza y autenticidad evangélicas. Y estos días hemos visto cómo se ha empleado a fondo para restaurar la confianza en el colegio cardenalicio entre Schönborn y Sodano, o el modo en que ha aprovechado la triste situación del obispo de Augsburgo, Walter Mixa, para amonestar paternalmente a los obispos alemanes, recordándoles que "en un tiempo de contrastes e inseguridades el mundo espera de los cristianos un testimonio concorde, que nace del encuentro con el Señor resucitado".       

El domingo en Sulmona, recordando a Pedro Morrone, el sufrido Celestino V, el Papa recordaba que Jesús espera de sus discípulos el anuncio sereno, claro y valiente del mensaje evangélico, también en los momentos de persecución, sin ceder ni a la fascinación de la moda, ni a la de la violencia o de la imposición. Poco después les decía a los jóvenes que "la fe y la oración no resuelven los problemas, pero permiten afrontarlos con una luz y una fuerza nueva, de una forma digna del hombre". Y les invitaba a confiar en el futuro, porque "si miramos a la historia de la Iglesia veremos que es rica en figuras de santos que... iluminados por la fe, supieron encontrar soluciones creativas, siempre nuevas, para responder a las necesidades humanas concretas en todos los siglos". Los jóvenes estaban encantados, pero claro, ¿qué puede significar todo eso para los sabios del NYT?

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