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11 DICIEMBRE 2016
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Egipto y la tradición de los Asesinos

Roberto Fontolan

Estudiar esta historia, decía Lewis, "podría ser útil para mostrar cómo algunos grupos hacen una interpretación radical y extremista de la tradicional asociación islámica entre religión y política, y tratan de utilizarla para alcanzar sus objetivos". Una de las primeras descripciones de los Asesinos (el origen de este nombre no está claro, pero gracias a sus actuaciones se convirtió en sinónimo de homicida) se encuentra en esta crónica medieval: "A estos jóvenes, desde su infancia hasta su madurez, los maestros les enseñan que deben obedecer todos los deseos y órdenes del Señor de su tierra y que si lo hacen, él, que manda sobre todos los dioses, les premiará con las joyas del paraíso". En otro texto de la época se dice: "Los más bendecidos son aquellos que derraman la sangre de otros hombres para después morir a manos de los que quieren vengar a sus víctimas".

La historia de los Asesinos, que no eran un simple grupo de matones sino un pequeño pueblo (en algunos relatos se habla de pueblos, tierras y castillos, y de casi 60.000 personas), muestra que desde hace al menos mil años en algunas zonas islámicas se cultiva la doctrina del asesinato del enemigo por motivos religiosos. Es verdad que se trata de una "herejía", a pesar de que en el islam, privado de una autoridad única, resulta difícil definir lo que es herejía, y también hay que decir que no existe religión que no haya participado en violencias homicidas y guerras.

Sin embargo, el hecho de que en el islam actualmente se practique esta misma doctrina, que Al Qaeda no sea en el fondo otra cosa que la nueva imagen de la misma "etnia", que esta etnia nunca se haya extinguido y que pueda nutrirse de sentimientos y pulsiones que circulan por el mundo musulmán sin encontrar demasiada resistencia, son motivos suficientes para la alarma y la indignación. Los objetivos de las numerosas variantes histórico-confesionales de los Asesinos han sido de lo más diverso: en los siglos pasados, los príncipes cruzados y los emires musulmanes (los terroristas siempre apuntan al enemigo en casa); en el siglo XX, líderes árabes de todo tipo (entre ellos el egipcio Anwar el Sadat); a finales de siglo, soldados y diplomáticos occidentales (empezando por los camiones bomba contra marines americanos y paracaidistas franceses en Beirut en los años 80, a los que siguieron las autobombas que devastaron las ciudades libanesas y los kamikaze que sembraron el terror en Israel entre los años 2000 y 2005); en estos últimos tiempos, los cristianos, los fieles cristianos de a pie.

Al Qaeda anunció hace unas semanas que la nueva fase de la yihad les golpearía también a ellos. Que eso pueda suceder en Egipto y no en Iraq, donde ya son habituales todo tipo de horrores, es tremendamente preocupante, pero no sorprendente. Aquel país vibra temerosamente desde hace mucho tiempo y no existe ningún gobernante sensato en el mundo que no mire a El Cairo con temor y temblor al pensar en la sucesión de Mubarak. La reacción del padre-presidente frente al atentado de Alejandría es políticamente comprensible, aunque enormemente reductiva: ha hablado de "manos extranjeras" y de "amenaza a la unidad nacional". Del resto de reacciones, que podrían deberse a traducciones impropias o a informaciones periodísticas inexactas, no vale la pena hablar. Afirmar que el Papa no se ha ocupado de los musulmanes atacados en Iraq es falso y está fuera de lugar.

No sólo porque la Iglesia se ha opuesto expresamente a la primera y segunda guerras iraquíes, sino también porque si en Iraq los musulmanes han sido asesinados por ser musulmanes, ha sido sobre todo a manos de otros musulmanes. Y eso se debe precisamente a la tradición de los Asesinos: dadme un enemigo, lo mataré, moriré e iré al paraíso.

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