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4 DICIEMBRE 2016
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La triple herencia

Fernando de Haro

Las cuentas públicas del año que viene cierran el ciclo iniciado con los recortes que Zapatero tuvo que hacer en mayo, acuciado por los mercados. No hay corrección de fondo de la política económica. De hecho, los presupuestos tendrán que ir modificándose a lo largo de los próximos meses porque se basan en unas previsiones de crecimiento (el 1,3 por ciento del PIB) que no se van a cumplir. Se ha retocado la legislación laboral con una reforma que sirve para que todo siga igual, se hará una modificación escasa del sistema de pensiones y habrá que seguir subiendo impuestos cuando se vaya haciendo evidente que los ingresos son incapaces de cubrir las previsiones de reducción de déficit. Política de parches para sobrevivir 18 meses más.

El testamento ya está firmado. Es una herencia que nos lega tres crisis: las dos primeras seguras, la tercera por confirmar. La primera crisis es la del socialismo del Siglo XXI del que Zapatero quería ser el referente. Ese socialismo creía haber encontrado en la fragmentación del deseo de la sociedad postmoderna una ocasión para levantar una nueva bandera. El deseo de infinito, transformado en infinitos deseos, convenientemente subjetivizado, ha sido utilizado por el poder durante los últimos ocho años para servir de alimento a la ideología de los nuevos derechos. Lo trágico es que mientras sobre el papel la nueva izquierda deja consagrados nuevos derechos (a casarse con una persona del mismo sexo, a fabricar hijos medicamento, a que los menores accedan a una píldora abortiva sin receta) el derecho real que la izquierda clásica siempre defendió, el derecho a un trabajo digno, no lo pueden ejercer casi cinco millones de personas. Zapatero deja en crisis al nuevo socialismo, deja desorientada y alienada a buena parte de la sociedad que creía estar viviendo una revolución.

La segunda crisis que deja en herencia es la del Estado del Bienestar. España desde la Transición a la democracia ha sido un país gobernado por el socialismo con el paréntesis de los ochos de Aznar. En ese tiempo se encauzó el déficit pero no se llevaron a cabo las transformaciones profundas que hubiera sido necesario realizar. Desde entonces las políticas públicas han estado basadas en el dogma de que el mercado era un "mal necesario" y que la intervención del Estado era imprescindible para redistribuir la riqueza y conseguir una mayor igualdad. La estructura del gasto que incluyen los Presupuestos de 2010 refleja que de cada 100 euros de ingresos netos casi 50 se van a dedicar a subsidios de desempleo y a los intereses de la deuda. La negativa a realizar reformas ha supuesto que el derecho al trabajo sea sustituido por un subsidio. No se redistribuye la riqueza, se destruye la oportunidad de crearla. Un grupo de economistas, entre los que están Samuel Bentolila y Juan José Dolado, van a publicar dentro de unos días un trabajo en el que han utilizado la metodología sobre la investigación de los mercados de trabajo de Diamond, Mortensen y Pissarides premiados con el Nobel de Economía. En esa investigación se refleja que de haberse suprimido las diferencias entre el contrato indefinido y el contrato temporal se podría haber disminuido en cuatro puntos la tasa de paro. ¿Qué redistribución de la riqueza es la que condena al 40 por ciento de los más jóvenes al desempleo? El caso de las pensiones es similar. FEDEA ha publicado hace unos días un riguroso estudio en el que demuestra que nuestro sistema de pensiones es insostenible pero también injusto porque penaliza a los que se incorporan al mercado laboral. En crisis un Estado del Bienestar que no es sostenible y que no redistribuye.

Y en ciernes la tercera crisis. La de los que, por reacción, a pesar de todo lo que ha llovido desde el estallido de Lehman Brothers, siguen haciendo una defensa ideológica del mercado. No es exagerado temerse que ahora la derecha, ya lo estamos viendo donde gobierna, vuelva a convertir el mercado en el paradigma para responder a todos los problemas políticos y sociales. El post-zapaterismo puede ser el terreno abonado para la ideología que, desde el utilitarismo de Jeremy Bentham, postula como paradigma a un homo oeconomicus que sigue sólo sus intereses individuales y que así soluciona todos los problemas. Hay en nuestra derecha una actitud acrítica para asumir como lógica cierta ideología liberal incapaz de reconocer que las reglas del mercado son las propias de un tipo de actividad. Para reconocer que hay otras actividades y que, incluso en aquellos ámbitos donde reina el mercado, la vocación relacional de las personas, su carácter comunitario, la gratuidad, el deseo integral del sujeto, las relaciones de confianza y no sólo los intereses son decisivos. Sería terrible que el pendulazo del socialismo radical nos llevara a un encumbramiento de un modo de entender el mercado que no tiene en cuenta cómo es de verdad la persona y el peso de la vida social.

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