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11 DICIEMBRE 2016
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No les dejemos solos

José Luis Restán

Un jeque de la milicia Al Shabah, la franquicia somalí de Al Qaeda, se felicitaba tras la noticia y explicaba la "justicia" del evento: "Uganda es un país infiel que lucha contra la expansión del islam, han merecido su castigo". No se puede resumir mejor y en menos tiempo. Me pregunto si alguien en Occidente, más allá de la primera reacción de horror, ha meditado en este aserto. Desde luego hay una explicación inmediata, la implicación del ejército ugandés en la fuerza africana que trata de estabilizar el casi imposible embrión de estado somalí. Como dice el colega Roberto Fontolán, "Somalia es un agujero negro, absolutamente fuera de control, que tiende a alargar sus confines". El cuerno de África no es sólo el pudridero en el que se entierran los esfuerzos de la ONU, de la OUA y de los Estados Unidos, es la nueva frontera del yihadismo de Al Qaeda que busca desesperadamente nuevos escenarios de lucha, y que allí ha encontrado el terreno más fértil que se pueda imaginar.

El propio Fontolán lanza en Il Sussidiario la hipótesis de que en un futuro no lejano, junto a los teatros bélicos de Iraq y Afganistán-Pakistán, el entorno somalí se convertirá en una nueva pesadilla para la comunidad internacional. Porque allí el terrorismo islamista ha encontrado ya una nueva cantera y un nuevo frente en el que desplegar su desafío. Pero hay una lectura complementaria que nos lleva de nuevo a la horrenda justificación del genocidio antes citada. Uganda (situada en un claro corredor de la influencia somalí) es uno de los países de África en que más profundamente arraigó la fe cristiana (y especialmente el catolicismo). Recordemos que en 1969, en una época en que todavía los viajes papales eran una extraña novedad, Pablo VI viajó a Kampala para rendir homenaje a los mártires ugandeses. Y ciertamente en este dolorido país la fe ha germinado en testimonios de extraordinario valor en todos los campos: educativo, sanitario y cultural. Se comprende que los matarifes de Al Qaeda sientan especial aversión hacia este singular país, tan olvidado de la gran prensa.

Pero incluso antes de este capítulo, ciertamente inscrito en el particular imaginario del terror salafista, hay otro que se plantea ya con tremenda crudeza. Me refiero a Etiopía, el país cristiano más antiguo de África junto con Egipto, que mantuvo su tradición cristiana a salvo de la marea islámica que inundó la franja norte del continente. Etiopía es una pieza de caza mayor en esta siniestra batalla de la que nuestras sociedades occidentales prefieren ni oír hablar. Y es una pieza que puede caer si la inteligencia política e histórica de Occidente sigue ofreciendo una medida tan raquítica como la que evidencia en los últimos tiempos. De poco servirá después enfangar a Petraeus y sus muchachos en el lodazal. 

El desafío es formidable y se refiere a todos los campos: económico, político, militar, y por supuesto religioso. Si la anomalía etíope fuese abolida y el imperio brutal del wahabismo se proyectase sobre el costado de África, estaríamos ante una auténtica tragedia histórica. En primer lugar para los millones de habitantes de esta región, que padecerían en sus carnes la irracionalidad de esta ideología brutal. Pero a continuación para la entera comunidad internacional, que se resentiría seguramente durante décadas.

Sorprende por ello el torpe mutismo de la prensa, la parca respuesta de las cancillerías europeas (no hablemos de los que se entretienen en jergas exóticas) y el sopor de nuestros intelectuales. También sería necesaria una reflexión eclesial sobre el futuro de estos dos países, Etiopía y Uganda, colocados en la tremenda falla de este movimiento sísmico de comienzos del siglo XXI. Al menos la Iglesia universal, con sus diversos recursos, no puede dejarlos a su suerte. Es una cuestión de justicia y de inteligencia histórica.

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