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5 DICIEMBRE 2016
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José Jiménez Lozano

Álvaro de la Rica

Cada vez transcurre menos tiempo entre la escritura de esas notas y su publicación. A Don José le ha gustado dejar dormir los libros, a veces durante años. Eso manifiesta su humilde prudencia. Pero ahora es menos necesario. La experiencia de la vida que ha ido acumulando, la segunda naturaleza que es para él la escritura, el hábito del discernimiento de las cosas que reflejan sus textos, le permiten esa liberalidad.

Gana en sencillez, en espontaneidad, dice lo que piensa sin más (aunque detrás hay lustros de meditación y de observación atenta de cuanto le rodea y le ronda). Llama la atención su franqueza (léase por ejemplo lo que dice de la "educación para la ciudadanía", p. 164). La cosa va mucho más allá de si Don José es o no un antimoderno. A mí lo que me interesa es el modo ejemplar en el que lee. Una lectura constante, intensa, hecha de modo habitual de unas referencias concretas a las que les saca el mucho y buen el jugo que tienen: de las madres de Port-Royal a sus queridas Simone Weil, Flannery O´Connor, San Agustín, Kierkegaard, mucho. Hay algunos nombres nuevos (Christian Bobin). Pero, insisto, es un lector ejemplar, no por lo mucho que lee y lo bien que lo hace, sino porque para él el mundo no se acaba en esas lecturas.

Son signos que le abren la realidad concreta, tangible, también de la política y la parte de la historia que le ha tocado vivir. No hay ensimismamiento ni inmanencia que valga. Es la diferencia entre el hombre culto y el civilizado: éste no se deja atrapar por la letra escrita. Como siempre, los momentos más emocionantes (tiene un don especialísimo para ello) son aquellos en los que describe el paisaje. Un ejemplo: un fantástico atardecer, después de una lluvia ligera. El cielo ha quedado de un rojo plomizo azulado, y el último reflejo del sol da sobre un edificio de color almagre y pajizo lo vuelve casi irreal, como una construcción de cartón para decorado de teatro, con las ventanas encendidas. En los pisos de abajo se ven siluetas de la gente que hay dentro. La calle está desierta, y hay silencio. ¿Dónde estamos? Pero enseguida un coche a toda velocidad nos lo recuerda. Se acabó "la proyección". Era una de esas pinturas y transfiguraciones que hace a veces la primavera; y lo mismo con árboles, flores y pájaros, que con cemento, alquitrán y coches con sus brillantes élitros como escarabajos procesionales, y son un gozo y un regalo.

Es uno de esos momentos en que alejamos de nosotros los pensamientos oscuros, y nos sentimos a gusto respirando el mundo.

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