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4 DICIEMBRE 2016
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>Benedicto XVI en Santiago y en Barcelona

Una visita para superar el tradicionalismo y la subversión

¿Qué le ha llamado la atención de la visita del Papa?

Una vez más, sorprende la realidad por encima del prejuicio y los vaticinios catrastofistas de quienes piensan que su cortedad de miras coincide con lo que de hecho acontece, no deja de llenarme de una sana satisfacción. El Papa visita un pueblo que tiene raíces cristianas, tal vez descuidadas, mal regadas, de mucha historia en los mil avatares, pero ese pueblo en su hondura creyente hace que las dificultades internas y las que provienen desde fuera siempre tengan fondo para volver a reverdecer. Lo hemos visto en pueblos y civilizaciones arrasadas por una calculada destrucción alienadora que a la vuelta de un tiempo, los arrasadores han pasado, sus destrucciones caducaron, y de modo misterioso y gratuito (como hace Dios la cosas) vuelve a nacer lo que anidaba en la savia profunda de la fe y de la memoria de un pueblo que no se rindió. He visto, en este sentido, a ese pueblo cristiano que de nuevo saca a la plaza pública una fe que celebra, que la hace propuesta de nueva humanidad, que la narra como se ofrece una cultura de la vida, de la verdad, de la bondad y de la belleza.

En Barcelona Benedicto XVI hizo una identificación entre Dios y la "Belleza misma". ¿Qué le sugiere esta identificación?

Que la Belleza con mayúsculas no es una cuestión estética, de las buenas formas, los buenos gustos, lo políticamente correcto. La Belleza es el modo de ser de Dios, su firma de autor en todo cuanto hace y rehace. Era muy hermoso el fragmento que el Papa pronunció en el marco conmovedor de la Basílica de la Sagrada Familia, obra del artista y arquitecto cristiano Antonio Gaudí. Y es que el hombre está herido de esa Belleza primordial que nos constituye: somos imagen y semejanza de un Dios que es la misma Belleza. Siempre que traicionamos, de mil modos, esa exigencia de Belleza escrita en nuestro corazón, nuestra vida se disuelve, no se entiende, se puede llegar a destruir por dentro, a enfrentar por fuera, y a perder el vínculo más verdadero con el Misterio que representa Dios. Los santos no han dejado de narrar con su vida, con sus obras en tantos campos, la Belleza de ese Dios que ellos testimonian en cada tramo de la historia y a cada generación.

Nos ha urgido el Papa a superar la escisión entre conciencia humana y conciencia cristiana.

Son lógicamente dos conciencias distintas, pero cuando se viven en su auténtica correlación, resultan ser dos conciencias inseparables. Porque la conciencia cristiana es una ayuda para interpretar y para vivir la conciencia natural que está inscrita en nuestro propio ser. Aunque tengamos mil fisuras, mil distracciones que nos llevan a traicionar una y otra vez en el patio común de una fogata cualquiera diciendo de tantos modos lo de Pedro: "no le conozco" (Mt 26,72; Lc 22,57), hay en nosotros una exigencia de verdad, de conciencia de haber nacido para encontrarnos con aquel que tantas veces decimos con palabras y con hechos que no le conocemos. La conciencia cristiana y la conciencia humana se reconocen ante la Presencia de Dios, el acontecimiento cristiano, que viene a desvelar el enigma herido de nuestra propia identidad, de nuestro ser. María Zambrano al hablar de las pasiones dice que «detrás de las pasiones se esconden otras pasiones más fundamentales, y detrás de todas, la pasión de ser. La gran pasión que obliga al hombre a ser... como si fuera la prolongación de un Dios que lo ha creado para esto». Esta indómita nostalgia que nos constituye en mendigos de una gracia para la que hemos nacido, que nos hace caminantes hacia una tierra a la -lo sepamos o no- peregrina cada fibra de nuestro ser, esa pasión de ser es lo que llamamos deseo. Y dentro de mi soledad, es decir, dentro de esa pregunta básica que me hace abrirme deseoso es donde puedo verdaderamente experimentar un acompañamiento distinto, que abraza mi conciencia humana para acompañarla a lo que Cristo ha traído como conciencia cristiana.

El Papa ha señalado que su camino es el del hombre que peregrina. ¿Qué valor metodológico tiene este subrayado?

En el importante y ya clásico ensayo sobre la mentalidad moderna y el reto de la evangelización, Charles Moeller cita un texto conmovedor de Jean Guitton: hemos llegado a este momento patético en que el hombre, que cree que todo le es permitido y que todo le es posible, va a experimentar por los hechos que por sí mismo no puede hacer otra cosa que destruirse. Después, o el abismo o el remontar hacia fuera de ese abismo. Pero entonces la creencia en Dios, en vez de proceder de lo alto, de la sola revelación, o de dentro, por la sola razón, surgirá también del fondo de las lágrimas y de la experiencia. En este camino, y en el de la vida, se da lo que el Papa decía al llegar al aeropuerto de Santiago: que en lo más íntimo de su ser, el hombre está siempre en camino, está en busca de la verdad. En este sentido era muy hermosa la descripción que Benedicto XVI hacía de este viejo camino de Santiago, porque esto es lo que en el secreto del corazón, sabiéndolo explícitamente o sintiéndolo sin saber expresarlo con palabras, viven tantos peregrinos que caminan a Santiago de Compostela para abrazar al Apóstol. El cansancio del andar, la variedad de paisajes, el encuentro con personas de otra nacionalidad, los abren a lo más profundo y común que nos une a los humanos: seres en búsqueda, seres necesitados de verdad y de belleza, de una experiencia de gracia, de caridad y de paz, de perdón y de redención. Y en lo más recóndito de todos esos hombres resuena la presencia de Dios y la acción del Espíritu Santo. Sí, a todo hombre que hace silencio en su interior y pone distancia a las apetencias, deseos y quehaceres inmediatos, al hombre que ora, Dios le alumbra para que le encuentre y para que reconozca a Cristo. Una presencia que no siempre ha sido diáfana o sencilla de mostrar, especialmente cuando nos hemos encontrado con un intento de expulsión y desalojo de Dios, al que como ha indicado el Santo Padre en su homilía en el Obradoiro se le ha podido percibir extrañamente como un intruso y enemigo del hombre, de su felicidad y su libertad. No tomar el nombre de Dios en vano, pero no censurar su presencia entre nosotros. Lo decía el gran teólogo francés Henri de Lubac: que cuando se hace un mundo sin Dios, se construye contra el hombre.

En Barcelona aseguró que la Iglesia no tiene valor por sí misma sino en función de Cristo.  ¿Qué importancia tiene esta insistencia en España?

Porque siempre corremos el riesgo de hacer de la Iglesia un banderío desde la trinchera particular de la ideología al uso. La Iglesia como refugio y seguridad de una mentalidad tradicionalista que en el fondo no ama ni conoce la verdadera Tradición cristiana, o la Iglesia como plataforma y cauce de las subversiones políticas y culturales, que no tienen que ver con la verdadera revolución del evangelio de Cristo. Todavía sufrimos algunos vaivenes en este tira y afloja de gentes y grupos que se empeñan en imponer una Iglesia que no es la del Señor, sino la de sus manías, sus fobias, sus intereses o sus pretensiones. El largo postconcilio Vaticano II puede dar cumplida cuenta de esta estéril tensión en la que algunos quieren seguir estando. Hay una expresión de San Agustín que me parece particularmente bella y enormemente plástica: un miembro separado del cuerpo puede conservar la forma durante un tiempo, pero ya no conserva la vida. Esto es lo que vino a decir Benedicto XVI: sin el cuerpo de Cristo, los miembros de la Iglesia terminan siendo algo sin valor y nociva ideología.

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