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11 DICIEMBRE 2016
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El americano

Juan Orellana

La película está envuelta en un halo de misterio y ninguna de las preguntas que nos hacemos durante el film relativas al "trabajo" de Jack (cómo, por qué, quién, dónde...) van a encontrar respuesta. Y es que lo importante no es la trama policíaca, sino la desnudez moral de un hombre que está ante el bien y el mal de una forma radical. El sacerdote encarna el cambio de vida en aras del amor; Clara aparece como el camino posible para llegar a ese amor... pero -en palabras del director- "¿se puede hacer el bien después de años de hacer el mal?". Es decir, el pasado y las propias acciones tienen consecuencias, y con ellas es necesario finalmente hacer las cuentas. Esta forma que tiene la vida de pasar factura moral ha sido tratada muchas veces en el cine (recordemos por ejemplo el final de El Padrino III), y especialmente en el western. De hecho es este género cinematográfico tan americano el que Anton Corbijn reconoce como referente formal y conceptual de El americano: un solitario forastero poco locuaz que llega a un pueblo arrastrando un innombrable pasado, un pasado que un día irrumpirá violentamente en el presente. Hasta los consabidos duelos los podemos encontrar en el film de Corbijn.

Por tanto, la película se pregunta si es posible la redención, la segunda oportunidad, y lo hace con la angustia de un escepticismo posmoderno muy nihilista. La sombra de la primera escena del film, de nihilismo puro, se proyecta fatídicamente sobre el resto del metraje. El personaje de Jack vive protegiéndose de los vínculos humanos para no sufrir cuando la muerte dé sus zarpazos. "Vengo a buscar placer, no a darlo", le espeta hirientemente a Clara en una de sus citas. Es curioso que hace pocos meses, Clooney protagonizara otra cinta, Up in the air, que ofrecía idéntica reflexión: no hay redención para el que no quiere vínculos. Como le dice a Jack el padre Benedetto: "No dudes de la existencia del infierno, tú vives en él".

El formato de esta fábula moral es original: el film es muy lento, apenas tiene diálogos, la presencia musical es muy importante, trabaja mucho los primeros planos... pero también es muy convencional en las escenas de acción, y muy explícito en el tratamiento del sexo y la violencia, que son mostrados sin elipsis ni fueras de campo. Consigue trasmitir muy bien una atmósfera de vacío, de confusión, de pesadilla suave e indolora. Porque si vemos en el film una metáfora de la vida se nos está diciendo que no sabemos por qué ni para quién trabajamos (vivimos), y que al final todo es una estafa porque nunca alcanzamos lo que anhelamos. En realidad, más que un thriller estamos ante una tragedia, que es el marco dramático más adecuado a los tiempos que vivimos.

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