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9 DICIEMBRE 2016
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Lorenzo Albacete

White escribe que, cuando un americano dice "creo", esa afirmación tiene tres implicaciones importantes: el derecho al propio credo, que los demás deben respetar aunque para ellos no tenga ningún sentido; que aquello en lo que creo no es necesario que tenga un sentido para que sea reconocido como derecho; y por tanto que yo estoy legitimado a ordenar mi propia vida según este credo, y a fortalecerlo a través del voto y el apoyo a determinadas leyes.

White hace una observación crucial: "Lo que se le exige a una convicción no es que tenga sentido sino que sea sincera". Y esto es así hasta para nuestras convicciones más laicas... Esta sinceridad en sin duda parte del fervor, pero también es una advertencia porque dice: "he invertido mucha energía emotiva en este creo y, en cierto modo, he puesto en él la credibilidad de mi vida. Por lo tanto, si lo ridiculizáis, os las tendréis que ver conmigo".

De un modo muy agudo, White observa que "hay algo que no va bien" en esta espiritualidad, que "deriva en el aislamiento. Es como si uno de nosotros fuese a una tierra extraña y quisiera saber en qué creen los habitantes de cada zona (de forma separada)". Y concluye: "Nuestro credo más evidente es el de creer en la herejía misma, en una herejía sin ortodoxia", es la afirmación del derecho de cada uno a su propia herejía.

¿Cómo se integra una actitud de este tipo con la concepción americana de la libertad religiosa? Según White, así: "La libertad de religión se da en este punto: donde cada uno es libre de creer en lo que le parece, aunque no exista ninguna convicción compartida, por tanto, ninguna iglesia ni comunidad. Paradójicamente, nuestra libertad para creer llega incluso hasta lo que Nietzsche llamaba nihilismo, pero por un camino que él nunca habría imaginado. Para Nietzsche, el nihilismo europeo representaba el fracaso de todos los credos... pero el nihilismo americano es diferente. Nuestro nihilismo es nuestra capacidad para creer en casi todo y en nada al mismo tiempo. ¡Todo vale!".

Para White, esta espiritualidad es en realidad una defensa frente a la desesperación latente, una desesperación que nace por el hecho de que la realidad es menos de lo que esperábamos, porque lo que nuestro corazón necesita y desea no existe en realidad. Esto indica lo que monseñor Giussani define como la "reducción del deseo" que caracteriza la vida moderna.

"Todo esto, sin embargo, ¿no resulta extrañamente familiar?", se pregunta White, que ve en nuestra situación actual lo que los profetas Isaías y Jeremías denunciaban como el culto de los "dioses sin valor". ¿Qué se puede hacer, si es que se puede hacer algo, para salvar a las grandes conquistas del pluralismo americano de esta cultura caracterizada por una desesperación reprimida?

La cultura política americana, escribe White, ha llegado a mediar entre las diversas pretensiones de la religión y las de la idolatría. Si no ha eliminado por completo el odio que nace de esta distinción, al menos ha evitado mucha violencia. Como los imperios romano y persa, el nuestro defiende la libertad religiosa mientras ésta no interfiera con la administración del imperio que mantiene la riqueza de las elites que ocupan el poder. En nuestro caso, afirma White, las convicciones religiosas no pueden amenazar las exigencias que impone la privatización de la riqueza.

Se puede compartir más o menos la concepción de White sobre el capitalismo americano, así como su juicio sobre los efectos negativos que tiene una espiritualidad auténtica, pero la reforma propuesta por White no sirve, en mi opinión, para superar los deseos del corazón que definen al ser humano.

Lo que hace falta hoy, escribe, es un "gran proyecto de traducción". Si lo he entendido bien, esto implica diálogo, reflexión y capacidad crítica para identificar los valores realmente humanos que subyacen en las distintas convicciones religiosas, y que permiten a cada uno reconocer en los demás una humanidad común.

En ningún punto del proyecto, sin embargo, los participantes en el diálogo se miden con la cuestión de la verdad. En consonancia con el pensamiento de Jan Assman, White valora el hecho de que este proyecto de traducción consiga abolir la "distinción mosaica" y la oposición entre idolatría y verdad. Éste es el problema, que no se trata de "sinceridad" ni de "traducción". El problema está en la pretensión de verdad y la pregunta es: ¿cómo es posible entender y experimentar la Verdad no como un elemento de división que conduce a la intolerancia y a la violencia? Sólo si la creación de la realidad es un don de amor. Sólo si Deus Caritas Est. Ésta es la convicción que nace del encuentro con Cristo, que podemos y debemos ofrecer a nuestra sociedad como contribución a la liberación de la deshumanización del nihilismo.

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