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9 DICIEMBRE 2016
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Reflexiones acerca de la victoria de Dilma

Francisco Borba Ribeiro Neto

Lula previó que llegaría un momento, en Brasil, que no habría candidatos a la presidencia "de derecha", todos serian "de izquierda". De facto, en esas elecciones, más que en todas las anteriores, fue evidente que los tres candidatos más votados en primer turno, que representarán más de 98% de los votos válidos, se presentaban como representantes de una "izquierda democrática". Pero esa aparente victoria de la izquierda porta a la cuestión de ¿qué es ser un político de izquierda en Brasil hoy? Un amigo, politólogo representativo de los intelectuales del PT, me responde "defender la inclusión social y la libertad". La respuesta es muy característica de nuestro momento histórico y de sus contradicciones...

Mi amigo no habla de igualdad. La condenación a la desigualdad social extrema ciertamente está presente en su proyecto político, pero el igualitarismo total comunista también está descartado -pues representa un evidente atentado a la libertad. Además, el tema de la inclusión es central en las políticas públicas, no sólo en toda Latinoamérica. Por eso "defender la inclusión" es políticamente más correcto que "defender la igualdad". Pero, el lector atento podrá se preguntar ¿incluir dónde? No existe inclusión sin un lugar al cual incluir a los excluidos. Ese lugar, aún se no se reconoce explícitamente, es la sociedad de mercado globalizada, el mercado y el consumo por el cual sueñan también los pobres que votan a Dilma. No más un mundo utópico de justicia y solidaridad, como soñaron los liderazgos de izquierda en los tiempos heroicos de combate a las dictaduras.

Pocas palabras fueron usadas de modo tan confuso, hasta hipócrita, como "libertad". En Latinoamérica, las dictaduras de izquierda dicen "defender la libertad del pueblo frente al imperialismo", y las de derecha "defender la libertad de la nación frente al comunismo". Cambian las palabras, permanece la falsedad. Pero mi amigo es sincero, la izquierda brasileña en su mayoría comulga con los ideales democráticos de la socialdemocracia. En eso se aleja de la dictadura cubana y del autoritarismo bolivariano, por mucho que mantengan un coqueteo con esos gobiernos -herencia de un origen común. El rol más o menos centralizador y autoritario, el peso del Estado en la economía dependen, en los programas partidarios, de la fuerza de ese coqueteo en el imaginario de los militantes.

Incluir a los pobres en la sociedad de mercado y defender la libertad puede muy bien considerarse ideales de cualquier gobierno democrático. La victoria política de la izquierda en Brasil coincide con su fracaso ideológico como portadora de una alternativa al capitalismo. Es verdad, todos los candidatos más votados en esas elecciones presidenciales se declaraban de izquierda. Pero esa izquierda se revela contradictoria y rehén de un amplio proceso de consolidación de la sociedad de mercado, con su mentalidad individualista y utilitarista. Su ideal democrático frecuentemente coquetea con el autoritarismo porque no es capaz de erguirse autónomamente en escenario político, debiendo aliarse con los liberales (como ha hecho el Partido Socialdemócrata de Fernando Henrique, acusado de migrar a la derecha) o asumir su perfil populista (como ha hecho Lula, avecinándose peligrosamente al autoritarismo).

En parte ese proceso se debe a la estructura misma del pensamiento de izquierda y refleja un fenómeno histórico mundial. En el plan nacional (o continental) revela la incapacidad de la sociedad para superar el peso de los políticos clientelistas, que dominan las zonas más pobres del país. La llegada al poder siempre se ha producido, en Brasil, mediante el pago de un peaje a esos políticos, obligando a acuerdos y alianzas que distorsionan los mejores ideales de liberales, socialdemócratas y socialistas. Ese proceso llevó a la sociedad a buscar siempre más la alternativa de la izquierda -que se propone a sí misma como alternativa más eficaz a esos grupos reaccionarios. Pero también impide que la izquierda cumpla sus promesas.

En el fondo, estamos delante del límite del proyecto de desarrollo ilustrado en Latinoamérica. Las elites ilustradas desde el periodo colonial han intentado desarrollar un proyecto en el continente en el cual el pueblo no era sujeto, sino objeto. No se partía de sus verdaderos potenciales, de su cultura y de su capacidad de protagonismo, pero sí de sus limitaciones y de una pretensión de tutelar al pueblo. Las propuestas de desarrollo no eran, por eso, "integrales", sino siempre parciales, y siempre proponían la destrucción y no la apreciación de elementos de la cultura popular. Pero sin desarrollo integral no existe madurez política para la realización de los ideales sociales y económicos de las modernas sociedades democráticas. En América Latina, la ilustración se bloqueó en sí misma. Ahora, el desarrollo consigue realizarse pero en el contexto reducido de la cultura posmoderna y globalizada, donde el pragmatismo vence continuamente a el ideal.

En Latinoamérica, el desarrollo integral siempre fue una propuesta de la Iglesia. No es posible hacer un desarrollo integral si el centro de la acción no es la persona concreta, y no la sociedad en abstracto. Para la Iglesia, el trabajo siempre se ha centrado en la persona, mientras para las elites y los partidos el centro estaba en la nación, en la clase, etc. Las Misiones Orientales, donde los indios adquirían un desarrollo socioeconómico superior al de los blancos, las redes de escuelas para el pueblo en el periodo colonial, la pedagogía transformadora de Paulo Freire, las comunidades eclesiales de base son experiencias de desarrollo integral que nacieron de las raíces católicas de la sociedad latinoamericana y que fueron destruidas por el poder o desvirtuadas por la ideología ilustrada.

Con Dilma, la izquierda brasileña se adentra en una nueva etapa de su historia. ¿Será capaz de caminar hacia un verdadero desarrollo integral? ¿Será víctima de las contradicciones del pasado? Son muchos los factores en juego. Uno, sin duda no el menor, es la fidelidad con que los cristianos asumirán la construcción del bien común.

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