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5 DICIEMBRE 2016
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Noticias de la Argentina "progre"

Horacio Morel, Buenos Aires

El lobby gay empujó el tratamiento legislativo de la reforma de la institución matrimonial partir de una fórmula bien sencilla: presentaciones de recursos de amparo judiciales a repetición que permitieron algunas celebraciones civiles, movilización pública con apoyo de personalidades del ambiente artístico y de la cultura, beneplácito de los medios masivos por convicción o por temor a resultar políticamente incorrectos y, finalmente, brindar al oficialismo un motivo a medida para enfrentar a la Iglesia como antes lo había hecho con el campo y con la prensa.

Como se sabe, el estilo kirchnerista no es ni la construcción de consensos ni la obtención de acuerdos estratégicos, sino la confrontación permanente con todo polo de poder distinto, con la única perspectiva de vencerlo, si se puede, ridiculizándolo. Una visión y una praxis visceral de la política. Si fuera una película, sería una de vampiros.

Bien puede decirse que la cuestión del matrimonio homosexual atraía la atención de un pequeñísimo porcentaje de la población, hoy preocupada por las cosas importantes que suelen importarle a la gente: la economía, el trabajo, la educación de los hijos, una cierta imagen de país que permita pensar y construir una nación mejor.

No es casual que el proyecto de ley haya tenido un trámite veloz en el Congreso, que le permitió obtener media sanción en la Cámara de Diputados en contemporánea a la disputa del Mundial de Fútbol. Tras esta victoria parcial en el Parlamento, la reforma ingresó en una suerte de tren sin freno que apenas pudo ser desacelerado por la circunstancia de presidir la Comisión de Legislación General del Senado una senadora de convicción contraria al proyecto. De hecho, sólo hubo un mínimo de debate público (dentro y fuera del Congreso) una vez superada la instancia de los diputados.

Teniendo presente que la reforma del matrimonio civil no formó parte de ninguna plataforma electoral, ni la del partido gobernante ni de la oposición, la cuestión hubiera merecido otro tratamiento, más amplio, tal vez mediante una consulta popular, alternativa democrática que fue rápidamente conjurada por los impulsores del proyecto alegando que "los derechos humanos no se plebiscitan".

La maquinaria homosexualista funcionó a la perfección: personalidades de la cultura -como un reconocido director de comedias musicales que prestó su voz a un pasaje literario del gran poeta republicano español- hicieron lacrimógenas intervenciones en las audiencias públicas del Senado, y los medios se hicieron eco del abanico de sus argumentaciones. La igualdad ante la ley, la no discriminación, la preeminencia del amor sobre los distingos sexuales, y hasta la vocación gay de hacerse cargo de la niñez abandonada inundaron las páginas de los diarios, las pantallas de la televisión y el aire de la radio.

La oposición al proyecto, liderada por la Iglesia Católica y por la Federación de iglesias evangélicas, careció de inteligencia suficiente para exponer las profundas razones que llevan a sostener que matrimonio sólo es la unidad entre hombre y mujer, y únicamente encontró cierto eco en la sociedad cuando ésta advirtió que, de la mano de la reforma, las parejas homosexuales tendrán plena libertad para adoptar niños.

El Gobierno hizo el resto. Pese a que en la Comisión de Legislación General del Senado el proyecto que venía con media sanción de Diputados fue rechazado, igualmente el oficialismo logró con una maniobra administrativa que el proyecto se discutiera en el recinto prescindiendo de lo votado en la comisión.

Se sabía que la sesión se definiría voto a voto, dada la paridad inicial de la que daban cuenta los observadores parlamentarios. Pero el kirchnerismo había cocinado a fuego lento su victoria desde hacía unos días. La presidenta se fue de viaje a China y colaboró con la causa llevándose en el avión a dos senadores que habían dado muestras de pronunciarse en contra del proyecto. Conocida esta circunstancia, la Iglesia comenzó a denunciar la existencia de presiones sobre los legisladores de parte del Gobierno en vistas a la votación en el Senado, lo que se confirmaría la noche de la sesión. Los "presidenciables" peronistas opositores Menem, Rodríguez Saa, Reutemann y Romero, se ausentaron del recinto a la hora de votar, el primero varias horas antes alegando una indisposición física y los tres restantes de madrugada una vez concluido el debate y por razones que hasta el presente se desconocen. A todo ello deben sumársele tres sorpresivas abstenciones de legisladores que habían opinado en contra del proyecto, que obedecerían a presiones recibidas de parte de sus provincias fruto de compromisos con el poder central. En total, nueve votos menos en contra del proyecto, que así fue aprobado por diferencia de seis.

Como el oficialismo no se contenta con aprobar matemáticas, cerró el debate el jefe de bancada Pichetto, un mercenario de la política, quien no ahorró vocabulario para acusar a los opositores del proyecto de representar a la "derecha vaticana" y a la "represión militar", y hasta los llamó "nazis".

Las consecuencias de esta reforma escapan a los limites de esta nota, pero cabe mencionar mínimamente que en materia educativa el Ministerio ya tiene preparados los manuales con los cuales los chicos en las escuelas deberán aprender que para la ley no hay diferencia entre hombre y mujer, que en materia de adopción los matrimonios gays tendrán prevalencia sobre los heterosexuales ya que no deberán acreditar ciertos requisitos como la infertilidad comprobada, y que en materia judicial los magistrados deberán vérselas con numerosos casos de laboratorio, especialmente en el rubro sucesorio, ya que la técnica legislativa además de ser mala ha omitido reformar numerosas normas que se refieren -por ejemplo- a la "mujer casada", y habrá serias dudas para determinar cuál de los dos "contrayentes" (el término mágico de la reforma) detenta el rol. ¿Acaso deberán los jueces indagar sobre secretos de alcoba para determinarlo? ¿Adónde irá a parar el espíritu liberal de nuestra Constitución por el cual los actos privados de los hombres le quedan reservados únicamente a Dios?

La embestida "progre" no dio tregua. Al día siguiente de sancionarse el matrimonio gay, la Cámara de Diputados aprobó en comisión una reforma al Código Penal que reduce la pena a las madres filicidas. El asesinato del hijo por la parturienta, que hasta ahora está legislado como homicidio agravado, tendrá ahora -en caso de ser sancionado- una pena excarcelable.

El corolario de todo esto será el aborto. Ni cultural ni políticamente se advierten obstáculos para ello. Más que una cuestión de tiempo -de poco tiempo-, es una cuestión de simple oportunidad.

La "excusa" existe desde marzo, aunque pocos argentinos lo saben. En la sesión del 23 de marzo de este año, el Comité de Derechos Humanos de la ONU aprobó el informe presentado por la Argentina como lo exige el art. 40 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos. Entre otros temas, el Comité se congratula del avance del enjuiciamiento de personas responsables por las graves violaciones a los derechos humanos que tuvieron lugar durante la última dictadura militar y en la recuperación de su identidad de niños apropiados durante la misma, al tiempo que formula observaciones y recomendaciones respecto de la integración del Consejo de la Magistratura, reclamando mayor participación de jueces y abogados, en relación a la asistencia contra la violencia doméstica, y -por ejemplo- referidas a la actuación de la policía en extralimitación de facultades.

Pero el apartado N° 13 del informe aprobado por la ONU dice: "El Comité expresa su preocupación por la legislación restrictiva del aborto contenida en el artículo 86 del Código Penal, así como por la inconsistente interpretación por parte de los tribunales de las causales de no punibilidad contenidas en dicho artículo (artículos 3 y 6 del Pacto). El Estado Parte debe modificar su legislación de forma que la misma ayude efectivamente a las mujeres a evitar embarazos no deseados y que éstas no tengan que recurrir a abortos clandestinos que podrían poner en peligro sus vidas. El Estado debe igualmente adoptar medidas para la capacitación de jueces y personal de salud sobre el alcance del artículo 86 del Código Penal".

Llama la atención el fundamento normativo de la recomendación de la ONU, puesto que el artículo 3 del Pacto se refiere a la garantía de igualdad que deben gozar hombres y mujeres en materia de derechos civiles y políticos, mientras que el artículo 6 dice expresamente que: "El derecho a la vida es inherente a la persona humana. Este derecho estará protegido por la ley. Nadie podrá ser privado de la vida arbitrariamente".

Siguiendo la lógica argumental del Comité cuesta imaginar a un hombre evitando un embarazo no deseado, y habría que preguntarse de qué vida se priva a una mujer impidiéndole abortar libremente. No hace falta ser jurisconsulto para darse cuenta de que el único privado arbitrariamente de su vida es el niño por nacer víctima del aborto.

La ONU acuña para sí el argumento sanitarista en pro del aborto: tal será el leiv motiv de la campaña abortista, que desplazará a los bebés del papel de víctimas para poner a la mujer en su lugar.

Si los bebés no nacen, no lloran ni pueden recitar a García Lorca.

¿Quién será la voz de los que no tienen voz?

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