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9 DICIEMBRE 2016
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>Crisis alimentaria

Hay comida para el doble

Fabio Malaspina

1 de enero de 1974. La Tierra cuenta con 3,9 millones de habitantes. Una fase aguda de crisis alimentaria comienza "inesperadamente" en 1972 a causa de una reducción de la producción mundial de cereales de 33 millones de toneladas. Rápidamente disminuyen las reservas y los precios se cuadriplican en 18 meses. En la producción agrícola influye también la de los carburantes y fertilizantes. Mientras cae la producción, crece la demanda de productos en el comercio mundial, que pasa de 52 millones de toneladas de grano en 1971-72 a 68 en 1972-73. En 1974 las reservas de grano no se mantienen; en la mayoría de los países exportadores se reducen bruscamente, de 49 millones de toneladas en 1971-72 a 28 en 1972-73, para seguir bajando en 1974. En la India, el porcentaje de población que vive en el umbral de la pobreza (22,5 rupias al mes en la ciudad y 15 en el campo) pasa -entre 1960 y 1968- del 52 al 70%.

En el frío 5 de noviembre de 1974 se inaugura en Roma la Conferencia Mundial sobre Alimentación (duró hasta el día 16). La crisis se ha agudizado. El entonces secretario general de la FAO, Addeke H. Boerma, sostiene que la causa de todo es la meteorología, que, como todos saben, "es caprichosa" (de "cambio climático" y "calentamiento global" se habló cerca de dos décadas después, en aquel momento numerosos científicos presagiaban nada menos que un fuerte enfriamiento inminente). En aquella ocasión se repitió que el hambre en el mundo no deriva en absoluto de una escasez en la disponibilidad de los alimentos. De hecho, la producción de alimentos en el mundo era en principio suficiente para satisfacer las necesidades de la población existente: se disponía de una media teórica de 2.700 calorías y casi 70 gramos de proteínas al día por persona, cuando las necesidades mínimas estaban en unas 2.200 calorías y 35-40 gramos de proteínas por persona. Había una disponibilidad teórica media un 25% superior al nivel de necesidad.

Según la FAO, eran factibles incluso algunas mejoras: precios más equitativos para los fertilizantes, mejores sistemas de lucha contra los parásitos, instrucciones para los agricultores, reformas agrarias, nuevas obras de irrigación, etc. En la región del Sahel (Senegal, Mauritania, Malí, Burkina Faso, Níger y Chad) millones y millones de personas habían tenido que abandonar sus tierras por el avance de la desertificación.

Mauritania fue quizá el país más sacudido por la crisis: en 1973 el 90% del ganado moría y la cosecha de cereales se redujo a un tercio de la de 1971, que ya se había reducido hasta el punto de provocar muertes y carestía. Un millón de cabezas de ganado desaparecieron, muchas murieron en los pocos pozos disponibles, envenenadas con su carroña, dando lugar a epidemias y a la consiguiente huida de miles de personas.  

En Níger la sequía duraba ya seis años y las cabezas de ganado muertas ya sumaban dos millones. Animales que en un país privado de ferrocarril constituían, más que una ayuda para el sostenimiento, también uno de los pocos medios de transporte. En el Chad, la extensión de su famoso lago, del que depende la vida de muchísimas personas, se redujo a causa de la sequía a menos de la mitad. En todos los países del Sahel los cultivos desaparecieron por la sequía, las poblaciones se desplazaron al sur, hacia el mar, seguidos del calurosísimo viento del desierto.

Progresivamente, la dramática situación del Sahel se empezó a vivir en otras zonas: Dahomey, Nigeria, Etiopía, Kenia, Somalia, Tanzania. Las muertes se contaban por millones, la sequía llegó también a California, Rusia central, Japón. Las perspectivas de futuro en las siguientes décadas parecían aún peores: junto a declaraciones del tipo "la sequía durará otros 30 años", del profesor Hubert Lam, había quien, como el científico inglés Derek Winstanley, afirmaba aún más trágicamente que duraría hasta el año 2030 (un 100% de diferencia).

¿De quién era la culpa? Del viento, respondían los meteorólogos, "los vientos alisios secos procedentes del norte constituyen una especie de obstrucción al monzón húmedo que viene del sur. Esta obstrucción, llamada frente intertroplical, se desplaza hacia el Ecuador y deja al Sahel y a otras regiones del mundo sin estaciones de lluvia. Así el terreno cada vez queda más seco". Además de la sequía, los responsables de la desertificación que se estaba produciendo eran también el pasto de enormes rebaños de cabras de una parte de las poblaciones nómadas, la división de hectáreas de bosques y sabana para convertirlos en terreno cultivable, los países ricos que apenas habían enviado una cuarta parte de las ayudas prometidas. "Tres o cuatro países africanos están en peligro de desaparecer del mapa", afirma el entonces secretario de la ONU, Kurt Waldheim.

Hubo varios intentos, como el de Rodesia, de sembrar sistemáticamente las nubes para provocar más lluvias, tanto que el gurú verde Lester B. Brown llegó a afirmar que tales operaciones reforzaban "la perspectiva de que la guerra meteorológica" parecía ciencia-ficción. En aquel entonces, Etiopía ocupaba el último puesto en la clasificación de países por el nivel de renta y el primero en las listas de analfabetismo (95%), la burocracia corrupta no utilizaba las ayudas, durante 20 años se usaron sólo 527 de los 1.140 miles de millones puestos a disposición por la ayuda exterior. Durante los 10 años siguientes, la sequía causó una carestía espantosa y se calculan sus efectos en torno a 350.000 muertos (debido también a una epidemia de cólera).

Hoy la Tierra cuenta con casi 6.500 millones de personas frente a los 3.900 de 1974. A pesar de los muchos problemas y desafíos que hay que afrontar, Jean Ziegler, relator especial de la ONU para el Derecho a la Alimentación, afirma respecto a la cantidad de comida disponible, y teniendo en cuenta que hay un 67% más de habitantes en la Tierra: "En el estado actual, la producción agrícola mundial podría fácilmente alimentar a 12.000 millones de personas. Desde otro punto de vista, se podría decir igualmente que cada niño que muere por desnutrición es, de hecho, asesinado".

Tal vez, el verdadero problema no sean los cambios climáticos catastróficos ni el agotamiento de las reservas naturales, sino cómo repartir asegurando a todos la posibilidad de producir o poder comprar el "pan de cada día" (como fruto del propio trabajo, trabajo que garantiza la dignidad y la libertad).

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