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10 DICIEMBRE 2016
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¿Ha acabado Santa Claus con el Niño Jesús?

Giorgio Vittadini

Sin embargo, el viejo gordinflón vestido de rojo también tiene un origen real. Como se puede leer en Wikipedia, todas las versiones del Santa Claus moderno nacen del mismo personaje histórico, el obispo San Nicolás de Myra (antigua ciudad de la actual Turquía), del que se dice que pidió a los pastores de su diócesis que explicaran a los niños que no podían ir a la iglesia por el frío invernal quién era Cristo y lo que había hecho por toda la humanidad. Los pastores, llevando consigo un saco lleno de regalos, fueron a buscar a los niños en trineos tirados por perros (no renos).

A partir de este origen cristiano nacieron numerosas leyendas y mitos del folclore religioso y pagano de todos los tiempos y naciones: para los alemanes, Santa Claus se convirtió en Odino; para los islandeses, en una banda de elfos; para los ingleses, en el Espíritu de la Navidad; para los holandeses, Santa Claus es un personaje fantástico que recuerda al obispo turco; para los americanos y canadienses, Santa, un viejo que vive en el Polo Norte y que es propietario de una enorme fábrica de juguetes que distribuye por todo el mundo en Navidad...

Hasta aquí, todo bien: ¿a quién de nosotros no le encantan los cuentos de hadas que, desde que el mundo es mundo, expresan de forma figurada los mayores deseos y aspiraciones del hombre? Todas estas representaciones de fábula se asocian a ideales "buenos" que, al repartir dones, animan al altruismo, como si resolvieran por arte de magia controversias aparentemente irresolubles, ideales como positividad, fraternidad, bondad, expresadas real e históricamente en el mundo por el "cordero redentor" del famoso villancico italiano Astro del Cielo.

Por lo demás, para mostrar que el Niño Jesús es la respuesta a este deseo de bondad, justicia, belleza que vive en el corazón de todo hombre, al que cantan las Églogas de Virgilio y que se expresaba en la antigüedad en la fiesta pagana del Sol, la Iglesia fijó la fecha de la Navidad. La cuestión es: la fábula de los renos parlantes, los trineos voladores, las barbas blancas, los sacos de regalos, las calles abarrotadas, el buenismo por doquier hasta el empacho en los telefilms, en el cine, en las canciones, los trabajadores eventuales disfrazados de Santa en los supermercados, intentan transformar la realidad en leyenda y la fábula en realidad.

Los niños solucionan el asunto pensando que Santa Claus es el abuelo o el tío mayor del Niño Jesús, y se quedan tan contentos porque son dos, en vez de uno, los que reparten regalos en un mundo en el que la casa de Santa Claus y el portal de Belén, Blancanieves y la Virgen, Disneylandia y el Paraíso, se mezclan y se confunden; los adultos también se contentan con participar en una preciosa fábula y fingen estar convencidos de que lo importante es lo que decía siempre mi abuela: "Al menos en Navidad somos buenos".

El problema no es siquiera la operación consumista de la Coca-Cola, que en los años 30 se apoderó de Santa Claus y le cambió la casaca de verde a roja. La cuestión es, para nosotros cristianos, la pérdida del origen histórico de nuestra fe. Frente a los males del mundo y nuestros propios males, frente a la "crisis de lo humano que se documenta en un desinterés y un cansancio ante la realidad que afecta a todos los aspectos de la vida de la gente", como dice Julián Carrón en su artículo publicado en el Osservatore Romano el 23 diciembre, al reconocer la Navidad como hecho histórico podremos aceptar el desafío fascinante de Dios que se hace hombre: "Mira a ver si, conviviendo conmigo, encuentras algo interesante que haga tu vida más plena, más grande, más feliz. Lo que tú no puedes obtener con tus esfuerzos, lo podrás tener si me sigues".

Por tanto, frente al intento usurpador del gordinflón barbudo vestido de rojo que vuela en trineo a riesgo de cruzarse con Superman, más que indignarnos contra el consumismo que nos rodea a todos o contra el paganismo, hay que preguntarse: ¿pero no será que también yo estoy viviendo la Navidad de 2010, signo y memoria de un hecho que vuelve a suceder hoy, como el símbolo de una "isla que no existe"? Porque sólo si volvemos a conmovernos como los pastores y los magos hace 2000 años, como San Francisco en 1223 delante del pesebre, como los sencillos de todas las épocas frente al Evangelio de Lucas, podemos esperar que otros, al ver nuestro estupor, nuestro deseo renovado, puedan darse cuenta de que el Niño Jesús ha vuelto de nuevo este año y habita realmente entre nosotros.

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