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11 DICIEMBRE 2016
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Ojos que no ven

Álvaro de la Rica

No es posible, ni necesario, decir todo lo que pienso sobre este relato: gentes más calificadas que yo lo harán, a buen seguro. Hablarán de su magnífico castellano (del homenaje buscado a propósito por el autor a una lengua zaherida y menospreciada por toda suerte de razonadas sinrazones en nuestro suelo ibérico), hablarán de su definición genérica (¿novela o nouvelle?, yo apuesto claramente por lo primero, a pesar de su breve extensión), de su estructura, magníficamente trazada, de su valor descriptivo y testimonial de una realidad histórica concreta, de su metadiscurso, denso, brillante, de las intertextualidades (de la Biblia a Proust, a mí se me ocurren al menos dos docenas), y de otras cosas que interesan a los amantes de la lengua, o sea a los filólogos, si es que de verdad queda alguno. Yo me voy a limitar a dar brevemente mi impresión, de lector, con la esperanza de que alguno se anime, si lo desea, a introducirse en una lectura difícil, terrible y, por encima de todo, especulativa.

Un narrador sereno, lúcido, nos cuenta la historia de una familia castellana que, por razones de supervivencia económica, emigra al noreste de España. Los padres, y un hijo de diez años; allí nace un segundo vástago. El mayor (¿Caín?) se introduce de lleno en la barbarie independentista, terrorista y asesina. Amparada por una madre banal, ni el padre ni el benjamín pueden hacer nada ante la progresiva degradación humana de un descerebrado. Inmerso de lleno en ese pantano diabólico, el hijo mayor finalizará perpetrando tres asesinatos y pudriéndose íntimamente en el más radical de los odios. El relato es, en buena medida, la historia anunciada del estupor y la pena de un padre cabal, incapaz de impedir primero, y de comprender y asimilar después, el horror en el seno de su progenie. ¡No os lo perdáis! Cuesta leerlo, de lo bien escrito que está, de la terrible belleza que rezuma, del grado de incisividad con la que se meten los dedos, para sacar todo el pus que se pueda, en la herida más podrida (y aún no cerrada) de la realidad histórica en la que todos estamos sumidos, como si fuera una pesadilla que no acaba de acabar.

Mi impresión es que casi nadie, en la literatura española actual, es capaz de escribir con este grado de profundidad de algo como el terrorismo (en este caso del etarra) y de sus raíces últimas. Me explico. No es en absoluto el único valor de Ojos que no ven, pero sí quizás el más raro, en un país como el nuestro, cuando se escribe, me refiero a su ya mencionada capacidad especulativa. El interés que demuestra en todo momento por enfrentarse, racional, filosóficamente, con el mal, con el vacío que lo devora todo, con las raíces de una realidad en esencia misteriosa y que, no obstante, exige, por pura honradez y hasta por hombría de bien, discernirla, al menos hasta donde se pueda. ¿Por qué pasan cosas tan terribles, como que alguien se crea, en nombre de un conjunto de disparates conceptuales, con la obligación de quitarle a otro la vida? ¿Qué tipo de mente es capaz de llevar a cabo un secuestro como aquellos que han perpetrado los etarras? ¿Por qué, de un mismo padre, nacen dos hijos opuestos, uno de los cuales abraza el terror, el desprecio y el odio asesino del otro como forma de ser? ¿Por qué se repite esa secuencia homicida en la historia de un pueblo? ¿Por qué no es posible la paz, la concordia, que la razón que se abisma ante la belleza y la variedad del mundo pueda ejercer su mansa y benéfica actividad? ¿Cuál es el valor de la palabra, ante el rostro grotesco del mal? ¿Qué sentido tiene lo que vemos, lo que tenemos delante de los ojos, si es que llega alguna vez a significar algo?

Aunque no sólo, la voz española "especulación" viene del latín speculos (espejo o reproducción fiel de una imagen). También procede, por cierto, de speculor, que es la acción de mirar o contemplar desde lo alto (lo que, cuando leáis el libro, veréis que tiene mucho sentido). Pero, en realidad, yo me he pasado todo el tiempo que dura la lectura recordando la famosa frase de San Pablo: "Videmus enim nunc per speculum in aenigmitate, tunc autem facie ad faciem". Ahora vemos oscuramente como en el enigma de un espejo. Como el eco, el espejo ha sido símbolo de los gemelos (tesis y antítesis). Ése es el esquema antropológico (y literario, por cierto) sobre el que se construye cuidadosamente este libro. Todo se dobla, todo se opone, las mismas palabras y frases, antes y después, pero incluso los horrores históricos que se hacen eco, unos de otros. Al mal, siempre presente, cuya negación ciega es en sí mismo uno de los peores errores, sólo se opone el obstáculo (por usar otro término de la escatología paulina, 2 Tes 2, 6-7), y que, en este caso, estaría representado por la limitada racionalidad natural del padre del terrorista (y, por supuesto, por la acción humana libre y benéfica que significa por parte del autor una creación poética auténtica y verdadera como ésta). Al final, ante la descripción de una panorámica desde un alto, a las afueras del pueblo, podría parecer que los elementos se disuelven en una síntesis integradora, pacificadora, proyectiva. Yo no lo creo, en realidad; bueno, no estoy seguro. Toda la lógica del relato conduciría, más bien, a la irreductible irreconciabilidad del bien y del mal. Lo tengo que volver a leer..., y pensarlo más a fondo, cosa que haré con mucho gusto y con una enorme curiosidad intelectual, y moral también.

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