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4 DICIEMBRE 2016
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Un viento fresco y limpio

José Luis Restán

Es cierto que ya existieron formatos análogos de libro-entrevista con anteriores pontífices. El intelectual francés André Frossard nos ofreció sendas conversaciones con Pablo VI y Juan Pablo II. Pero eran libros mucho más rígidos, planificados, nada parecido a este viento fresco, a esta ventana abierta que supone el coloquio Seewald-Ratzinger. Aquí no hay nada precocinado, para desesperación de más de un eclesiástico. Aquí se encuentran las preguntas de un converso que proviene de la izquierda radical europea y las respuestas de un cristiano, un obrero de la viña llamado a calzarse las sandalias del pescador de Galilea.

En cada línea vibra el hombre Joseph Ratzinger pero también se desvela, indisociable,  la mente y el corazón del Papa Benedicto. Sorpresa total, estupor creciente: el hombre y el Papa, todo uno. Porque no hay fisura entre el pobre hombre que necesita misericordia como cada cual, y el Pastor universal que debe guiar a la Iglesia en esta  hora de tormenta. Sus preguntas, sus debilidades, sus inquietudes humanas, suenan tan límpidas que provocan ternura; su análisis afilado, su precisión de teólogo, su inteligencia vasta como el mar nos dejan estupefactos.        

Papa Benedicto no elude ninguna de las preguntas que le llegan de la otra orilla de la mesa como un martillo pilón: las mujeres en la Iglesia, la crisis económica planetaria, la serpiente de la droga, la difícil relación con los judíos, los silencios de Pío XII, el dolor bestial de los abusos sexuales, la sensación de derrota en la Iglesia, la construcción de mezquitas en occidente, su disposición a dimitir... ¿quién da más? Es cierto que corre sus riesgos, ¿acaso no los corría Pablo cuando se dirigía a los atenienses en el Ágora? He leído comentarios de todo tipo: gente fascinada y perpleja, comentaristas que reconocen la modernidad del Papa, otros que tiemblan desde dentro, otros que sonríen con cinismo y dicen que a buenas horas. Ya me suena, ¿quién dice la gente que soy yo?, o si se prefiere, ¿quién dice la gente que es la Iglesia, esta barca que a tantos parece oxidada pero que siempre remonta sobre la espuma de las olas?

Gran vendaval porque, al abordar la cuestión de la lucha contra el SIDA, el padre de la compañía cristiana que batalla cada jornada en la trinchera de la pandemia ha explicado que hay casos en los que se justifica el uso del preservativo, que usarlo incluso puede ser el primer paso hacia una moralización, porque indica que no todo está permitido. Ha citado el caso de la prostitución, como contexto en el que eso puede entenderse bien. No hay cambio ni grande ni pequeño en la doctrina, hay una oportunísima transparencia para fijar una praxis que la Iglesia ya reconocía y explicaba, quizás menos veces de las necesarias. Cuando alguien deliberadamente se coloca fuera del significado humano de la sexualidad, fuera de su contexto del amor, la donación y la fidelidad, y cuando pone en riesgo la vida de otros, usar el preservativo es un acto responsable y conveniente. Dicho lo cual, concentrar el problema del SIDA en el reparto de preservativos (desde un avión, como querían nuestros próceres) es suicida, sólo aumenta la banalización de la sexualidad y está destinado al más estrepitoso fracaso en la lucha contra la pandemia. De nuevo el Papa habla de "humanizar la sexualidad" como única respuesta integral, no sólo contra el SIDA, sino para liberar a tantos hombres y mujeres de la esclavizante dictadura de una sexualidad entendida como adicción que aísla y nos hace violentos.

Es impresionante por ejemplo la respuesta a la pregunta sobre la Humanae Vitae, "cuyas perspectivas siguen siendo válidas, pero otra cosa es encontrar caminos humanamente practicables. Creo que habrá siempre minorías íntimamente convencidas de la exactitud de esas perspectivas y que, viviéndolas, quedarán plenamente satisfechas de modo que podrán ser para otros un fascinante modelo a seguir. Somos pecadores. Pero no deberíamos asumir este hecho como una instancia contra la verdad, cuando esa alta moral no es vivida. Deberíamos buscar hacer todo el bien posible, y apoyarnos y soportarnos mutuamente...".

Quiero terminar este vistazo emocionado y agradecido con la esperanza del Papa sobre el futuro de la Iglesia. A pesar de todas las apariencias él sostiene que "en este momento está desarrollando también una creatividad del todo nueva". Reconoce que "la burocracia está desgastada y cansada", pero que brotan "iniciativas que nacen desde dentro, desde la alegría de los jóvenes". En el futuro "el cristianismo quizá asumirá un nuevo rostro, un aspecto cultural diverso... seguramente no determinará la opinión pública mundial, pero seguirá siendo "la fuerza vital sin la cual las otras cosas tampoco podrían continuar existiendo". Por eso, dice el Papa, "en virtud de lo que veo y de lo que logro hacer experiencia personal, soy muy optimista respecto al hecho de que el cristianismo se encuentra frente a una dinámica nueva".

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