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10 DICIEMBRE 2016
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La lección del Papa, en España, al mundo de la política

Mario Mauro

"Como el Siervo de Dios Juan Pablo II, que desde Compostela exhortó al viejo Continente a dar nueva pujanza a sus raíces cristianas, también yo quisiera invitar a España y a Europa a edificar su presente y a proyectar su futuro desde la verdad auténtica del hombre, desde la libertad que respeta esa verdad y nunca la hiere, y desde la justicia para todos, comenzando por los más pobres y desvalidos. Una España y una Europa no sólo preocupadas de las necesidades materiales de los hombres, sino también de las morales y sociales, de las espirituales y religiosas, porque todas ellas son exigencias genuinas del único hombre y sólo así se trabaja eficaz, íntegra y fecundamente por su bien". Pronunció estas palabras en España, el país que se ha convertido en símbolo de una filosofía que se podría definir como "estadolatría". Una filosofía contraria a la libertad del hombre porque es contraria a Dios.

Sería bueno que el mundo de la política acogiera el reclamo de Benedicto XVI. Así se podría recuperar un nuevo vigor al subrayar las raíces cristianas de nuestro continente, para que todos podamos mirar al futuro partiendo de bases sólidas en las que todo ciudadano pueda reconocerse y no caiga en un vacío que sólo genera miedo o, peor aún, indiferencia.

La consagración del templo de la Sagrada Familia contiene un gran mensaje simbólico para Europa. Hace dos años escribí un artículo titulado "Construyamos, junto a los ciudadanos, la Unión Europea como si fuera una catedral". Éste es el sentido del viaje de Benedicto XVI a España. Como hizo el maestro Gaudí, Europa debe volver a dirigir su mirada hacia lo alto para recuperar realmente el sentido de libertad frente a la opresión del poder que el pensamiento dominante de hoy pretende darnos. En realidad nos quita la libertad al negarnos la posibilidad de reconocer y apoyar nuestro deseo de felicidad sobre las mismas bases fundamentales utilizadas por los arquitectos del proyecto, único e irrepetible, llamado Unión Europea.

Arrancar la presencia cristiana del contexto europeo disminuye un pluralismo que es sustancial. Significa no querer admitir que, gracias a la experiencia cristiana de los fundadores de la Unión, existe todavía en el mundo alguien capaz de salvaguardar cualquier experiencia singular. Por el contrario, defender a las minorías cristianas de persecuciones y discriminaciones, reivindicar el derecho a la dimensión comunitaria del cristianismo en la sociedad -con todo el dinamismo creativo de sus cuerpos y realidades intermedias- es poner la premisa para un desarrollo plenamente democrático de la convivencia entre los hombres.

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