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7 DICIEMBRE 2016
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¿Olvidar o perdonar?

Lorenzo Albacete (Nueva York)

Esta afirmación me viene a la memoria a propósito de las audiencias en el Senado con los candidatos a la Corte Suprema, y no dejo de maravillarme por cómo, frente a un examen tan riguroso sobre cualquier cosa que uno haya podido escribir, decir o hacer, haya alguien dispuesto a aceptar estas candidaturas.

Actualmente la situación es aún peor y así lo muestra un interesante artículo de Jeffrey Rosen en el The New York Times Magazine del domingo pasado, titulado "El fin del perdón".

El problema para los pecadores actuales es internet. Por lo que parece, cualquier cosa que aparezca en internet, cualquier cosa que uno haga cuando navega o chatea en internet, quedará allí per omnia saecula saeculorum, sin posibilidad alguna de eliminarlo (deprime pensar que en el año 3010 mi capacidad literaria y de análisis se juzgará por artículos como éste).

Rosen resume así el problema: "Desde hace tiempo sabemos que la web permite, de manera nunca vista, el voyeurismo, el exhibicionismo y la indiscreción más o menos voluntaria, pero sólo ahora estamos empezando a entender los costes que esto conlleva en una época en la que mucho de lo que decimos, o lo que otros dicen de nosotros, se queda registrado y publicado en nuestros expedientes digitales. La incapacidad para olvidar que tiene internet es una amenaza, casi a nivel existencial, para nuestra capacidad para controlar nuestra identidad, para conservar la posibilidad de reinventarnos a nosotros mismos y empezar de nuevo".

Rosen examina las posibles soluciones al problema por parte de "juristas, expertos en tecnología y cibernautas" que luchan "con la primera gran crisis existencial de la era digital" (la solución preferida sería una declaración de "bancarrota reputacional". ¡Personalmente estoy preparado para algo así desde hace ya tiempo!).

Este problema parece especialmente peligroso para el ideal americano del "self-made man". América se construyó sobre la posibilidad de huir del peso que supone estar definido a priori por el lugar de nacimiento, por la "tribu" a la que se pertenece, por la clase social de la que se procede, etc, para poder crear desde cero una identidad nueva, modificando las propias decisiones según la necesidad o el deseo de cada uno.

Es esta capacidad la que ahora se ve amenazada por fenómenos como Facebook, Twitter y otras redes sociales (como no uso ninguna de ellas, mis datos desgraciadamente no se podrán encontrar en la Biblioteca del Congreso de Washington, donde parece que aterriza el material de Twitter).

Pero no quiero bromear con este tema. Rosen pone ejemplos conmovedores de víctimas de esta situación y me da pena que el artículo no vaya más al fondo de esta crisis. El problema está en el modo en que concebimos la posibilidad de construir nuestra identidad. Nuestra identidad como seres humanos está definida por la relación con el Misterio infinito que nos crea y nos sostiene cada segundo.

Este Misterio se hizo Hombre, Jesucristo, que murió precisamente para destruir nuestra identidad de pecadores, de enemigos del Misterio, y hacernos nuevos por obra del Espíritu Santo, dándonos una identidad nueva como hijos e hijas en Él, el Hijo único amado del Padre. La secularización de esta experiencia del perdón de los pecados, de redención, es lo que nos ha llevado a la necesidad de olvidar, algo que ahora resulta imposible.

Sólo en Cristo podemos hallar la victoria del perdón sobre el olvido.

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