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26 OCTUBRE 2014
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La subsidiariedad hoy habla inglés

Giorgio Vittadini

En su discurso programático del 19 de julio en Liverpool, Cameron afirmaba: "Se trata de un gran cambio cultural, en el que las personas, en su vida diaria, en sus casas, en sus barrios, en sus puestos de trabajo, dejan de dirigirse a los funcionarios, a las autoridades locales o a los gobiernos centrales para buscar ellos mismos las respuestas a los problemas con los que se encuentran, y se hacen lo suficientemente fuertes y libres para ayudarse a sí mismos y a sus comunidades...".

El término Big Society significa "comunidades capaces de construir nuevos edificios educativos, significa servicios capaces de formar para el empleo, significa fundaciones que ayudan a los delincuentes a rehabilitarse...". En el centro de la Big Society reside en primer lugar una cierta idea de lo que es el hombre y del valor que tiene su iniciativa (fundamento del principio de subsidiariedad).

Un hombre que se concibe no como individuo aislado -según una concepción antropológica que se ha desarrollado desde el siglo XVIII-, sino como ser estructuralmente relacional (aspecto especialmente subrayado en la encíclica Caritas in veritate de Benedicto XVI), que alcanza sus objetivos poniéndose en movimiento junto a otros hombres. El concepto de "comunidad" de Cameron es lo que ha dado vida a los cuerpos intermedios, típicos en la tradición secular y el actual Estado de Bienestar subsidiario.

Desde la Edad Media, las escuelas, los hospitales, las obras asistenciales, las universidades y, en los últimos tiempos, por iniciativa de los movimientos católicos y obreros, también los institutos de crédito y las mutualidades, han nacido de la acción de comunidades de hombres movidos por criterios ideales. También hoy, en todo el mundo, realidades que son fundamentales para nuestro bienestar -desde la Clínica Mayo en Rochester a las grandes universidades americanas o el Banco de Alimentos- nacen y crecen fruto de la iniciativa de estas comunidades de ciudadanos, no asumibles por el ámbito privado ni por el ente público.

Nace así una idea innovadora de la relación entre el Estado y las obras nacidas de realidades de base. Sigue diciendo Cameron: "Por eso el Gobierno no puede permanecer neutral: debe promover y apoyar una nueva cultura del voluntariado, de la filantropía, de la acción social (...). Debemos liberarnos de una burocracia centralizada que derrocha el dinero y debilita el espíritu público. En su lugar, debemos dar mucha más libertad a los profesionales, abrir el servicio público a nuevos operadores, como fundaciones, empresas sociales, entidades privadas, y ofrecer así más innovación, diversidad y responsabilidad frente a las demandas públicas...".

Una vez más, el concepto de subsidiariedad antiguo y moderno, que reconoce el valor de realidades que, no siendo de derecho público, son de utilidad pública. Concepción que sugiere una teoría y una praxis bastante alejadas de la neutralidad (o, peor aún, de la hostilidad) con que el ente público suele contemplar la iniciativa privada y social. Como decía Giussani en el congreso de la Democracia Cristiana de 1987, "es la primacía de la sociedad frente al Estado lo que salva la cultura de la responsabilidad. Primacía de la sociedad como tejido formado por relaciones dinámicas entre movimientos que, al crear obras, constituyen comunidades intermedias y expresan así la libertad de las personas en forma asociativa".

Una perspectiva que nace de la insistencia católica en el valor del ser humano y de su iniciativa (base de la subsidiariedad), pero que puede llegar a ser comprendida y realizada por un liberal como Cameron, por lo que se desprende de su propuesta al inicio de su mandato.

Publicado en Il Sole 24 Ore (10/10/10)

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La subsidiariedad hoy habla inglés

Pablo Berenguer

Querido Director:

Me refiero al artículo de M. Borghesi "La Iglesia no necesita un partido de zelotes", título bajo el cual se califica y critica la opción de quienes no estamos de acuerdo con que los católicos españoles deban identificar su presencia en política con el Partido Popular.

Es un hecho que he observado a menudo el que coincidan (en el caso de M. Borghesi –por lo que he podido seguir en este periódico- de manera particularmente explícita) dos posturas que, sin embargo, me parecen contradictorias:

(1) En el plano formal, una defensa a ultranza de la libertad religiosa y la laicidad, en su interpretación más moderna, subrayando con carácter universal la conveniencia y autenticidad de un estado de cosas en que la propuesta cristiana no pueda identificarse nunca, en ningún lugar y de ningún modo con el poder político, ofreciéndose esa propuesta a todos desde la más estricta igualdad con las demás. Desde este planteamiento se juzgan severamente diversas opciones y situaciones de la Iglesia en su historia.

(2) En el plano de la realidad política presente, una correlación entre el bien de la Iglesia y de su misión con el apoyo (no público, no jurídico, no formal, sino en el plano de los hechos "reales", la trastienda donde se jugaría la partida) de un partido político poderoso, con capacidad de otorgar y retirar beneficios, favores y castigos y defenderla de sus enemigos.

El modo en que, quizá, esta contradicción se trataría de resolver consistiría en desplazar el foco de los valores al sujeto. Para la Iglesia no sería importante que el poder político al que se apoya y del que se recibe apoyo defienda o no (o incluso ataque frontalmente) los valores que la Iglesia más aprecia (particularmente los "principios innegociables" enunciados por Benedicto XVI, considerados superados por algunos). Lo decisivo en política sería que el sujeto Iglesia sea protegida por al menos una facción del poder para poder así realizar su misión en la sociedad con las mayores ayudas y menores trabas posibles. Ese amparo o apoyo, naturalmente, sólo puede ser recíproco (y así se observa en ciertas opciones editoriales partidistas de medios de comunicación católicos o en los pronunciamientos y manifestaciones de católicos frente a los gobiernos en función de qué partido gobierne).

En respuesta a Borghesi

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