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7 DICIEMBRE 2016
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'El catalanismo cultural debe reformularse'

Roberto de la Cruz

El próximo 28 de noviembre se celebrarán las elecciones autonómicas tras dos legislaturas de tripartito. Las encuestas indican la ventaja de CiU sobre el PSC, con un Artur Mas que se sitúa claramente por delante de Montilla. ¿Qué destacaría de la convocatoria? ¿Qué se juega la sociedad catalana en ella?

La sociedad catalana pasa, social e institucionalmente, por una crisis de autoridad a veces larvada y a veces tan manifiesta que genera un abstencionismo sistémico, casi inasimilable en términos de metabolismo social e histórico. Es, pues, también crisis de representatividad, con elementos de cambio generacional difícilmente analizable pero con rasgos que son atribuibles a un sistema educativo anacrónicamente identitario. La previsible victoria de CiU plantea incógnitas notorias porque una mayor inercia nacionalista chocaría con la urgencia de revitalización política, social y moral de Cataluña. Por tanto, si lo que se dirá en la campaña es previsible porque nadie conoce en verdad los nuevos estados de opinión, luego lo decisivo será hasta qué punto se instala una readaptación de lo estable y de lo plural. Un nuevo pragmatismo sin hegemonías de ortodoxia. Por ejemplo, reformular un catalanismo cultural abierto, en el que la idea de nación dé preferencia al vivir de la sociedad. Ignoro si eso entra en el mundo practicable, desde una perspectiva regeneracionista.

La sentencia del Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña está marcando los discursos de los líderes políticos en la precampaña. ¿De qué forma cree que puede afectar a la movilización del voto?

Las grandes franjas de electorado o bien se atendrán a la inquietud económica o se abstendrán. Existe el precedente de la abstención, siempre más alta en las elecciones autonómicas que en las generales, y el precedente de la muy elevada abstención en el referéndum estatutario. La sentencia del TC a lo sumo moviliza un voto ya en agitación desde antiguo. Tanto la sentencia como el Estatut han envejecido a un ritmo de vértigo. Eso prueba una vez más que la sociedad catalana no estaba por eso en términos significativos y generales.

La redacción del Estatut fue un ejemplo claro del intervencionismo del poder público en la vida social. ¿Se ha acostumbrado la sociedad catalana a esta política intervencionista que ha desarrollado el tripartito en las dos últimas legislaturas? ¿Qué papel cree que está jugando la sociedad civil ante la aparente merma de libertades que se ha introducido en este período?

Intervencionismo o, en realidad, intromisión total, radical, del todo descarriada. En privado nadie reconoce haber deseado un nuevo Estatut. Desde luego, no CiU. Algo se desvió aparatosamente con la aparición del zapaterismo en escena y su consagración del tripartito. Recuérdese que en los pactos del Majestic entre CiU y PP, el pujolismo se comprometió a no reclamar cambios estatutarios. Véase cómo en las encuestas merecen más reconocimiento aquellos pactos que el proceso estatutario posterior.

En Cataluña, como en el resto de España, crece la desafección y el descrédito hacia la clase política. No en vano, según las últimas encuestas del CIS, la clase política se ha convertido en el tercer problema para los españoles tras el paro y los problemas de índole económica ¿A qué cree que se debe este hecho?

Es un fenómeno general en la política europea, con rasgos nacionales añadidos. Quizás las sociedades han cambiado en tal medida que los políticos temen reconocerlo o no saben cómo abordarlo. Los lideratos se consumen con rapidez abrumadora. Los brotes de antipolítica han crecido con la crisis económica, la inmigración y el proceso globalizador. Eso ya es una grave crisis de naturaleza moral, una crisis de la conciencia europea.

Acabamos de vivir otro episodio de exclusión de la cultura que no se expresa en catalán. La Generalitat ha colocado a escritores como Ana María Matute y Manuel Vázquez Montalbán al mismo nivel de autores extranjeros en un portal de Cultura por escribir en castellano. Usted ya vivió un episodio similar en 2007 al impedir el Gobierno catalán su presencia en la Feria de Frankfurt. ¿A qué obedece esta actitud? ¿Qué destacaría de la política cultural desarrollada por el tripartito en las dos últimas legislaturas?

La política cultural de la Generalitat expande los elementos tóxicos que corresponden al sistema genético de Esquerra Republicana y que se suman a la desafortunada cultura nacional-antropológica del pujolismo y al izquierdismo tan antiguo que impulsa el ayuntamiento de Barcelona como capital simbólica del mundo okupa. Son políticas de exclusión, con toques de megalomanía, coerción ideológica y profundo desconocimiento de la vida intelectual a inicios de siglo. En este horizonte, la incógnita es total.

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