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4 DICIEMBRE 2016
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Irlada dijo No a una Europa incomprensible

John Waters, columnista del Irish Times

Muchos de los que han votado en contra del Tratado admiten que lo hicieron porque no lo entendían, a pesar de una campaña que ha durado muchos meses. Otros se refieren a defectos del tratado sobre la neutralidad irlandesa, los impuestos o el aborto, que sencillamente no existen y que por tanto no se pueden corregir. Había también ciertos temores a una mayor usurpación burocrática y a una pérdida de autonomía en materia fiscal y legal, uno de los rituales en los debates de la UE desde hace años. Pero no tiene sentido, no hay una sola declaración coherente. El eslogan más efectivo ha resultado ser el de "Si no sabes, vota No".

Se dice también que el resultado refleja un profundo escepticismo, incluso una sospecha, respecto a la clase política que pedía el Sí. De los partidos parlamentarios, sólo el Sinn Fein pidió el No. Hasta los Verdes, leales siempre al No pero ahora en el gobierno, animaron a su electorado a votar Sí. Parece que se abre una brecha entre la clase media urbana que ha votado Sí  y las zonas rurales menos prósperas, que optaron por el No. Lo que eso significa nadie lo sabe con seguridad.

Pero éstos son los análisis superficiales. Los que entran más a fondo ven en el rechazo al Tratado de Lisboa algo mucho más oscuro, una especie de furia contenida. Es como si el tratado actuara como una cataplasma para sacar los resentimientos acumulados, muchos de ellos ocultos y negados públicamente, lo que ha contribuido a crear un problema político, de momento, intratable.

Aunque Irlanda durante muchos años ha sido beneficiaria de los fondos estructurales y de cohesión de la UE, esta ayuda se suspendió recientemente. Lo que ha coincidido con el boom de los últimos años, lo que ha generado un clima de incertidumbre. Mucha gente tiene deudas en un momento en el que la economía irlandesa se enfrenta a un crecimiento del desempleo, la inflación, los tipos de interés y las restricciones en los créditos. La buena voluntad que ha favorecido la conexión europea durante muchos años empieza a evaporarse.

En este contexto no era muy difícil crear confusión. La gente no se ha creído eso de que el Tratado de Lisboa era tan sólo una serie de medidas conservadoras complicadas pero anodinas. No sólo los votantes no han leído o entendido el documento. Hasta el primer ministro dijo que no se lo había leído entero, y el comisario europeo irlandés dijo que había que estar loco para hacerlo. En un momento absurdo, al final de la campaña, el presidente de la Comisión del Referéndum, el organismo creado por el Gobierno para explicar el contenido del tratado de forma imparcial, admitió que no entendía una parte del documento.

En definitiva, sólo se puede decir que la gente no estaba contenta. La campaña no consiguió unir el deseo público con el voto de los ciudadanos. Y esto ha sido así tanto en la campaña por el No como en la del Sí, porque, ahora que todo ha acabado, no hay sensación de regocijo, de logro, más allá de los pequeños grupos de activistas en los extremos derecho e izquierdo. Es como si estuviéramos en un momento de resaca, en el que los partidos se miran entre sí con un sentimiento de vergüenza y la conciencia de haber ido demasiado lejos.

Hay una sensación de que el calor del momento creó dificultades y ahora hay que intentar solucionarlo. Hay incluso la sensación de que mucha gente votó No pensando que habría suficientes apoyos para el Sí y tratando así de evitarse la responsabilidad de asumir las consecuencias de un gesto tan petulante. Aunque una encuesta anunció la victoria del No diez días antes del referéndum, el sentimiento general desde entonces era que el Sí ganaría terreno.

Quizás, lo más coherente que se podría decir es que el Tratado de Lisboa no satisfizo. En este contexto, me vienen a la cabeza las palabras de Valclav Haver, el gran escritor, filósofo y presidente de la República Checa, leyendo el Tratado de Maastricht hace muchos años: "Mi admiración, inicialmente entusiasmo, empezó a ser invadida por la inquietud, un sentimiento menos exuberante. Sentí como si estuviera entrando en el funcionamiento perfecto e inmenso de una ingeniosa máquina moderna. Para estudiar una máquina así hay que ser un apasionado de la innovación técnica, pero para mí, un hombre cuyo interés en la vida no se satisface con la admiración de máquinas bien engrasadas, algo serio se estaba perdiendo. Tal vez se le podría llamar, de forma simplificada, una dimensión espiritual, moral o emocional. Habían hablado a mi razón, pero no a mi corazón".

Algo parecido debe ser el sentimiento que subyace en Irlanda tras el No a Lisboa. Salvo que, al contrario que para Havel, tampoco se haya hablado a la razón de la gente. En último término, ¿no era irracional pedir a la gente que apoyara algo que no entendía?

Todas las entidades supranacionales que a lo largo de la historia han añadido un valor de humanidad, según Havel, han sido impulsadas por un espíritu, una idea, un ethos, un carisma, que les ha hecho crecer. Para seguir vivas, estas entidades tuvieron que ofrecer algunas claves que permitieran una identificación emocional, un ideal que proponer a la gente y que les inspirara, "un conjunto de valores que todos pudieran compartir". No se puede negar que la UE, con sus raíces cristianas, nace de un espíritu así. Pero no es fácil verlo, advirtió Havel, porque está oculto "tras montañas de medidas sistemáticas, técnicas, administrativas, económicas, monetarias y otras, que lo contienen". La tarea más urgente para la UE, por tanto, concluyó, es "la recreación del carisma", y el primer paso en este proceso, sugirió, es la formulación de un "documento político único, cristalino y universal que hiciera inmediatamente evidente lo que la Unión Europea es realmente".

Tal vez eso signifique que, si la UE está dispuesta a aprender algo del voto irlandés, deba regresar a la mesa de dibujo y empezar el sueño que la defina de nuevo.

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