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9 DICIEMBRE 2016
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Una riqueza viva en el corazón de la nación

José Luis Restán

Como es sabido, la señora Merkel es de confesión evangélica y no esconde el influjo de sus convicciones en el ejercicio de su tarea política. Han sido significativas su defensa de la mención a las raíces cristianas en el proyecto de Constitución europea y de las razones de Benedicto XVI en la agria polémica que siguió al discurso de Ratisbona. Pero aun así, retratarse con una intervención en el Katholikentag debe ser más de lo que algunos estómagos laicistas españoles pueden digerir.

La vicepresidenta De la Vega acaba de sentenciar que la laicidad preconizada por la Constitución consiste en que las religiones no interfieran en los asuntos públicos. Mentira primero y sandez después. Mentira porque precisamente nuestra Constitución (por cierto muy en línea con la alemana) reconoce el papel positivo de las confesiones religiosas para la convivencia civil y postula la colaboración con ellas de los poderes públicos. Sandez porque toda religión es por naturaleza un asunto de carácter público, así que pretender la no injerencia en los asuntos públicos es algo así como pretender la cuadratura del círculo. Ridículo, pero peligroso cuando se pretende realizar con todos los instrumentos al alcance del poder.

Pero por fortuna para los alemanes, Merkel no es De la Vega, y la canciller no ha tenido reparo en alabar la contribución de los católicos en cuanto tales a la convivencia nacional, al tiempo que ha reconocido ante todos que su fe cristiana le sostiene e ilumina en el ejercicio de su alta magistratura. Que se sepa, esta afirmación no ha causado ningún revuelo en Alemania, país que conoce por experiencia hasta qué punto la vivencia de la fe cristiana ha sido y es fuente de compromiso ético, de cohesión civil, de creatividad social y de resistencia al totalitarismo. ¿Qué tal un viaje de estudios por las riberas del Rín, señora De la Vega?

Y para que no piense que eso es cosa de los democristianos de la CDU, puede entrevistarse también con el líder del SPD, Kurt Beck, que también se hizo presente en el Katholikentag y mostró allí su satisfacción por la vitalidad social del catolicismo germano. Por supuesto que él es un hombre de izquierdas (sí, de esa izquierda a la que miraba tanto Felipe González en los 80) y no consta que sea católico, pero la realidad del país es la que es, y parece que en Alemania entienden la laicidad de una manera abierta y positiva, y consideran a las religiones, muy especialmente al cristianismo, como una riqueza viva en el corazón de la nación, y no como una mina flotante y molesta, a la que es preciso quitar la espoleta. Por eso, entre otras cosas, Alemania está donde está, y mientras nosotros jugando al aprendiz de brujo.

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